La casa de las bellas durmientes
No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la muchacha dormida ni intentar nada parecido. Todo era silencio. Tras serle franqueado el portal cerrado con llave, el viejo Eguchi sólo había visto a la mujer con quien ahora estaba hablando. Era su primera visita. Ignoraba si se trataba de la propietaria o de una criada. Era mejor no hacer preguntas.
-Y le ruego que no intente despertarla, aunque no podría, hiciera lo que hiciese. Está profundamente dormida y no se da cuenta de nada la mujer lo repitió-: Continuará dormida y no se daría cuenta de nada, desde el principio hasta el fin. Ni siquiera de quién ha estado con ella. No debe usted preocuparse.
Eguchi no mencionó las dudas que empezaban a acometerle.
-Es una joven muy bonita. Sólo admito huéspedes en quienes pueda confiar.
La habitación contigua parecía débilmente iluminada. La mujer cerró la puerta sin dar la vuelta a la llave, y colocó ésta sobre la mesa, frente a Eguchi. Nada en su actitud, ni en el tono de su voz, sugería que había inspeccionado una habitación secreta.
-Aquí esta la llave. Espero que duerma bien. Si le cuesta conciliar el sueño, encontrará un sedante junto a la almohada.
-¿Ella está en la habitación contigua?
-Sí, dormida y esperándole.
-¡Oh!
Eguchi estaba un poco sorprendido. Sabía por un viejo conocido que frecuentaba el lugar que había una muchacha esperando, dormida, y que no se despertaría; pero ahora que se encontraba aquí parecía incapaz de creerlo.
-¿Dónde quieres desnudarse? la mujer parecía dispuesta a ayudarle.
Una vez solo, Eguchi contempló la habitación, desnuda y sin artilugios. Su mirada se posó en un antiguo tabique corredizo, ahora tapado para formar la cámara secreta de las bellas durmientes.Se preguntó cómo sumían en el sueño a la muchacha dormida no, narcotizada- de la habitación contigua. podría ser como el cadáver de un ahogado; y vaciló un poco en acudir a su lado. No le habían dicho cómo la sumían en el sueño.
Durante sus sesenta y siete años el viejo Eguchi había pasado noches ingratas con mujeres. De hecho, las noches ingratas eran las más difíciles de olvidar. Pero, ¿podía haber algo más desagradable que un viejo acostado durante toda la noche junto a una muchacha narcotizada, inconsciente? ¿No habría venido a esta casa buscando lo sumo en la fealdad de la vejez? La fealdad de la vejez le estaba acosando. No tenía intención de violar las desagradables y tristes restricciones impuestas a los otros viejos. No tenía intención de violarlas, y no lo haría. Aunque podía llamarse un club secreto, el número de sus ancianos miembros parecía reducido. Eguchi se encamino hacia la puerta de cedro.
-¡Ah!
Cerró la puerta con llave, dejó caer la cortina y miró a la muchacha. Ésta no fingía. Su respiración era la de un sueño profundo. Eguchi contuvo el aliento; era más hermosa de lo que había esperado. Y su belleza no constituía la única sorpresa. También era joven. Estaba acostada sobre el lado izquierdo, con el rostro vuelto hacia él. No podía ver su cuerpo, pero no debía de tener ni veinte años. Era como si otro corazón batiese sus alas en el pecho del anciano Eguchi.
-¿Estás dormida? ¿Vas a despertarte?
Tomó su mano y la sacudió. Sabía que ella no abriría los ojos.
Se deslizó quedamente bajo la colcha, temeroso de que la muchacha se despertara. Parecía estar totalmente desnuda.
Aunque esta muchacha sumida en el sueño no había puesto fin a las horas de su vida, ¿acaso no las había perdido, abandonándolas a profundidades insondables? No era una muñeca viviente, pues no podía haber muñecas vivientes; pero , para que no se avergonzara de un viejo que ya no era hombre, había sido convertida en juguete viviente. No, un juguete, no: para los viejos podía ser la vida misma. Semejante vida era, tal vez, una vida que podía tocarse con confianza.
Eguchi se había encaminado hacia esta casa secreta inducido por la curiosidad, pero sospechaba que hombres más seniles que él podían acudir aquí con una felicidades y una tristeza todavía mayores.
Ella estaba aquí para ser contemplada, él sabía que la habían adormecido para este fin. La muchacha tendría apenas veinte años. Eguchi sintió una oleada de soledad teñida de tristeza.
Más que tristeza o soledad, lo que le atenazaba era la desolación de la vejez. Y ahora se transformó en piedad y ternura hacia la muchacha que despedía la fragancia del calor juvenil. Quizás únicamente con objeto de rechazar una fría sensación de culpa, el anciano creyó sentir música en el cuerpo de la muchacha. Era la música del amor.
-Despierta, despierta Eguchi sacudió el hombro de la muchacha. Luego le levantó la cabeza.
Un sentimiento hacia la muchacha, que surgía en su interior, le impulsó a obrar así. Había llegado un momento en que el anciano no podía soportar el hecho de que la muchacha durmiera, no hablara, no conociera su rostro y su voz, de que no supiera nada de lo que estaba ocurriendo ni conociera a Eguchi, el hombre que estaba con ella. Ni una mínima parte de su existencia podía alcanzarla, la muchacha no se despertaría. Domir con una belleza que no se despertaría era una tentación, una aventura, un goce que confirmaba lo que e viejo Kiga le había dicho: sólo podía sentirse vivo cuando se hallaba junto a una muchacha narcotizada.
-Parece haber pasado mucho tiempo desde que perdí la esperanza en cualquier mujer. Hay una casa donde duermen a las mujeres para que no se despierten, le había contado el viejo Kiga.
Esta era la primera experiencia de Eguchi con una mujer así. Sin duda, la muchacha había tenido muchas veces esta experiencia con hombres viejos. Entregada totalmente a él, sin conciencia de nada, respiraba con suavidad, mostrando un lado de su inocente rostro. Ciertos ancianos tal vez acariciarían todas las partes de su cuerpo, otros sollozarían. La muchacha no se enteraría en ninguno de ambos casos. Pero ni siquiera este pensamiento indujo a Eguchi a la acción.
Al retirar la mano de su cuello tuvo tanto cuidado como si manejara un objeto frágil; pero el impulso de despertarla con violencia aún no le había abandonado.
El don de una mujer para comunicar fuerza a toda la vida de un hombre seguía vivo en él, a pesar de sus sesenta y siete años.
Los senos de la bella durmiente parecían bellamente redondeados. Un extraño pensamiento le asaltó: ¿por qué, entre todos los animales, en el largo del curso del mundo, sólo los pechos de la hembra humana habían llegado a ser hermosos? ¿No era para gloria de la raza humana que los pechos femeninos hubiesen adquirido semejante belleza? A Eguchi no le gustaban los pezones grandes y oscuros. A juzgar por lo que viera cuando levantó la colcha, los de la muchacha eran todavía pequeños y rosados. Dormía boca arriba, así pues, podía besarle los pechos. No era ciertamente una muchacha cuyos pechos le desagradara besar. Si esto ocurría con un hombre de su edad, pensó Eguchi, entonces los hombres realmente ancianos que venían a esta casa debían perderse por completo en el placer, estar dispuestos a cualquier eventualidad, a pagar cualquier precio, seguramente había habido lascivos entre ellos.
Como dormida aparecía tan hermosa, Eguchi se abstuvo del acto indecoroso al que le conducían estos pensamientos. ¿Acaso la diferencia entre él y los demás ancianos residía en que aún había en él algo que le hacia funcionar como hombre?
«¿No sería mejor que durmiera?», se oyó murmurar fútilmente así mismo, y añadió-: «No es para siempre. No es para siempre ni en su caso ni en el mío».
Cerró los ojos. De esta noche extraña, como de todas las otras noches, se despertaría con vida por la mañana. Pero el viejo Eguchi estaba completamente desvelado y no parecía probable que se durmiera. Tampoco quería tocar a la muchacha dormi
da, ni mirar su desnudez. Poniéndose boca abajo, abrió el paquete que había junto a la almohada. La mujer de la posada había dicho que era una medicina sedante, pero Eguchi vacilaba. Ignoraba qué sería y si se trataba de la misma medicina que le habían dado a la muchacha. Se metió una píldora en la boca y la tragó con una buena cantidad de agua.
La muchacha se había vuelto del otro lado, con las caderas hacia él. Se le antojó algo conmovedor el hecho de que su cabeza estuviera más distante que las caderas. Dormido y despierto a medias, tomó en sus manos la larga cabellera extendida y jugó con ella como para peinarla; y así se quedó dormido.
(*) Yakunari Kawabata (1899-1972) Novelista japonés graduado porla Universidad Imperial de Tokio. Fragmento extractado de «La casa de las bellas durmientes», Editorial Caralt, 1978
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