Tabaco no
En el boliche había revuelo. Los parroquianos tenían sitiado al patrón sin dejarlo salir de detrás del mostrador. El lío era porque les había comunicado las nuevas prohibiciones para fumar.
-¡La culpa no es mía! gritaba el Chiquito, mientras el Negro Collazo tiraba manotazos al aire que no llegaban a destino porque el abdomen del agresor le quitaba alcance. -¡Es lo que impuso el Tabaré, las nuevas reglas que abarcan también a lugares como éste!
-¡Pero vo’ no tené gollete, Chiquito! aulló el Negro, al tiempo que rebotaba contra el mostrador.
-¡E’ un ataque a lo’ derecho’ humano’senciale’! exclamó Ruedita, que había logrado la embriaguez celestial.
-¡¿Cómo va a ser eso, pelotudo, si es una ley de la nación, votada democráticamente en el Parlamento?! preguntó Otegui.
Epifanio, el único sobrio, terció en la disputa: -Lo que pasa es que vos hacés una interpretación de la norma que no es correcta…
-¿Ah, sí? lo toreó el Chiquito. A ver, ¿por qué?
-¡Porque’sto afeta la liberta’ de lo’ individuo…’! gritó Ruedita, tras lo cual expulsó un eructo gutural impresionante, que sonó a expiación.
-Vos callate, borracho de tablado cerrado… -lo interrumpió Epifanio. -¡Pero si está clarito, hermano! Este boliche de mierda no tiene un puto lugar cerrado… Mirá el techo, mirá la puerta, mirá la ventana, mirá la salida al fondo para el excusado… ¡Es todo más abierto que la Silvia Süller! No hay cosa que tranque, no hay chapa que no esté llena de agujeros… ¿Qué más ventilación querés, boludo?
Por primera vez en años el Chiquito quedó impresionado por el discurso de Epifanio. Se aferró al silencio, estudiando detenidamente el contraataque, justo cuando el Negro Collazo enterró el tema con una frase memorable:
-¡Y ademá’, vo’ sabé’ que yo fumo de barba e’ choclo, que son sano’!
Expresado lo cual cayó sentado de culo.
Mientras los demás trataban de levantarlo, Ruedita miró hacia arriba y dijo: -Atento, Taba, que’sto se te puede complica’…
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