CLUB ATLETICO LA BOYA
Este fue un legendario club del barrio La Mondiola que en su momento diera mucho que hablar y es por eso que ahora de él no habla nadie… En realidad: terminó muy mal. Cosa que todos quieren ocultar en un tácito complot de silencio. La idea que le diera origen fue genial: fundar un club social y deportivo total y absolutamente democrático y participativo. Hasta de izquierda si ello fuera necesario («aunque eso es lo de menos» afirmó entonces uno de sus próceres).
Para ello comenzaron por contratar, mediante colecta pública, a dos abogados y un escribano que de inmediato pusieron manos a una colosal obra estatutaria, reglamentaria y normativa que impidiera hasta el Día del Juicio Final cualquier cambio, por menor que fuese, a dichos seiscientos ochenta pliegos (doble faz), fundacionales (muchos de ellos en latín) plagados de citas, referencias y normas externas condicionantes enredadoras… En realidad crearon eso: una impenetrable selva carnívora. En suma: solamente ellos tres podrían interpretar tamaños códigos, con lo que de paso obtuvieron trabajo seguro, inútil, ineludible, vitalicio y hereditario (por lo menos mientras el Club La Boya existiera) por lo que, de acuerdo con el mamotreto y con arreglo indiscutible a Derecho (amenazaron con un pleito de inmediato) pasaron también a ser la «Comisión Directiva de La Boya».
La idea genial central, diríamos el cacúmen de tamaña creación, consistía en que todos los socios del club tenían ya, y tendrían en el futuro a la medida de su ingreso, derecho inalienable de llegar a ser dirigentes y, lo que es más, futbolistas y, por supuesto, directores técnicos.
La base legítimamente, la Fuente de Derecho Universal necesaria para ello sería la antigüedad (incluso compraron en el cercano cementerio del Buceo un monumento a la antigüedad que instalaron en la puerta de la sede). De lo que –el lector ya lo estará deduciendo– resultaba sacramentalmente consagrada la imposibilidad de expulsar a ningún socio luego de ingresado.
¡Se había por fin llegado –por lo menos en un club de barrio– a la democracia total y perfecta! ¡El tránsito de la humanidad hasta La Boya había sido demasiado largo y doloroso desde los griegos a esa fecha. Corrieron mares de sangre en su transcurso y, sin embargo, en La Mondiola bastó un grito (el Grito de La Mondiola) para que dos abogados y un escribano uruguayos gastando nada más que papel y tinta alumbraran el milagro.
Bastó con eliminar todo aparato secretor.
Se evitaban además miles de gastos y pérdidas de tiempo: la eficiencia era suprema. Bastaba con el escalafón rigurosamente llevado (sólo interesaba demostrar la fecha de ingreso) para saber quiénes ocuparían los cargos, quién sería el director técnico, quién el preparador físico, el golero, el volante de marca, el diez con panorama, el goleador…
¡Se podía llegar a ser Maradona por antigüedad!: ese fue el portentoso descubrimiento. Todos tenían derecho, todos podían participar, no se compraría un solo jugador… La Boya sería exclusivamente exportador. ¡Un sueño hecho realidad!
Durante los primeros años la cosa anduvo deportivamente más o menos: los socios eran aficionados pero además el club, con estatutos tan maravillosos, atrajo a la juventud de los alrededores.
Comenzó a fallar con los años, especialmente la tarde de una gran final en la vieja cancha de Salud Pública (Ramón Anador y «Larrañaga») cuando por fín el peluquero del barrio, ya viejo, gordo y extremadamente obeso, logró la camiseta número diez, mientras que la de golero le tocó al «ciego» Galván que no lo era pero usaba por gafas unos vidrios gruesos como culo de sifón que debimos atarle con tientos para que pudiera jugar sin perderlos…
El «sexto» gol fue de antología (como el de la valija): la pelota venía mansita, pero un depravado hincha contrario tiró la boina que Galván atajó de palomita y que cuando quiso darle los tres piques para ventarla notó que no rebotaba y que la tribuna rival gritaba ¡gooooool!
Fue entonces cuando la Comisión Directiva, ya longeva, propuso en la Liga del Buceo extender los principios de La Boya a todo el fútbol barrial en sus diversas divisionales.
Es decir: que los campeonatos también se ganaran por antigüedad debidamente certificada; y que los goles se hicieran también por antigüedad (ni siquiera por sorteo).
Al fin llegaron a proponer que se eliminaran los partidos, y que, absolutamente todo se fuera resolviendo del mismo modo… Administrativamente.
Para ello, la vetusta Comisión propuso contratar a decenas de abogados y escribanos (entre ellos sus numerosos hijos y nietos) para dar debida cuenta, debatida, arreglada a Derecho y debidamente protocolizada, de cada campeonato.
La propuesta fue rechazada por muy pocos en aquella Liga pero tuvo gran prosperidad en muchas otras. Por eso fue que los futbolistas comenzaron a irse para Castelldefels.
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