LA COLUMNA AMARILLA (Tercera época)

Pato marrueco

¿A causa de qué el destino, o una de esas divinidades levantiscas que se dice andan por ahí, nos siguen obligando a padecer a este hombre? ¿Hemos pecado tanto que jamás podremos librarnos de él?

¿Eterna la indescifrada culpa y eterno el inefable sujeto?

Es uno de esos tipos que se exhiben inteligentes, versátiles y maquiavélicos cuando miran el partido de afuera, pero que, cuando tienen que jugarlo, son capaces de meterse un par de goles en contra, lanzar la pelota a la tribuna y trastabillar aquí y allá causando vergüenza ajena.

En realidad, su vida es dura: para medir cuánto, usemos la imaginación y veremos a alguien que durante toda su existencia, apenas dejada atrás la pubertad, quiso ser presidente y por décadas ametralló neuronas y genitales de sus coterráneos con las ideas más ricas, audaces, inéditas y locas y con las maniobras políticas menos previsibles para alguien común y corriente, o sea normal. Más tarde, lo observaremos ya con la banda celeste y blanca cruzada al pecho, convertido en un lloroso multiplicador de macanas, zambullido de cabeza en el fracaso y arrastrando al país a sus espaldas. Y al final, ya anciano, bajado del pedestal por un hondazo de la historia y por el inexorable mandato constitucional, lo advertiremos reincidiendo en verbosidades, arranques de supuesto genio malcriado y manipulaciones sin descanso dentro de su histórica corporación partidaria.

¡Claro que su vida es dura! Pero, al mismo tiempo, ¿no es admirable tamaña capacidad de resurrección, no provoca envidia semejante habilidad para conservar el estado anfibio?

Uno lo suponía yéndose a escribir un libro o a grabar sus divagaciones para escucharlas en soledad y admirarse sin retaceo. Pero no. Ha regresado. No hay duda: está bendecido por la motilidad, un término que en psicología significa «capacidad para desarrollar movimientos complejos y coordinados» (y joder a los demás, añado yo).

Sí, lector, adivinó. Jorge Batlle.

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