PREGUNTAS Y PORFIAS
Son tiempos extraños. La realidad suele realizar raras contorsiones y nos abruma con un zapping permanente de grandes y pequeñas tragedias que nos entretienen o nos hipnotizan. No hay rango ni concierto. La información termina por sepultarnos y, como podemos, tratamos de entender qué nos dice el mundo a cada instante. Un terremoto en China es lo que es. A nadie se le ocurre entrever otra realidad posible en ese discurso de los hechos.
Se dicen falsedades que corren a velocidad de vértigo por los mentideros de la política y terminan aterrizando como por arte de magia en los titulares de algunos noticieros de televisión y en las tapas de ciertas revistas. Otras falsedades no aterrizan allí sino que de allí despegan, para planear durante unos días, sin brújula, por sobre las cabezotas de los «analistas». Al final caen, sin impulso ya, en alguna charla de comité de base, donde suelen generar graves reflexiones.
El petróleo está a 120 dólares el barril pero los consumidores uruguayos de gasoil expresan su indignación con el gobierno a raíz del nuevo aumento de los combustibles. Ya ni siquiera piden que se achique el costo del Estado por favor, sino que se conforman con que les hagan una rebajita en el gasoil que tragan sus espléndidas camionetas. Nadie pregunta demasiado, acaso por temor a las respuestas. A la incertidumbre mundial sobre el futuro energético nosotros le agregamos la rotunda estupidez de nuestras minúsculas necesidades.
Ocurre que muchos de los más lujosos vehículos del parque automotor montevideano están matriculados en Colonia, pero circulan por nuestra ciudad con la campante complicidad de una buena parte de los automovilistas capitalinos, quienes ven con escasa simpatía la fiscalización a los evasores. A veces uno tiene la mala leche de preguntar cómo se puede hacer política con la patente de rodados, pero casi nunca encuentra a nadie dispuesto a contestar semejantes impertinencias.
Se clama a los cuatro vientos que la Intendencia de Montevideo corrigió unas quinientas contribuciones a raíz del nuevo catastro, y que a una señora le querían cobrar más de 30 mil pesos al año. Nadie pregunta por las 419.500 contribuciones que no merecieron ni reparo ni corrección, lo que significa que la cantidad de errores padecidos por los ciudadanos en esta mega actualización fue del orden del 0,1 por ciento. Abrumados por tanto chisporroteo, nos resulta trabajoso entender esos matices. La mayoría paga menos, pero ni se entera.
Hay más ejemplos: la Suprema Corte de Justicia ha continuado con el estudio y las definiciones sobre las causas iniciadas a raíz del IRPF a jubilados y pensionistas. Los nuevos fallos, favorables a la constitucionalidad del impuesto, merecieron esta semana menos líneas en los diarios que la famosa gallina exhibida en la tribuna Amsterdam durante el clásico del último domingo. Y muchas menos líneas que la insólita denuncia por difamación contra la periodista Ana María Mizrahi, a quien en estos días una señora le pidió, nada menos que por vía judicial, que renunciara a preguntarle a sus entrevistados ciertas cosas. La entereza de Mizrahi no compite en los ámbitos mediáticos con el sórdido escandalete de mademoiselle Rocamora, ni con el morboso estupor provocado por el crimen de una niña en Maldonado. Es cierto: en ese zapping de las respuestas, a veces, la calesita se detiene en alguna pregunta.
Las ilusorias volteretas de la realidad nos abruman. Producen tedio o hastío, o simplemente aplastan con un peso que ni siquiera llegamos a entender. No es un fenómeno doméstico, sino mundial. Gran Hermano en Finlandia le ha dado paso a Bailando con las Estrellas en Helsinki. En Estados Unidos la sociedad toda se aburrió de la puja entre Barak Obama y Hillary Clinton y ahora extrañan a la familia Soprano. Muchos se preguntan cuándo vuelve el señor Gandolfini a deleitarnos. En Francia, el presidente Sarkozy ya es menos popular que Carla Bruni. Tedio y hastío. La historia del tipo que en Austria secuestró a su hija, la violó y encerró durante una vida, fue tapa del Washington Post, de El Mercurio de Chile, de El País de Madrid y de cientos de periódicos alrededor del mundo.
Pero sucede que esas martingalas no solo estremecen sino que distraen. Divierten en el más radical sentido de la palabra: diversifican la atención pública y con ello la apartan del cauce principal, la desvían del cuenco al que originariamente estaba destinada. Es verdad, vivimos en una sociedad cada vez más global y divertida. Hay sitio para todos y para todo, excepto para las preguntas importantes. Quien reclame algún dato acerca del acelerado proceso de concentración de la riqueza en el mundo, casi no tendrá quien le responda. El que inquiera sobre las empresas que están convirtiendo la atmósfera terrestre en un basurero gaseoso será tildado de aburrido y anacrónico y, además, de enemigo del progreso. Quien reclame por un espacio para lo sagrado ha de ser visto como un retrógrado premoderno, es decir anticientífico, es decir posmoderno. Quien tenga la osadía de recordar la guerra de Irak ha de ser considerado un dinosaurio izquierdista. Y aquel que vuelva a preguntar por las armas de destrucción masiva que ocultaba Saddam Hussein será sospechado de filoterrorista.
Es así que el pensamiento único también se expresa en esa diversión engañosa que se autosatisface mediante respuestas banales. Muchos cauces pueden recorrerse, siempre y cuando cada quien los recorra por su lado, de la manera más inocua posible. El espíritu gregario del ser humano responsable de nuestras asociaciones más fructíferas y de nuestras más extraordinarias aventuras como especie ha quedado confinado a las paredes de los edificios de apartamentos que brotan del suelo como pasto en primavera. Ahí la sociedad de la diversión puede ofrecerlo todo, o casi todo: desde la relativa seguridad personal y familiar hasta la Internet más frívola y facilonga, esa que nos brinda la ilusión del conocimiento instantáneo, una especie de nescafé intelectual para grandes y chicos. Ahora, eso sí: a no preguntar asuntos difíciles.
La producción que cada quien tiene del mundo, esa amalgama casi infinita de realidades individuales y comunitarias, no puede ser modificada a golpes de voluntarismo. Pero la voluntad de cambiar la realidad es parte sustancial de cualquier proyecto humano. Una de las marcas más notorias de la creciente deshumanización de la vida social es, justamente, esa apatía ante lo que nos rodea, esa incapacidad para ejercer el criterio y así interrogar por una modificación que nos incluya y nos convoque. Preguntar es un acto de rebeldía cada vez menos frecuente.
En las actuales circunstancias, es impensable cualquier idea, cualquier proyecto nacional o social, que sea concebido como una isla de respuestas en un océano de preguntas. La recuperación de los ámbitos colectivos de reflexión, de debate y acción, es un camino necesario para imaginar y recrear nuevas y viejas utopías. Pero sería una torpeza mayúscula asumir todas las respuestas cuando ni siquiera somos capaces de formular correctamente las preguntas.
En este mundo al que abrimos los ojos cada mañana, preguntar termina por ser la menos ociosa de las actividades. Como niños, deberíamos volver a las preguntas primarias, golpear la realidad con ellas, martillar cual si de una pared se tratara. Golpear una y otra vez. Así y solo así volveremos a apropiarnos de las auténticas dudas, y podremos sostener cavilaciones y silencios para descubrir, en la incertidumbre, la razón última de nuestras porfías más entrañables.
|*| Periodista y escritor
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