LAS INEQUIDADES DE GENERO Y LA CUOTA POLITICA
El Senado de la República está analizando el proyecto de ley sobre cuota política que promueve la participación equitativa de ambos sexos en la integración del Poder Legislativo, intendencias municipales, juntas departamentales, juntas locales autónomas de carácter electivo y juntas electorales.
Se establece la integración de personas de ambos sexos en cada terna de candidatos titulares y suplentes, en el total de la lista presentada o en los primeros quince lugares de la misma. Esta disposición sólo regirá para las próximas dos elecciones nacionales y departamentales.
Es un tema muy sensible porque afecta valores y principios básicos de la sociedad. En esencia se parte de una ideología dominante, incluso de una cultura dominante, que produce y reproduce inequidad de género, que mira a la sociedad desde la perspectiva del varón.
Esta cultura se trasmite por diversos mecanismos: a través de la educación que se recibe en el ámbito familiar, inclusive a través de la propia madre; se trasmite a través de la educación formal en la medida que no se analiza la perspectiva de género; se trasmite a través de los medios de comunicación, que normalmente difunden la cultura dominante. Modificar esta situación requiere largos períodos, varias generaciones.
De esta cultura dominante se derivan valoraciones asimétricas, se premian de manera diferenciada las acciones que realizan los hombres con respecto a las tareas de las mujeres.
De esta cultura surge que la mujer es responsable del ámbito de lo privado, del hogar, de la familia, del barrio. En cambio el hombre sería responsable de lo público, del ámbito del trabajo, de la política, de las grandes decisiones del país.
Esta discriminación se muestra en la medida que las mujeres tienen mayor nivel de desempleo.
Actualmente con un desempleo abierto de 8,5%, las mujeres alcanzan un desempleo de 11,3%, mientras que los hombres de 6,1%. La misma situación la viven las mujeres que a igualdad de cargos tienen menores salarios que los hombres. Muchas veces las mujeres realizan su actividad política más en términos de servicio que de poder personal. Tienen más militancia en tareas de base y una mayor participación en el quehacer social que en el propio quehacer político.
La propia cultura dominante presenta a las mujeres como menos ambiciosas, porque una posición distinta no estaría bien vista por la sociedad. No tienen poder en la elaboración de las listas partidarias porque tienen menos experiencia en los mecanismos de poder, que normalmente los depositan en los hombres.
Sin embargo esta situación de relativa debilidad de las mujeres presenta graduales modificaciones, especialmente en las nuevas generaciones.
La mayor participación de las mujeres en el trabajo, el predominio de las mujeres en la mayoría de las carreras universitarias, en el Poder Judicial y en el propio sistema de salud marcan una nueva tendencia. Sin embargo la cultura dominante sigue predominando. Si tuviéramos que operarnos del corazón, ¿preferiríamos un cirujano hombre o una cirujana mujer? Esta interrogante nos la deberíamos plantear cada uno de nosotros como un reconocimiento de la existencia del problema.
Muchos aportes de las mujeres que derivan de su cotidianeidad, de sus conocimientos, de sus experiencias específicas, no reciben la más adecuada valoración. Realizan servicios en las tareas del hogar que no son valorados e inclusive no son contabilizados en las cuentas nacionales.
Son las responsables de la crianza de los niños, de su educación, de su alimentación y del cuidado de la salud junto al cuidado de los viejos, que no es suficientemente valorado por la sociedad, como reflejo de la propia cultura dominante.
Pero el tema central pasa por las relaciones de la mujer con el poder.
Por varias razones no se le ubica en el poder militar, pero tampoco en los grandes centros de poder. En la actualidad las instituciones financieras, a nivel internacional y nacional, ostentan un gran poder y allí las mujeres no aparecen en cargos relevantes de dirección.
Tampoco en los grandes medios de comunicación, cuyos principales cargos de dirección parecen reservados para los hombres.
Y estas inequidades no las resuelve el libre juego del mercado. Tampoco el mercado resuelve las inequidades y desigualdades étnicas o entre los distintos sectores sociales.
Es imprescindible la acción del Estado para modificar esta situación que afecta la propia calidad de la democracia, en la medida que ésta tiene una ética de igualdad, de equidad. Como dijimos antes, avanzar hacia la equidad de género es una tarea de largo plazo y esta ley de cuotas es simplemente el inicio de una tarea en dicha dirección y es parte de la propia acción del Estado que estamos reclamando. Encuestas de opinión pública muestran que el 60% considera que tiene que haber más mujeres en el Parlamento. La cuota no obliga a votar por mujeres. En esencia no tenemos un régimen de elección de personas sino que se votan listas.
Y cabe la interrogante de quién hace las listas y con qué criterios las elabora. Desde la restauración democrática es la sexta vez que se presenta un proyecto de ley de esta naturaleza que busca garantizar el acceso a cargos de decisión política de grupos sociales más débiles.
Con más representación de mujeres tendremos más equidad, como la que se logró con la ley de prevención de la violencia doméstica o, como todos esperamos, con la aprobación de la ley de salud sexual y reproductiva. El Uruguay, que a principios del siglo pasado fue pionero y sirvió como paradigma en normas que favorecieron a las mujeres, como el voto femenino o el derecho al divorcio por determinación de la mujer, no puede mantenerse atrasado en la posibilidad de aumentar la representación de las mujeres en las instituciones políticas.
|*| Economista, senador del MPP-FA
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