¡ENCONTRAMOS UN MINISTERIO PERDIDO!
Don Ignacio de Posadas, siendo ministro de Economía, dicen que dijo que el Ministerio de Industria debía ser disuelto. Poco importa si lo dijo o no, porque cuando nosotros llegamos no pudimos encontrarlo: lo habían, efectivamente, disuelto.
Un desamparado Jorge Lepra logró penetrar cierta noche por entre las telas de araña, en aquel viejísimo local de la Ciudad Vieja que otrora fuera famoso cuanto lujoso prostíbulo… Casa de tolerancia, si ustedes quieren. O quilombo sin atenuantes. Pero de lujo.
Doliente Don Jorge, pudo comprobar que apenas existía y desde entonces trató de recuperarlo (como al ancla del Graf Spee) y hasta incluso de descubrirlo (como Cabeza de Vaca a las cataratas del Iguazú).
Desde los vidrios rotos del orificio que fuera ventana pudo ver a pocas cuadras de allí, majestuosos sobre el horizonte urbano, los edificios de sus teóricas «dependencias». Los desafiantes y todopoderosos entes: Ancap, UTE y Antel, desde los que por ninguno de sus más encumbrados ventanales traídos de Venecia puede llegar a columbrarse la ya citada Casa de Tolerancia.
Le aconsejamos mudarse…
Pero pasando cierta tarde a pie rumbo a su tapera por debajo de las marquesinas cercanas e imponentes de la catedral del Ministerio de Obras Públicas, habitado por el Toto, fue cuando real y efectivamente, perdida ya la mucha paciencia, lo decidió visceralmente: cual grácil libélula primaveral, Don Jorge Lepra se llevó la crisálida del Ministerio de Industria Renaciente y la puso en un altillo de la monumental Sede Central de Ancap, que le concedió (para entrar sin molestar) una desapercibida puertita de servicio por el costado que da a la Avenida del Libertador.
Desde entonces, empollada (la crisálida) en aquellas tibiezas, el Ministerio de Industria, entrando siempre por el costado, fue tratando heroicamente de crecer contra viento y marea. Mejor dicho: contra huracanes feudales de megavatios, megahertzios, megabarriles, corporativismos y multitudinarias hordas burocráticas. Macedónicas.
Alcanzada esa primera victoria en aquel desembarco de playas inhóspitas, agresivas y contaminantes, Don Jorge Lepra, con sus banderas en jirones y descalabrado, fue llevado como Don Quijote, en carro, a Francia…
Para que los proverbiales y a veces míticos avances tecnológicos de allá intenten refaccionarlo.
Fue entonces que estando ya Daniel Martínez en el mismo edificio, fue instalado (indiscutible comodidad y economía de recursos) en el altillo vacante.
Dejó de entrar por la puerta principal del edificio pasando al mundo de los trastos viejos.
En este mundo del revés, muchos dudan acerca de si fue ascendido o degradado. Lo mismo pasa con Lepra (si fue degradado o ascendido).
Lo cierto es que en tres años y tres meses, gracias a ellos y a este gobierno, Uruguay logró encontrar un Ministerio Extraviado. O, también puede ser legítimo afirmarlo: refundar (sobre ruinas ya arqueológicas) un Ministerio Olvidado por demasiadas generaciones.
El pasado martes, por fin, llegó al Senado un documento que reza «Directivas de la estrategia industrial», con el que ahora, coincidiendo o discrepando, el país puede, la ciudadanía puede, discutir eso: las metas industriales estratégicas para el año 2015.
La central obrera, las gremiales empresariales, los partidos políticos, las organizaciones sociales, las universidades, todo el mundo, tiene ahora un instrumento oficial que constituye por sí solo una invitación, un desafío y una propuesta.
Lo esencial, más allá de coincidir o no con el texto producido, es y será debatir el tema como uno de los más importantes, vitales, e imprescindibles.
Este renacido Ministerio viene tomando (no sin lucha ni trabajo) las riendas que le usurparon.
Y rompiendo chacras feudales y fraudulentas muy potentes.
La causa principal y de fondo de la muy dura situación energética por la que Uruguay viene atravesando es esa. Fue esa. Y nada más que esa.
El principal «talón de Aquiles» estratégico para Uruguay era, es y seguirá siendo ese.
Y alguien o algo, una moda ideológica, una política suicida, le confiscó arbitrariamente a Uruguay toda posibilidad de tener políticas energéticas. Incluso de Estado. Para ello fue necesario «demoler» el Ministerio de Industria.
Desde entonces cada ente, cada ministerio, todas las partes, incluso los municipios, encararon tamaño asunto a «su aire». Por la libre. A la bartola.
El plan fue no tener plan. La improvisación fue virtud.
Hoy ya nadie discute y casi todos sabemos que una política energética debe en primer lugar coordinar la acción de los entes directamente involucrados y hasta coordinar con la región. Pero debe abarcar la matriz de transporte; las normas para la construcción de viviendas y, por ende, a otros ministerios; a municipios y a otras instituciones.
Que en ese tema, además, es absolutamente imposible dejar de pensar a mediano y largo plazo y es por ello que las «políticas» deben ser siempre estratégicas. Para serlo, para que no cambien con cada gobierno, tienen que disfrutar de grandes consensos y, en especial, de una «cultura» (no sabemos cómo denominarlo) ciudadana que en primer lugar así lo entienda. No puede ser solamente cuestión de especialistas. Debe hacerse carne en el saber y en el conocimiento de la población como asunto en el que nos va la vida.
Pero como en el Ministerio de Industria está y debe seguir estando la Dirección Nacional de Energía (que hasta hace poco no tenía más de diez funcionarios) es allí desde donde, como última instancia inapelable, debe dirigirse y coordinarse ese gigantesco esfuerzo nacional permanente.
El Ministerio de Industria estaba, estuvo y está llamado a tener y cumplir un enorme rol en la pelea por Uruguay.
Cuando alguien pregunte por la obra de este gobierno no se puede omitir señalar todo lo anterior.
En esa larga lista de conquistas y realizaciones debe ocupar un sitial de primer orden que este gobierno rescató, reconstruyó y refundó el Ministerio de Industria, Energía y Minería, que en muy mala hora fuera vilmente asesinado.
|*| Senador nacional, escritor
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