PROHIBIDO PARA NOSTALGICOS

LA CIUDAD VIEJA

Los caballeros con una flor en el ojal vichaban con discreción y en la esquina de la casa de antigüedades de Bacacay se formaban grupos alrededor de un vendedor callejero de habanos Corona. En Sarandí y Juan Carlos Gómez estaba la confitería del Jockey Club donde de tardecita se sentaban los señores mayores para el cafecito y la obligatoria lectura de la página hípica del Bien Público. Aunque tenían gesto muy serio no podían evitar correr ese enorme periódico para vichar con mucho disimulo a dos damas muy rubias que pasaban frente al enorme ventanal. Eran dos polacas hermosísimas que en horas de la noche tenían a maltraer a los habitués del cabaret Tabaris, en Rincón y Misiones. En ese sitio abundaban lindas mujeres polacas que luego se supo integraban una red de trata de blancas llamada «La Migdal». Así era aquella Ciudad Vieja de las primera décadas del siglo XX, un enigma y acertijo, llena de paradojas donde convivían las familias de alcurnia que vivían en los alrededores de La Catedral y muy cerca estaba El Bajo portuario con sus francesitas. Pero también entre las costumbres pacatas y conservadoras, conviviendo al lado de las casas con tules en sus ventanas, donde esperaban las mujeres en camisón de la calle Brecha y Yerbal, junto a esos extremos, había un lugar para el arte. Además del Solís en su entrada, la Ciudad Vieja se sentía orgullosa de una sala teatral pequeña y coqueta que se ubicaba más adentro entre su laberinto de calles. Por la esquina de 33 y Piedras estuvo el Teatro Cibils, donde actuaban las compañías extranjeras que llegaban incesantes hacía América buscando el trabajo que no tenían en una Europa en pie de guerra.

Era una sala donde los montevideanos de esos lejanos años se solazaban con las zarzuelas, comedias musicales y los lagrimógenos melodramas recién llegados de las carteleras de Madrid. La leyenda nos dice que fue en ese Teatro donde una vez su dueño, el señor Cibils, asombró a todos con un artefacto al que llamaban «linterna mágica». Cuentan que fue ese mismo aparato, con apenas unas modificaciones hechas por un vecino de Pocitos, el que sirvió para proyectar las primeras películas en un almacén de bebidas ubicado en Pereyra y Rivera. Ciudad Vieja donde vivieron también los vecinos del Barrio Guruyú, con sus canchitas pegaditas al río. Cuna de grandes jugadores como el grandioso Lorenzo Fernández. También supo tener en su dominó de callecitas y empedrados al Estadio Yacaré en la Aduana, donde se organizaron combates de boxeo que tuvieron protagonistas como el pugilista «Torito» Castelli. Ciudad Vieja que recibió a personajes del Carnaval de antaño como El Tornillo Gamero que tenía un kiosko de cigarrillos en Bartolomé Mitre y Buenos Aires. Y acercándonos a la Aduana y su ámbito portuario, las noches se diluían en lunas y neblinas cargadas de salitre que traían los curtidos marineros que llegaba a los llamados «bares de las camareras». Uno se llamó «El Salvavidas» y en su entrada tenían uno de esos objetos marinos colgando del techo. En su interior, mesas y sillas pintadas de rojo donde se ubicaban los hombres de rojizas barbas que bebían litros de cerveza. Luego, tambaleándose, salían con las pintarrajeadas mujeres hacia las pensiones de la calle Pérez Castellanos. Y muy cerca, en la Plaza Zabala unos caballeros que en muchos casos llevaban apellidos linajudos, se amparaban en la oscuridad de los canteros para hacer amistad íntima con esos marineros o algún pibe del barrio necesitado de unos pesitos. Ciudad Vieja, las mujeres de Brecha, las zarzuelas y una linterna mágica en el Teatro Cibils, familias de alcurnia en los bazares de Sarandí y los borrachos marineros del Mercado del Puerto. Una sublime paradoja, todo el Montevideo del Ayer encerrado en sus callecitas que daban al río de aguas muy grises. CON MAS RECUERDOS Y MUSICA LOS ESPERAMOS EN LA 1410 AM LIBRE.

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