NO HAY OTRO REMEDIO
Por ELEUTERIO FERNANDEZ HUIDOBRO |*|
Ha comenzado una nueva huelga de los municipales en Montevideo.
Si el Intendente aceptara los reclamos (no sólo salariales), el gasto en ellos se llevaría más del sesenta por ciento de lo que la ciudadanía montevideana aporta para el municipio con lo que en materia de obras y funcionamiento, la Intendencia debería cerrar sus puertas y limitarse a ser oficina recaudadora y Caja pagadora de un seguro de paro lujoso y definitivo.
Con Abitab o Red Pagos (y una populosa Oficina Jurídica) alcanzaría y sobraría para ambas funciones… Y quién sabe si los montevideanos no saldrían ganando.
Pero no es nuestro objeto entrar hoy en el análisis del conflicto porque pensamos que él, junto a otras tan crudas y crasas realidades, da pie a reflexiones más abarcativas y hondas.
Ellas tienen que ver con lo actual pero también con los horizontes de más largo plazo pero hacia los que debemos ir desde ahora.
Se acabó. Agotó su «modelo» la era unitaria hipercentralizadora de Uruguay y del mundo.
Para tratar de ser muy gráfico y breve: habría que subastar, al mejor postor, y por ejemplo, el Palacio Municipal. Ese mamotreto de ladrillo debería ser destinado por los montevideanos a fines mejores. Esto va dicho aclarando que pensamos lo mismo respecto a todos los centralizadores edificios centrales (que pueden serlo sin ser centrales) de la administración pública y sus aledaños más o menos autónomos y parentales abarcando en ello a los tres Poderes del Estado (el Senado, por ejemplo, sobra. Y al Poder Judicial, por poner otro ejemplo, le debería llegar algún día y por fin, la democracia).
Eso daría, además, pingües recursos monetarios disponibles para el desarrollo de Uruguay: imaginemos el valor en dólares de la Jefatura de Policía o del edificio del Ministerio del Interior… Porque también resulta inimaginable, en términos racionales, que la Policía de todo el país, con Bomberos y Cárceles incluidos, sea manejada desde el asfáltico centro capitalino.
Tales edificios devinieron fósiles paquidérmicos languidescentes por obsoletos y perjudiciales; dinosaurios dañinos de una conservadora y reaccionaria ideología pretérita, precluida y parasitante. Pirámides visibles de ella que, en metástasis maravillosa, colonizó también los campamentos de la izquierda a nivel nacional y, lo que fue peor, mundial. Con efectos universales (y casi unánimes) devastadores que aún hoy son, más que visibles, deslumbrantes. Monumentos arqueológicos de una civilización condenada… Pensemos en el Palacio de la Luz con faroles a mantilla en estas mismas horas o en la Torre de Antel («Monumento a la Estupidez» según confesó Jorge Batlle que, además, le quería pegar un cañonazo cuando era Presidente y sin embargo no pudo).
La roja y vieja franja federal artiguista, derrotada pero victoriosa, viene siempre, como «rayo que no cesa», en nuestro auxilio.
El único remedio radicalmente curativo que nos vuelve a ir quedando, como siempre y desde siempre, es la descentralización.
Pero no la cosmética ni la calmante. No la retórica ni tampoco la analgésica.
Debemos ir cuanto antes a la de verdad. A la que duele, extirpa y aniquila. Modernizándonos, agregando una palabra atenuante, ahora deberíamos gritar que mueran los salvajes paradigmas unitarios. Repetimos por las dudas: sólo los paradigmas.
Paradojalmente hoy podemos estar de acuerdo en ello muchos más aparte de los blancos. Podría, si la buena fe reinara, concitarse un amplísimo campo de acuerdo contenedor de inmensas mayorías nacionales. Porque rompe los ojos (y la crisma) que esto no puede sostenerse más ya que o nos aplasta o lo aplastamos.
Volviendo a la Intendencia de Montevideo (no por ensañamiento sino sólo como uno de los ejemplos posibles): el sueño «utópico» es (luego de transferido el Palacio al Ladrillo) que cada Centro Comunal recibiera como resultado resultante, los dineros, la maquinaria, el funcionariado de todas las categorías habidas y por haber, y el Poder Real concreto y tangible total sobre la recaudación y administración de esos bienes y recursos en el más estrecho contacto con sus dueños.
Para que los vecindarios correspondientes tuvieran el Poder bien agarrado, cerquita, y lo administraran a su leal saber y entender que será siempre muy superior al de cualquiera. Porque todo poder es sospechoso hasta que demuestre lo contrario y, si es muy centralizado, es culpable a priori y sin ningún lugar a dudas. Inapelablemente.
Por poner un ejemplo grosero: que de la limpieza de cada barrio se encargara cada barrio y por ende, obviamente, también de su control.
Entonces la Intendencia Municipal de Montevideo sería una Federación de Centros Comunales Zonales que discutirían encarnizadamente (es fácil de imaginar) el destino de las obras centrales y el de las comunes, los recursos y su reparto, la solidaridad interzonal, los controles y las normas para su realización y reparto.
Esto conlleva un «modelo» que es un muy otro «modelo». Mental y físico.
Incluso una idea del socialismo muy diferente (diríamos contraria) a otras que estuvieran y pretenden seguir estando en boga.
Obviamente no es nada fácil. Y la parte más difícil vive en las neuronas transformada en el peor de los hábitos: el de las ideas. Lo dicho hasta acá es un tributo oneroso pagado a la necesidad de brevedad y síntesis propia de estas columnas. La cosa es mucho más compleja. Pero el camino central va por ahí o no va para ningún otro lado.
Si no tomamos de una buena vez por todas las estratégicas decisiones imprescindibles, seguiremos discutiendo eternamente los crímenes asiduos de la burocracia; distinto tipo de miríadas de conflictos habidos y por haber; los efectos del latrocinio de bienes públicos microscópicos, capilares, arteriales y monumentales; rindiendo pleitesía todo el tiempo de nuestra vida a distintos mostradores arbitrarios, tiránicos e impenetrables; a su mediocridad proverbial, inherente e ineludible; a la ineficiencia y al parasitismo; a sus chantajes explícitos o a los vergonzantes pero tan alevosos.
El único remedio es que el Poder Real (en especial el burocrático) tenga que verse cara a cara por vía de la descentralización, con la gente de cada lugar que, en su inmensa mayoría, habitan los trabajadores y las trabajadoras.
|*| Senador nacional, escritor
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