A la cáma con Vávara (*)

La zarina libertina

El príncipe Demetri estaba a cargo, por favor especial del Emperador Pablo, de la Gobernación Militar de una de las provincias más grandes e importantes del Imperio ruso, y en condición de tal tenía prácticamente el poder de la vida y la muerte sobre el pueblo que gobernaba. A este peligroso torbellino se vio arrojada la joven princesa, sobre todo porque su padre se encontraba con frecuencia ausente en San Petersburgo. Al parecer fue durante este período cuando la princesa Vávara Softa empezó a redactar su diario.

Entre los criados destinados al servicio de la hija de tan ilustre noble, estaba su doncella personal Proscovia, una jovencita muy poco mayor que su ama y que parece haber gozado, como suele ocurrir en estos casos, de la confianza plena de la princesa. El palacio en que residía el Gobernador era un edificio de vasta superficie, y la princesa disponía de toda un ala separada del mismo.

 

Adjunto a la persona del príncipe, actuaba como edecán un joven y apuesto oficial, cuyo nombre era Petróvich, que aspiraba al amor de la bella hija del Gobernador. Dicha pretensión no resultó del todo despreciable para la damita, y el edecán encontró los medios -con asistencia de la criada- de entrar por la noche en los aposentos de la princesa. El riesgo era enorme: Siberia era el castigo menos severo que aguardaba al desafortunado Petróvich en caso de que el Gobernador lo descubriera.

Proscovia tenía un hermano, un voluminoso y malintencionado individuo, a quien no se le había pasado por alto cierta intimidad entre el edecán y su joven ama cada vez que creían que nadie los veía. Impresionado por esta idea, y resentido desde tiempo atrás con el galán, Iván vigiló como un gato, y por fin vio introducirse al feliz Petróvich en los aposentos de la joven princesa bien entrada la noche.

 

Con la cautela necesaria, Iván logró hacer llegar al príncipe una carta anónima cuyo contenido bastó para que el potentado hirviera de furia y disgusto. El príncipe Demetri se precipitó a los aposentos de su hija, a quien encontró leyendo tranquilamente. El desconcertado príncipe, aliviado, se retiró.

La princesa corrió a abrir con Procovia el macizo baúl en el que habían encerrado al tembloroso edecán. Pero Petróvich se había sentido al parecer tan sobrecogido de terror que no podía moverse: lo tocaron, lo incorporaron, pero sólo para descubrir que el desgraciado se había asfixiado

 

Enseguida Proscovia salió corriendo a buscar a su hermano. Éste prometió de buena gana -por razones personales- hacer todo lo que estuviera en sus manos para librarlas de tan comprometedora carga. Iván cargó en su trineo el cadáver del desafortunado edecán y lo arrojó en las heladas aguas del río Volga para que fuese devorado por los grandes esturiones.

 

Una noches después, Iván se presentó audazmente ante la puerta de los aposentos de la princesa Vávara. La princesa Vávara comprendió a primera vista cuáles eran sus propósitos.

–Supongo, noble señora, que ahora no tenéis galán –dijo Iván, con un amago de complicidad.

–No, Iván. . . ninguno.

Iván vio su oportunidad y con todo descaro sugirió:

–¿Qué os parece, Excelencia, si os lo busco?

–Eso no serviría de nada, mi buen Iván, porque preferiría escogerlo personalmente.

–¡Será un hombre afortunado! –murmuró Iván.

–Quizás… eso dependerá de él; tiene que ser alto, fornido y de buena planta.

–¡Yo soy todo eso! –sonrió Iván.

–Si así es, Iván, acércate, tonto y déjame ver qué clase de hombre eres.

 

Después de estas palabras, la joven princesa hizo señas a Iván para que se despojara de algunas prendas de su vestimenta. Iván dejó caer sus prendas y quedó a medias expuesta su desnudez a la mirada de la jovencita.

La princesa, cuando percibió las musculosas proporciones del mujik, se inflamó de deseo. El astuto Iván había dejado a la vista lo suficiente para que la procaz princesa ansiara ver más, y mientras ella lo contemplaba con la respiración acelerada y las mejillas ardientes, él sintió que los encantos de tan selecto y delicioso bocado, inspeccionándolo con tal desfachatez, avivaban su apetito hasta un punto casi irresistible.

Así, las facultades mentales transmitieron rápidamente sus impresiones a la carne, provocando que desplegara su virilidad de una manera muy simple e inconfundible.

–Eres un hombre portentoso, Iván, tu enamorada de seguro estará orgullosa de ti. . . Déjame ver el instrumento con que haces el amor.

 

Entonces Iván se quitó la última prenda, descubriendo todo su potente vigor.

La princesa quedó impactada con tal exposición. Por fin ella, dejando de lado cualquier consideración pudorosa, le hizo señas de que se aproximara más, y con gran excitación -mientras sus bellos pechos se movían con la irregularidad de su respiración y sus ojos delataban la pasión que la consumía- rodeó con su pequeña y fina mano la portentosa virilidad de Iván, lo que sirvió para encender su sangre más allá del freno de la razón. Con los labios jadeantes musitó, al tiempo que sus caricias se volvían más y más pronunciadas:

–Mujik, ¿puedo confiar en ti, eres capaz de guardar un secreto?

–¡Seguro! ¿Acaso no poseo ya uno?

La princesa sonrió mientras atraía el cuerpo de él hacia el suyo.

–¡Sé discreto, Iván, muchacho! Te tomaré como amante, harás conmigo lo que tu alma quiera. Yacerás en mis brazos y me poseerás. Me atravesarás como te plazca. Penetrarás mi cuerpo con el tuyo. ¡Esta cosa enorme que aprieto, mujik, tonto, sentirá la calentura de mi sangre, penetrará lo más profundo de mi alma. . . no la rechazaré por su largura ni por su anchura, será recibida en mi persona y estaremos unidos. . . tus placeres serán los del paraíso, Iván, tu sangre y la mía bullirán juntas de deleite, tus sensaciones se convertirán en éxtasis…

(*) «Memorias de una princesa rusa», 1796, de autor anónimo. Fragmento extractado.

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