Deporte, cultura y sol. Varias actividades en uno de los puntos más concurridos de nuestra capital

Pocitos ayer y hoy: el verano en Montevideo

Dicen en el viejo barrio Pocitos, que si uno mira con atención el agua, siempre verá las mismas olas, de la misma forma y color.

 

Vientos de noche

Los altos edificios que acarician el sol todo el año. Los vientos frescos de la noche que hamacan a los enamorados, y algunas gaviotas que espían desde el Buceo y su puerto, contagian a todo aquel que sepa ser montevideano, hasta cuando pasa en algún ómnibus resignado para ir al trabajo. Algunos vecinos llegaron para nunca irse de aquel lugar de arenas blancas. Ese fue el reducto de los lavanderos italianos que con el nacimiento de nuestro Estado constitucional (en 1830), llegaron a las orillas del Río de la Plata, allí donde moría el siempre cristalino Arroyo de los Pocitos (hoy calle Buxareo). Claro que el agua de aquel Arroyo Pocitos, denominado así por las excavaciones que las negras lavanderas hacían para poder lavar las telas, de a poco empezó a sufrir la acción del hombre.

Ya aproximado el siglo XX, Pocitos comenzó a tomar otro encanto. Los baldíos inmensos que atravesaban casi de punta a punta el barrio, fueron lentamente poblados por tamberos. Asimismo las calles empedradas comenzaron a vestirse de veraneantes de alto nivel. El Hotel de los Pocitos (Massini y la Rambla) una estructura de madera de la cual sobresalía un balcón hacia el agua y que tuvo que ser demolido por la acción del desgaste de los vientos, fue una de las principales vedette del barrio balneario, hasta la década de 1920.

 

Mitos y leyendas

Con sus mitos y leyendas, Pocitos cuenta la historia del café de los poetas, las noches de las barras, y las damas de capelina. ¿Quién puede pedir algo mejor que Pocitos?, reclama David (27) que desde que nació vive allí y no hace otra cosa por estos días que estar en su playa vecina.

En pleno centro, en la Plaza Independencia, cinco ómnibus acomodaban a los turistas. Canadienses ellos, escapados del frío norte, una de sus primeras pausas de reconocimiento de nuestra ciudad fue Pocitos.

«Los llevamos antenoche a Kibón para que vieran lo mejor de nuestro mar, y quedaron encantados», dijo Beatriz una de las guías. Pocitos no deja de ser uno de los lugares más poblados de nuestra ciudad, con sus olas siempre iguales, su historia íntima y nuestra, su playa amplia, su rambla hermosa. Comenzó a cambiar su color en los últimos años, y los bares y parrilladas comenzaron a llenar el aire de suaves aromas. Algunos viejos vecinos extrañan el viejo Pocitos, de caballeros con sombrero y casas bajas. Tanto extrañan aquellos tiempos, que algunos se animan a afirmar que aún suena el tranvía 62, desfilando por Chucarro.

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