¡La gran duda!
Si uno dice que tiene una duda nadie se extraña ni se preocupa demasiado; en todo caso, si hay por ahí un poco de caridad, aparecerá quien trate de persuadirlo de ocuparse de otra cosa.
En realidad, se podría decir que ha habido una vulgarización de la duda en la sociedad uruguaya, pese a que, según la Real Academia Española, la palabra admite acepciones conmovedoras: suspensión o indeterminación del ánimo entre dos decisiones o dos juicios, o acerca de un hecho o noticia; vacilación del ánimo respecto a creencias religiosas; y cuestión que se propone para ventilarla o resolverla. Ah, ¡y la duda filosófica!: suspensión voluntaria y transitoria del juicio para dar espacio y tiempo al espíritu, a fin de que coordine todas sus ideas y todos sus conocimientos.
Cuando hablé de vulgarización quise advertir que la mayoría no le presta atención a las dudas ajenas y, si me apuran, muy poco a las propias. Se han incorporado como algo tan común y corriente que, en general, se las desprecia y se sigue tan campante.
Empero, si yo, de pronto, preguntase si Jorge Batlle está loco, ¿la actitud sería la misma?
Sospecho que no, porque este personaje ha demostrado que el asombro es inagotable; cuanto más envejece, más dedicación carga en el razonamiento estrafalario poniendo en duda su salud mental. Por ejemplo, ha insistido con la formación del «polo batllista» del Partido Colorado obviamente sin Pedro Bordaberry, que fue su segundo delfín luego de Atchugarry-, para estimular todas las candidaturas posibles y dinamizar a su colectividad política. Se ve que el abrazo de oso que le dio a Sanguinetti no bastó y, ante el silencio del hombre de las cejas rebeladas, decidió persistir. Peor todavía, preguntado por su respaldo a correligionarios cuando fue presidente, dijo, desorbitando los ojos: «¿Acaso yo no les di protagonismo a mis ministros?».
Por eso sepa disculparme lector debo arrojar la pregunta: ¿Jorge Batlle está loco?
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