Eliminando pobreza a bajo costo

El éxito de países pioneros en reducir la desigualdad y la pobreza con recursos relativamente bajos, expandió en América Latina los programas de ayuda directa en dinero, con foco en las familias más vulnerables, especialmente rurales.

La llamada «transferencia condicionada de ingresos» oculta muchas diferencias en las estrategias adoptadas en más de una docena de países latinoamericanos. Son masivas en Brasil y México pues llegan, respectivamente, a 11,1 millones y cinco millones de familias pobres, mientras se limitan a sólo 1.500 en Colombia.

Chile Solidario «no es comparable ni en monto ni en objetivo a otros programas», como el brasileño Beca-Familia y el mexicano Oportunidades, señaló Verónica Silva, secretaria ejecutiva del Sistema de Protección Social chileno.

El programa chileno, creado en 2002, atiende hoy a 290.000 familias, casi 40 por ciento rurales.

«La incidencia es mucho mayor en zonas rurales porque si quieres encontrar al más pobre entre los pobres de Chile sólo tienes que buscar a una mujer jefa de hogar de una zona rural y que además sea indígena», explicó Silva a Tierramérica.

El foco es la extrema pobreza, que afectaba a 5,6 por ciento de la población chilena en 2000, sector tan marginado que desconoce las redes de protección social, a las cuales se trata de sumarlo con apoyo psicosocial y un bono mensual para costear los trámites, que declina de 28 a ocho dólares durante los dos años del proceso.

«La reducción en pobreza e indigencia fue de 20 por ciento para los hogares rurales beneficiarios del sistema», según la última evaluación del Banco Mundial, que provee asistencia técnica a Chile Solidario.

El Banco Mundial estima que Chile Solidario es responsable de 18 por ciento de la reducción de la indigencia y de 35 por ciento de la pobreza.

La brasileña Beca-Familia, creada en 2003 unificando programas de los años 90, alcanzó su meta de atender a 11,1 millones de familias en 2006. Ofrece entre 10,5 y 100 dólares a cada grupo familiar, condicionados a la asistencia escolar de los hijos, cuidados de salud y nutrición.

El programa logró reducir en 21 por ciento la desigualdad entre ricos y pobres entre 1995 y 2004, resultado idéntico al de Oportunidades en México, según el Centro Internacional de Pobreza del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

Entre 1993 y 2006, los pobres brasileños pasaron de 35,3 por ciento a 19,3 del total de habitantes. La Beca-Familia y una pensión para ancianos y minusválidos tuvieron «un papel fundamental» en ese logro, dijo a Tierramérica el experto en políticas sociales Marcelo Neri, de la Fundación Getulio Vargas.

Sólo en 2006, cerca de 5,8 millones de personas dejaron de ser pobres en este país de unos 188 millones de habitantes.

La pobreza en el campo se redujo de 63,7 a 40,9 por ciento entre 1993 y 2006.

La jubilación social rural, incluso para trabajadores informales, ofrece un salario mínimo (245 dólares) a 7,7 millones de campesinos y también contribuyó a ese resultado, pese a su costo fiscal elevado.

Como contrapartida, hay una carga tributaria de 35 por ciento del producto interno bruto, propia de países muy ricos, observó Neri. Pero la Beca-Familia presenta los mejores resultados con el costo proporcionalmente más bajo, de sólo 0,7 por ciento del producto, destacó.

Esta dinamiza la economía local, ampliando un mercado de alimentos producidos por pequeños agricultores, acotó.

La adquisición de alimentos es el principal destino de la beca, lo que promueve también el pequeño comercio local, apuntó Rosani Cunha, del Ministerio de Desarrollo Social.

Las estadísticas muestran más asistencia escolar, reduciendo el riesgo de pobreza de futuras generaciones y desmintiendo «el efecto pereza» que señalan los críticos, sostuvo Cunha a Tierramérica.

En Pombal, un municipio pobre del nordestino Paraíba, una mujer que usó parte de la beca para criar gallinas y así pudo renunciar a la ayuda, se convirtió en ejemplo de iniciativas que permiten «salidas» del programa, ejemplificó.

Pombal, con 3.710 familias beneficiadas en una población de 33.000 habitantes, ha visto varios centenares de grupos familiares que salieron del programa.

Fue en México donde surgió en 1997 el primer plan masivo de transferencia condicionada de ingresos bajo el nombre de Progresa, luego sustituido por Oportunidades, en respuesta a la crisis económica de 1994 y 1995.

Entre 2000 y 2006 la pobreza mexicana cayó de 53,6 a 42,6 por ciento y la mortalidad infantil disminuyó 11 por ciento, en gran parte gracias al programa que empezó con 300.000 familias y hoy ayuda a cinco millones en 96.000 localidades marginadas, 86 por ciento rurales.

Sin embargo, «no parece haber evitado la migración ni se ve un impacto directo en los problemas económicos del campo», que dependen de otros factores, como crédito, riego y calidad de la tierra, pero sí «ayuda a muchas familias a mantenerse en la tierra», según Santiago Fernández, consultor que evalúa proyectos sociales.

«Los jóvenes terminan migrando», si bien Oportunidades «ha dado una mejora en la situación de muchas familias, y los datos lo dicen», reconoció a Tierramérica. En Colombia, el programa Familias en Acción, nacido en 2001, tiene un impacto limitado a 1.500 grupos familiares con subsidios para alimentación y educación de entre 8,5 a 27 dólares, entregados casi exclusivamente a las madres.

Pero responde a una particularidad colombiana, la población desplazada del campo por el conflicto armado.

«El beneficio fue como caído del cielo», dijo Fernando Parra, desplazado en 2001 del sureño departamento de Huila, con una familia de 11 personas, y hoy líder comunitario en Ciudad Bolívar, suburbio pobre de Bogotá donde viven muchos que huyeron de la guerra.

«Me gusta mucho el programa, pero no hay inscripciones ahora y hay mucha gente que lo está necesitando», lamentó Rubiela Castro, de Usme, un conjunto de barrios del sudoriente bogotano.

* Con aportes de Daniela Estrada (Santiago), Diego Cevallos (México) y Helda Martínez (Bogotá).

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