LA HORA DEL SUBSUELO
Mirando hacia adelante y en hora de analizar ejes programáticos en todos los partidos, proponemos darle llegada a «la hora del subsuelo».
Como ya es sabido, los uruguayos le dimos la espalda al mar en mala hora. Nacidos como bastión marítimo del Imperio Español en el Atlántico Sur y siendo en aquel principio tres puertos (Montevideo, Maldonado y Colonia), fuimos por eso «Manzana de la Discordia» entre casi todos los imperios que en el mundo han sido hasta nuestros días.
Sería largo buscar aquí las causas del error cometido cuando renunciamos a nuestra evidente vocación marítima, fluvial y portuaria.
Por suerte, o tal vez por mandato ineludible de la geografía, la economía y la historia, volvemos a mirar de frente esa herencia y reiniciamos la tarea enorme de irla tomando en nuestras manos.
Es como reiniciar un camino por el que hasta cierto punto habíamos venido navegando.
Pero con nuestro subsuelo pasó algo mucho peor: no se trata de haberle dado un día la espalda sino de que jamás intentamos seriamente averiguar qué hay en él.
Tal vez la culpa de ambas cosas la tuvo Hernandarias cuando según se dice tuvo la ocurrencia de echar toros con vacas en estas feraces y hospitalarias praderas.
Desde entonces, y en la medida que el rebaño fue creciendo hasta cifras asombrosas, fuimos dejando de mirar el agua salada infinita y, por supuesto, del subsuelo sólo pasó a interesarnos la profundidad que va desde el suelo hasta donde llegan las raíces del pasto. Esa delgada y estratégica capa de tierra es lo único que hemos escudriñado con muy seria, detenida y grave circunspección. De más abajo mejor no hablar.
Salvo quienes hicimos túneles por razones muy fortuitas, casi nadie se interesó por ese asunto. Que además molesta al ganado.
Porque claro: la Ley vigente reza que el subsuelo sigue siendo del Estado. Es, junto con la mar y los grandes ríos, lo único que todavía no está alambrado. Con el agregado de que si alguien o algo descubre alguna cosa campo abajo, tiene pleno derecho a entrar por las tranqueras para escarbar con maquinaria, camiones, ruido, obreros y todas esas cuestiones para nada pastoriles.
Hasta hace poco en Uruguay, aunque cueste creer, no existía la carrera universitaria para geólogo. El único que había era un «raro» recibido en Francia.
Creo que ahora, casi de milagro, tenemos unos sesenta jovencitos de los que la mitad trabaja en una sola empresa (extranjera).
Pero tanto por las prospecciones de gas y petróleo en nuestra plataforma continental, como por los esquistos bituminosos y también por los yacimientos de zeolitas, amatistas y arenas negras (torio) con el agregado de otras riquezas subterráneas incluso insospechadas, parece haber llegado la hora del subsuelo olvidado de Uruguay integrado por su plataforma y sus derechos en la Antártida. Esto debe formar parte ineludible de un país en serio. Ineludible ahora porque por la crisis energética mundial, regional y nacional no tenemos más remedio.
Para una expansión, incluso «sobrante» de la energía eólica (y otras parecidas) son importantísimos, para trabajar en «simbiosis», los sistemas de «acumulación» de energía. Para pensar en plantas nucleares debemos hacerlo en torio…
En ese sentido el mundo viene trabajando no sólo en hidrógeno (que también será vector) sino también en aire comprimido (otro vector que ya usamos en muchísimas actividades) y en muchas formas de acumulación como por ejemplo gigantescos y pesadísimos volantes que actúan bajo tierra en ambientes al vacío. Lo mismo sucede con la necesidad de grandes depósitos para gas bajo tierra (cuenca del Santa Lucía por suerte ya estudiada para ello) y más si pensamos en traerlo con barcos.
Allí abajo tenemos los acuíferos pletóricos de un cada día más vital elemento en el mundo; casi inexplorados, inexplotados y desprotegidos.
Obviamente para economizar espacio y tiempo omitimos lo demás imaginable.
«La escasez de académicos que trabajan en este sector (y en el de la energía) es patética» según se ha dicho recientemente y desnuda un Uruguay que debe terminarse.
Basta con ver las cifras de estudiantes en cada «carrera» de la Universidad para constatar que no vamos a lugar alguno.
La juventud de geólogos nacidos de esa flamante carrera se terminará yendo salvo que Uruguay decida necesitarlos. Como a tantos otros.
Incluso antes de proponerles un buen sueldo acá, y alguna investigación, convendría anunciarles que los necesitamos para una larga construcción concreta. Y eso será, si se quiere, una decisión política estratégica.
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