Cristina
En «El disco», Borges introduce sólo dos personajes: un solitario leñador y un desconocido que toca a la puerta de su cabaña; porta el disco de Odín, que tiene un solo lado. El leñador le ofrece a cambio un cofre de monedas; el otro lo rechaza; entonces, cuando el desconocido le da la espalda, lo mata de un hachazo. El disco cae al arroyo y, aunque lo busca hasta el final de sus días, no lo halla.
Como todo cuento de Borges, tiene múltiples interpretaciones. Una, de las más simples pero incontestables, es la fuerza de la codicia y la capacidad para la traición.
Se me ocurrió pensar en esto viendo en qué anda Cristina, la presidenta argentina, nuestra supuesta compañera de ruta progresista. Recibió a los piqueteros de Entre Ríos y su manejo de la situación fue un ejemplo de cómo se puede acomodar el cuerpo, aunque sea un rato, dejando sonrisas y llantos aquí y allá pero al fin una sensación de esperanza indefinida, mientras se aguarda que la cosa aclare para mejorar la posición. A los piqueteros les dijo, por una parte, que «la lucha contra Botnia es una causa nacional» y que «nunca pensó pedirles que levantaran los cortes»; y por otra, aunque cual tiro por elevación al gobierno uruguayo, que «no aplicará el Código Aduanero ni la Ley de la Madera para impedir el cruce de insumos a Botnia, porque entiende que no conviene jurídicamente».
¡Menudo intríngulis tendrá por delante el designado canciller Fernández con este asunto mientras no se expida el Tribunal de La Haya! Peor aún: ¿Qué garantías tiene de que si el fallo es favorable a Uruguay, su vecina lo acatará y guillotinará definitivamente el delirio de las burdas acciones piqueteras?
Cristina Fernández es inteligente. Pero además es una autócrata, una intolerante y una equilibrista. Igualita a su marido, pero con más carácter y pragmatismo, sin tanto anadeo.
¿Hay conciencia de esto?
Si la hay, ¿tiene el gobierno una estrategia frente a lo que le puede caer encima?
Compartí tu opinión con toda la comunidad