A la cama con Giovanni (*)

Mudo pero rendidor

En esta comarca nuestra, hubo y todavía hay, un monasterio de mujeres muy famosas por sus santidad. En él, no hace mucho tiempo, vivían sólo ocho mujeres jóvenes con una abadesa, y había un buen hombrecillo, hortelano de su hermosísimo jardín, que, descontento con la paga, pidió la cuenta al administrador de las monjas y regresó a Lamporecchio, de donde era. Entre los otros, que alegremente lo recibieron allí, había un joven labrador fuerte y robusto, y de hermosa figura para ser un villano, cuyo nombre era Masetto, que le preguntó dónde había estado tanto tiempo. A lo que Nuto respondió:

Trabajaba en un jardín hermoso y grande del monasterio y, amén de esto, iba alguna vez al bosque a buscar leña, traía agua y hacía otros pequeños servicios; pero las señoras me daban tan poco salario que apenas podía pagarme los zapatos. Y además, son todas jóvenes y parece que tienen el diablo en el cuerpo, por lo cual no quise atarme más y me he venido. Y, el administrador incluso me pidió, que si sabía de alguien que entendiera de eso se lo mandase.

A Masetto, oyendo las palabras de Nuto, le entró un deseo tan grande de estar con aquellas monjas que se derretía todo, comprendiendo, por las palabras de Nuto, que podría alcanzar algo de lo que él deseaba.

Con esta idea se echó un hacha al hombro y, sin decir a nadie adonde iba, se fue al monasterio como si fuese un pobre; llegado allí, entró y, por casualidad, encontró al administrador en el patio y, por gestos, como hacen los mudos, mostró que le pedía comida por amor de Dios, y que él, si lo necesitaba le partiría la leña. El lo hizo muy bien, por lo que el administrador se lo quedó unos días para ciertas tareas que le eran necesarias; y ocurrió que un día lo vio la abadesa y le preguntó al administrador quién era. Este le dijo:

­Señora, es un pobre hombre mudo y sordo, que vino un día de éstos a pedir limosna; se la di y le he mandado a hacer bastantes cosas de que había necesidad. Si supiese labrar un huerto y quisiera quedarse, creo que nos prestaría un buen servicio, porque él lo necesita y es fuerte y podría hacer todo lo preciso; y además, no habría que preocuparse que gastase bromas a vuestras jóvenes.

A lo cual dijo la abadesa:

­¡Por Dios que tienes razón! Entérate de si sabe labrar e ingéniate para retenerlo; dale un par de zapatos, algún capuz viejo, y halágalo, hazle mimos, dale bien de comer.

El administrador dijo que lo haría. Masetto no estaba muy lejos y, mientras fingía barrer el patio, oía todas estas frases, diciendo para sí, alegre: «Si me meten ahí dentro, os labraré el huerto tan bien como nunca os han labrado».

Mientras trabajaba el huerto un día y otro día, las monjas empezaron a molestarle y a tomarle el pelo como a menudo se hace con los mudos, y le decían las palabras más malvadas del mundo, creyendo que no las oía; y la abadesa, que acaso juzgaba que él tan sin cola estaba como sin habla, poco o nada se preocupaba de ello.

Ahora bien, ocurrió que un día que andaba descansando, tras haber trabajado mucho, dos monjas jovencitas que andaban por el jardín se acercaron a donde él estaba y empezaron a mirarlo, mientras fingía dormir, una, que era algo más atrevida, dijo a la otra:

­Si me guardas el secreto, te diré un pensamiento que he tenido varias veces, y que tal vez pudiera serte de provecho.

­Habla con confianza ­respondió la otra­, que nunca se lo diré a nadie.

Entonces, la atrevida comentó:

­No sé si has parado mientes en lo atadas que nos tienen, y en que aquí dentro no se atreve a entrar ningún hombre, con lo que me han dado ganas de probar con este mudo, si es así, ya que con otro no puedo. Y éste es el mejor del mundo para eso, porque, aunque quisiera, no podría ni sabría contarlo; ya ves que es un mozo tonto, más crecido que con juicio. Me gustaría saber qué te parece.

­¡Ay de mi! ­dijo la otra­. ¿Qué dices? ¿No sabes que hemos prometido virginidad a Dios?

­¡Oh!, dijo ella, ¿Cuántas cosas se le prometen todos los días que luego no se cumplen! Si nosotras se la hemos prometido, que se busque otra u otras que se la cumplan.

A lo cual, la compañera dijo:

­¿Y si nos quedamos preñadas, qué pasaría?

Dijo entonces la otra:

­No empieces a preocuparte del mal antes de que llegue; si eso ocurriera , ya se verá; hay mil maneras de hacer que nunca se sepa, con tal de que nosotras mismas no lo digamos.

Al oír aquello, le entraron ya más ganas que a la otra de probar qué clase de animal era el hombre, y dijo:

­Pues bien, ¿qué haremos?

Respondió ella:

­Ya ves que son cerca de las tres; creo que las hermanas están durmiendo todas, salvo nosotras, miremos si en el huerto hay alguien y, si no hay nadie, ¿qué vamos a hacer sino cogerlo de la mano y llevarlo a la cabaña donde se refugia cuando llueve? Allí una se queda dentro con él y la otra hace guardia. Es un tonto que se acomodará a lo que queramos.

Masetto, sin hacerse mucho rogar, hizo lo que ella quería. Habiendo obtenido lo que quería, dejó su puesto a la otra, como leal compañera, y Masetto, aparentando inocencia, hacía lo que querían; por lo que antes de marcharse, cada una quiso probar más de una vez cómo cabalgaba el mudo; y luego, conversando entre sí, decían que aquello era en verdad tan dulce como habían oído, y aún más y, aprovechando los momentos oportunos, iban a juguetear con el mudo.

Un día ocurrió que una compañera advirtió la cosa desde un ventanuco de su celda, y se la mostró a otras dos; primero decidieron acusarlas a la abadesa, pero luego, mudando de opinión, se pusieron de acuerdo con ellas y compartieron la finca de Masetto. Pronto las acompañaron, por diversos accidentes, las otras tres. La abadesa, por último que todavía no se había dado cuenta de nada, un día de mucho calor que paseaba sola por el jardín, encontró a Masetto (el cual se cansaba con poco trabajo durante el día por el demasiado cabalgar de la noche), dormido a la sombra de un almendro; el viento le había levantado las ropas por delante y estaba todo al descubierto. Al contemplar aquello, la señora, y verse sola, cayó en el mismo apetito en el que habían caído sus monjitas; despertó a Masetto y se lo llevó a su alcoba, donde lo tuvo varios días, con gran quejumbre de las monjas porque el hortelano no iba a labrar el huerto, probando y volviendo a probar aquella dulzura que antes solía censurar delante de las otras.

Por último lo devolvió a la habitación de él y lo requería con mucha frecuencia, sin bastarle la parte que le tocaba. Masetto, no pudiendo satisfacer a tantas, pensó que su mudez podría redundar en su perjuicio, si daba más; por lo que una noche, mientras estaba con la abadesa, rompió el frenillo y empezó a decir:

­Señora, he oído decir que un gallo basta a diez gallinas, pero que a diez hombres les cuesta trabajo satisfacer a una sola mujer, y yo tengo que servir a nueve. Por nada del mundo podré aguantarlo.

La señora, al oír hablar a quien creía mudo, se pasmó toda y dijo:

­¿Qué es esto? Creía que eras mudo.

­Señora, dijo Masetto, sí, lo era, pero esta noche me ha vuelto el habla, por lo que alabo mucho a Dios.

(*) Giovanni Boccacio, (1313 ­ 1375), escritor y humanista italiano. Fragmento de su obra «El decamerón».

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