LA SEGUNDA ERA DEL POPULISMO LATINOAMERICANO

Chávez tuvo ocasión de festejar, luego de conocido el resultado electoral en Paraguay, la victoria de Lugo. Lo sumó al conjunto de países que ahora tenían gobiernos progresistas en América Latina, y declaró que el «eje del mal» se ampliaba. El propio Lugo fue identificado con Evo y con Chávez por sus contendientes durante la campaña electoral. La idea era trasmitirle al conservadurismo paraguayo los riesgos que devendrían de una victoria de Lugo y que ya eran visibles en otras partes del continente. Y eso, a pesar del natural tono moderado del discurso de Lugo, y de su coalición electoral con un partido del que pueden decirse mucha cosas, menos que sea de izquierda.

Así que tanto desde fuera del país, como desde dentro, Lugo ha pasado a formar parte del llamado «giro a la izquierda» de América Latina. Varias cosas tiene en común el caso paraguayo con el de los otros países, aunque su especificidad es enorme, para empezar por ser el último país en procesar el tan mentado «recambio político» que fue la nota de América Latina de estos años.

En primer lugar, Lugo es un candidato situado a la izquierda del espectro político, aunque él mismo tiene problemas con esta definición, hasta por el hecho de pertenecer a la Iglesia. Esto lo pone en sintonía con varios de los gobiernos progresistas de América Latina, caracterizados por presidentes que están más a la izquierda que los partidos o coaliciones que los apoyan. Así, Kirchner primero y Cristina después, están a la izquierda del peronismo que los sustenta, Bachelet está a la izquierda de algunos de los partidos que componen la Concertación, y Lula está a la izquierda del promedio del conjunto de partidos que constituye su base parlamentaria. En el caso de Chávez, Lugo y Correa, éstos fueron antes líderes que partidos: fueron líderes que aglutinaron una oposición al statu quo, y que en torno a sí mismos juntaron movimientos y partidos.

En segundo lugar, Lugo representa una alternativa al status quo político dominante en la escena política de su país. Lo más importante del proceso electoral reciente, fue que ganó la oposición, después de más de sesenta años de gobierno del Partido Colorado. Esto lo asemeja enormemente al caso uruguayo, pero lo diferencia del caso chileno o argentino, donde los partidos hoy en el gobierno ostentan una larga trayectoria como partidos propios del «status quo» político del país. Al menos en el caso de la democracia cristiana en Chile y del peronismo en Argentina. Y quizás en esto radica la gran novedad de la elección paraguaya del pasado domingo y la elección uruguaya de noviembre de 2004. Es que en ambos casos, lo que triunfó fueron alternativas de oposición a un status quo político instalado y reproducido durante casi un siglo.

En tercer lugar, la elección paraguaya del domingo resalta un proceso que se está verificando en la América Latina post «desilusión» de los noventa. Recordemos que los noventa fueron los años de oro del liberalismo económico en la región. La primera media década, muy exitosa desde el punto de vista del crecimiento, la estabilidad monetaria y la recepción de inversión externa, fue de la mano con el triunfo de opciones políticas en sintonía ideológica con este movimiento: el caso más evidente fue el de Menem en Argentina, pero también representaron a este movimiento Collor en Brasil y Lacalle en Uruguay. Las crisis financieras que comenzaron a ser recurrentes en la región y que revelaron la fragilidad y vulnerabilidad del crecimiento económico, parecen haber dado lugar a este «giro a la izquierda» ­en la versión más ambiciosa­ o a este triunfo de los partidos de oposición ­en la versión más neutra. La Comisión Económica para América Latina llamó al período comprendido entre 1998 y 2002 la «media década perdida». Sabemos lo que pasó en Uruguay en esos años. Los gobiernos del giro a la izquierda tienen su punto de inflexión en ese período; Lula en el 2002 y Kirchner en el 2003 lo inauguraron.

¿Está vinculado el crecimiento de la izquierda a momentos de crisis económica y el triunfo de opciones conservadoras a momentos de auge económico? Esta proposición, corriente en la ciencia política, afirma que cuando las cosas van bien y existe movilidad social, la gente tiende a volverse más conservadora y las opciones de cambio a ser más débiles y concitar menos entusiasmo. Esta proposición no se verifica sin embargo con el crecimiento de las izquierdas en la posguerra, en la «era de oro» del populismo latinoamericano. Esta fue la era de Vargas, de Perón, de Velasco Alvarado, y en Uruguay, de Luis Batlle. El populismo, en aquel momento, designaba un tipo de política que se hacía «para el pueblo», pues sin el beneplácito de las grandes masas, los políticos ya no podían gobernar. El populismo designó un momento muy especial de la política latinoamericana: la irrupción de «las masas» a la política. Fue el momento en el que la política dejó de estar circunscripta a una elite, y los movimientos y las organizaciones sociales pasaron a escena: en especial, el sindicalismo. En muchos países, este momento coincidió con un acelerado proceso de urbanización y con el desarrollo industrial (y por consiguiente, del proletariado urbano). El populismo fue una política para «las masas» porque estas habían entrado a escena y no se podía hacer política sin ellas. Por supuesto que para la izquierda, y especialmente para los pequeños partidos de izquierda, como el comunista o el socialista, el populismo designaba un momento negativo de la política. Era el momento en que las masas se dejaban manipular por los grandes líderes y no ostentaban el comportamiento «de clase» al que estos partidos aspiraban (y para lo cual el sindicalismo era una verdadera escuela). Populismo era el momento en que las masas, desprovistas de conciencia de clase, se comportaban apenas como eso; como masas, detrás de un gran líder. Así, estas izquierdas, en general, fueron muy desconfiadas del populismo. Tanto como las derechas.

¿Estamos en un nuevo momento del «populismo latinoamericano», como tantos se empeñan en decir? En algún sentido, sí. Estamos en un nuevo momento de la «inclusión de las masas» en la política. Esto es válido tanto para países como Bolivia y Ecuador, con componentes indígenas desplazados durante siglos que ahora se incorporan decisivamente a la política, como para Paraguay, con la entrada en escena de los movimientos campesinos. Es también la hora de los presidentes «populares», y no sólo por lo muy carismáticos que puedan ser, sino por la condición «de clase» que representan. Esto vale al menos para Evo Morales, Chávez, Lula o Lugo. Resta saber si esta nueva era del populismo, en la mejor de sus versiones (en la versión de «ampliación» de la política) tendrá la potencia que tuvieron otros populismos para diseñar una política económica al servicio de esta «inclusión de las masas». Este es el desafío más importante que tienen estos nuevos gobiernos. Y más importante aún cuando los modelos de acumulación heredados de la década del noventa muestran que se puede crecer, sin mejorar sustancialmente la situación de los más pobres, o peor aún, profundizando la brecha entre los más ricos y los más pobres. Sin atacar este proceso de raíz, la política populista de América Latina se reducirá a una representación más simbólica que real y a convivir con altas expectativas y bajas posibilidades de satisfacerlas.

|*| Politóloga. Universidad de la República.

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