Verano/caliente

Lento mar, hondo mar

Nada podía ser tan sencillo como desvestirse para ponerse el traje de baño. No obstante, la beatitud y la inocencia de su cuerpo desnudo rechazaban hasta la mirada de Esteban. Mariana le pidió casi con miedo que no se acercara al advertir que él avanzaba hacia ella una vez que se hubo desprendiendo de la ropa. Esteban obedeció.

–Es mejor así, ¿no crees? Vamos primero a la playa –dijo Mariana.

Mariana llevaba una gran bolsa en la que habían puesto todo lo que los dos pensaron que podrían necesitar y Esteban dos toallas.

Traía puesto un bikini rojo oscuro con puntos blancos y Esteban le pasó el brazo por la cintura. Ella se apoyó contra el cuerpo de él. Todo era fácil porque lo hacían juntos y los dos se sentían muy contentos.

Dejaron atrás el hotel y sus bungalows y los pequeños grupo familiares de bañistas y caminaron sobre la arena caliente hasta el último extremo de la bahía donde se levantaban las rocas del acantilado. Ella se sentó sobre su to-alla con las piernas encogidas y las rodillas en alto y empezó a untarse crema en las piernas.

Esteban le desabrochó el sostén por detrás y Mariana lo sostuvo por delante con sus brazos para no quedarse con los pechos desnudos. Muy lentamente, Esteban extendió la crema en la espalda de ella. Al final le dio un ligero beso en el cuello.

Esteban pensó que había algo mítico e intemporal en la figura de esa muchacha tendida al sol que era Mariana y en ese momento era también todas las muchachas que alguna vez estuvieran tendidas al sol.

Entonces, ella levantó la cabeza y lo llamó:

–Tengo calor. ¿Nos metemos al agua?

Se abrochó una vez más el sostén del traje de baño y se puso de pie. Al tomarle la mano y levantarse, Esteban la estrechó contra sí. Mariana le pasó los brazos al cuello y se besaron en la boca por primera vez desde que llegaron al hotel. Allí, en la playa, al aire libre, bajo la sombra que proyectaban las rocas, aunque Esteban podía sentir el cuerpo caliente de Mariana contra el suyo y todas las sensaciones anteriores se concentraron en un deseo único, el deseo antiguo e imperecedero.

Las piernas de Marina se enredaban en las suyas y sus brazos estaban alrededor de su cuello cuando Esteban la sujetaba por la cintura mientras la corriente los movía de un lado a otro y ellos se besaban en las caras mojadas. Luego, al salir, Mariana volvió a tenderse boca abajo para seguir tomando el sol. Esteban se quedó sentado a su lado y su mano recorrió incansable la espalda y el pelo de ella hasta que la hizo volverse para acostársele encima y volver a besarla.

Las caricias y el sol habían secado por completo su piel.

Se quedaron todavía un largo tiempo en ese lugar, entrando y saliendo del mar, secándose brevemente al sol y acogiéndose a la sombra mientras la ligereza de sus cuerpos tan evidente al principio que los hacía sentir casi ingrávidos se convertía poco a poco en un lento y voluptuoso sopor llegado de afuera desde el que, sin haber disminuido, la sensualidad que le despertaba la cercanía de Mariana a Esteban

Estaban allí simplemente y los cuerpos que lo limitaban les permitían también acercarse uno al otro, sentirse uno al otro, en ese deseo impersonal y perfectamente reconocible que para Esteban se centraba inesperadamente en cualquier parte del cuerpo de Mariana, mientras e-lla se limitaba a dejarse desear, como, con toda seguridad, lo había hecho siempre, pensó de pronto, con una súbita claridad, Esteban.

–¿Va a ser siempre así? –le preguntó Mariana.

Ella lo miró fijamente.

–No lo sé. Yo tampoco lo sé. Es verdad. Te lo aseguro –contestó.

Mientras caminaban por la orilla del mar, Mariana se desabrochó los tirantes del sostén que rodeaban su cuello y al caer estos dejaron ver dos rayas blancas en su piel ligeramente enrojecida. Más abajo estaban sus pechos, que Esteban podía entrever de vez en cuando, blancos también. Pero no se tocaron.

Ante la puerta del bungalow, bajo el portal, mientras buscaba la llave del cuarto en la bolsa, Esteban descubrió un brillo malicioso en los ojos amarillos y cafés de Mariana bajo el firme trazo de sus cejas. Al cerrar la puerta tras de sí la sombra era inesperadamente acogedora en el interior de la habitación.

Se acercó a ella y le quitó el sostén y luego el calzón de baño. Mariana se apartó muy despacio y se acostó sobre una de las camas, boca arriba, con los brazos extendidos a lo largo del cuerpo y las piernas apenas entreabiertas.

Al mismo tiempo que su cuerpo se tendía sobre Mariana, Esteban entró a ella. Todo ocurrió muy lentamente, sin ninguna medida y fuera del mero transcurrir. Esteban estaba en Mariana, dentro de Mariana, y ella lo recibía como una parte imprescindible de sí misma. No podían saberlo porque eran incapaces de tratar de averiguarlo, pero en ese momento todo su pasado, toda su historia, se borraban y no eran Esteban y Mariana, eran el amor, e instrumento del amor. Fueron siguiéndose uno al otro, Esteban dentro de Mariana y Mariana alrededor de él y el cuerpo de Mariana bajo Esteban y el de Esteban encima de ella. Las manos de él rodeaban la cara de ella. Sus bocas se encontraban. Los brazos de ella estrechaban la espalda de él mientras sus manos la recorrían suavemente de arriba abajo. Y en algún lugar, distante e inmediato, los movimientos de sus cuerpos se encontraban o el de alguno cesaba de pronto en la espera del otro, mientras Mariana se quejaba cada vez con mayor frecuencia. De pronto dijo claramente: «No. Todavía no. Espera»; pero entonces los quejidos y murmullos se confundieron sin poder cesar y encontraron un ritmo dentro de una ausencia absoluta de ritmo hasta que Mariana dio un largo grito mientras Esteban le besaba toda la cara y los dedos de ella se aferraban a su espalda como si necesitaran encontrar el punto de apoyo donde se hallara el término de una caída sin fin en la que Esteban había desaparecido también perdiéndose en la oscuridad de su propio placer. Ninguno de los dos dijo nada luego, ni tampoco se movió. El se quedó sobre ella y dentro de ella. Así estaban, dormidos, uno en el otro, confundiendo el sudor de sus cuerpos, cuando una de las sirvientas del hotel llamó a la puerta del bungalow para preguntarles si no iban a ir a cenar.

 

(*) Juan García Ponce (1932),  escritor mexicano. Premio Nacional de Literatura 1990. Fragmento de su obra «Crónica de la intervención».

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