EL CANDIDATO REPUBLICANO (IV)
Mis relaciones con la Ciénaga de Zapata comenzaron muy temprano. Conocí el lugar gracias a unos visitantes norteamericanos que me hablaban del «black fish», trucha negra muy abundante en la Laguna del Tesoro, en el centro de la Ciénaga, con un máximo de 6 metros de profundidad. Era la época en que pensábamos en el desarrollo del turismo y posibles pólders al estilo de la tierra disputada al mar por los holandeses.
La fama del lugar provenía de mi época de estudiante de bachillerato, cuando la Ciénaga era poblada por decenas de miles de cocodrilos. La captura indiscriminada casi había exterminado la especie. Había que protegerla.
Nos atraía sobre todo el deseo de hacer algo por los carboneros de la Ciénaga. Así comenzaron mis relaciones con la bahía de Cochinos, tan profunda que alcanza casi mil metros. En aquel lugar conocí al viejo Finalé y a su hijo Quique, que fueron mis maestros en pesca submarina. Recorrí cayos y cayerías. Llegué a conocer la zona como la palma de mi mano.
Cuando desembarcaron por allí los invasores, había tres carreteras que cruzaban la Ciénaga, centros construidos y en construcción para el turismo, y hasta un aeropuerto en las proximidades de Playa Girón, último reducto de las fuerzas enemigas, que nuestros combatientes tomaron por asalto al atardecer del 19 de abril de 1961. He hablado otras veces de aquella historia. Estuvimos a punto de recuperarlo en menos de 30 horas. Maniobras de engaño por parte de la Marina de Estados Unidos retrasaron nuestro fulminante ataque con tanques en la madrugada del 18.
Para abordar el problema de los prisioneros capturados, conocí a Donovan, quien me pareció y me alegra comprobarlo por el testimonio de su hijo que era un hombre honorable, a quien efectivamente invité una vez a pescar, y sin duda le hablé de un traje y equipo de buceo. Los demás detalles no puedo recordarlos con precisión; tendría que indagar. Nunca me ocupé de escribir memorias, y hoy comprendo que fue un error.
La cifra exacta de heridos, por ejemplo, no la recordaba con tanta precisión. Tenía en la mente el recuerdo de los cientos de heridos que tuvimos, de los cuales no pocos murieron por la escasez de equipos, medicamentos, especialistas, y no contar entonces con instalaciones adecuadas. Los heridos enviados delante seguramente requerían de rehabilitación o mejores atenciones, que no estaban a nuestro alcance.
Fue tradición desde el primer combate victorioso, el 17 de enero de 1957, curar a los adversarios heridos. Eso consta en la historia de nuestra Revolución.
En el libro de memorias «Faith of my fathers», escrito por McCain con la omnipresente compañía de Mark Salter, técnicamente bien redactado, el autor principal afirma:
«Fui con frecuencia acusado de ser un estudiante indiferente y teniendo en cuenta algunas de mis calificaciones, puedo advertir la generosidad de tal afirmación. Pero yo era más selectivo que indiferente. Me gustaba el Inglés y la Historia, y con frecuencia tuve buenos resultados en ellas. Tuve menor interés y menor éxito en matemáticas y ciencias.»
Más adelante asegura:
«Pocos meses antes de la graduación, estaba haciendo los exámenes de ingreso en la Academia Naval. Me fue sorpresivamente bien, incluso en el examen de matemáticas.
«Mi reputación como joven escandaloso e impetuoso no se limitaba me incomoda confesarlo a los círculos de la Academia. Muchos residentes decentes de la encantadora Anápolis, testigos de algunos de mis más extravagantes actos de insubordinación, desaprobaban mi persona, al igual que muchos oficiales.»
Antes, al narrar algunos hechos de su infancia, cuenta que:
«A la menor provocación, yo explotaba en un arrebato de furia, y luego caía al piso inconsciente.
«El médico indicó un tratamiento que de acuerdo a las normas modernas de pediatría parecía un poco severo. Instruyó a mis padres a que llenaran una bañadera con agua fría y cuando yo comenzara con la rabieta y pareciera que aguantaba el aire para tirarme al piso, me echaran al agua vestido, sin más».
Al leer esto, uno experimenta la impresión de que los métodos que se nos aplicaban en aquel tiempo tanto a mí, que viví en la época de preguerra, como a él no eran los más apropiados para tratar a los niños. En mi caso, no podía hablarse de médico asesorando a la familia; era la gente del pueblo, en parte analfabetos, muchos de los cuales conocían los tratamientos a seguir sólo por tradición.
Hay otros episodios narrados por McCain relacionados con sus aventuras de cadete en viajes de entrenamiento. No los menciono porque se apartan del contenido de mi análisis y nada tienen que ver con asuntos personales.
Es natural que McCain no estuviera en el salón del Congreso la noche del discurso de Bush el 28 de enero pasado, porque hay cosas en la política de éste que lo comprometen mucho. Estaba en La Pequeña Habana, en el restaurante Versailles, donde recibió el homenaje de la comunidad de origen cubano. Más vale no indagar mucho sobre los antecedentes de varios de los personajes que estaban allí.
McCain apoya la guerra en Irak. Cree que la amenaza de Afganistán, Irán y Corea del Norte, y el crecimiento de Rusia y China, obligan a Estados Unidos a reforzar las fuerzas de ataque. Trabajaría en conjunto con otros países para proteger a la nación del extremismo islámico y continuar en Irak hasta vencer.
Reconoce la importancia de mantener relaciones fuertes con México y otros países de Latinoamérica. Está a favor de continuar con la agresiva política actual respecto a Cuba.
Reforzará la seguridad en la frontera de Estados Unidos, no sólo para la entrada y salida de personas, sino con los productos que entren al país. Considera que los inmigrantes deben aprender inglés, la historia y la cultura estadounidenses.
Busca electores de origen latino; la mayoría lamentablemente no ejercen el voto o lo hacen por excepción, siempre temerosos de que los expulsen, los priven de los hijos o pierdan su empleo. En el muro de Texas continuarán muriendo más de 500 cada año. No promete una ley de ajuste para ellos, que buscan el «sueño americano».
Como todo candidato, tiene su programita de gobierno. Promete reducir la dependencia de suministros de energía del extranjero. Fácil es decirlo, difícil a estas alturas hacerlo.
Se opone al subsidio de la producción de etanol. Magnífico: eso mismo sugerí al presidente brasileño Lula Da Silva, que exigiera al gobierno de Estados Unidos suspender los cuantiosos subsidios asignados al maíz y otros granos destinados a la producción de etanol a partir de los alimentos. Pero eso no es lo que se propone; por el contrario: exportar etanol norteamericano en competencia con Brasil. Sólo él y sus asesores lo sabrán, porque el etanol de maíz no puede competir jamás en costos con el de Brasil a partir de la caña de azúcar como materia prima mediante esfuerzos muy duros de sus trabajadores, que en todo caso mejorarían su suerte sin las barreras arancelarias y los subsidios de Estados Unidos.
Hay otras muchas naciones de Latinoamérica a las que el gobierno de Estados Unidos embarcó por el camino de la producción de etanol de caña. ¿Qué harían con las nuevas decisiones que emanen del Norte?
Parecen los sueños de un náufrago en medio de la tempestad.
En todo su libro, de obligada referencia en mis Reflexiones, afirma era fuerte en Historia. No aparece una sola referencia a un pensador político, ni siquiera a uno solo de los que inspiraron la Declaración de Independencia de las 13 Colonias el 4 de julio de 1776, que dentro de 4 meses y 23 días cumplirá 232 años.
Hace más de 2.400 años Sócrates, reconocido sabio ateniense, famoso por su método y mártir de sus ideas, consciente de las limitaciones humanas, expresó: «Sólo sé que no sé nada.» Hoy, McCain, el candidato republicano, exclama ante sus conciudadanos: «Sólo sé que lo sé todo».
Contin
uaré.
Fecha: 11 de febrero de 2008.
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