Sexo oral
Palabras sucias, palabras indecentes, malas palabras… ¿Por qué cuesta tanto a veces pronunciar esas palabras que abundan en la mente durante la excitación sexual? ¿Por qué nuestra pareja se pierde tantas veces la oportunidad de escucharlas y hasta de saber que ella nos provoca concebirlas?
Lo más fácil sería atribuir esa autocensura a «inhibiciones culturales» adquiridas desde nuestra formación inicial, cuando hasta decir «pichí» era mal visto. Aún hoy, pleno año octavo después del supersónico 2000, decir «condón» no es completamente gratis para muchos.
A su tiempo llegamos a mayores y, puestos a practicar ese prodigio natural llamado ¿cómo decirle?, ¿sexo?, pasamos por momentos donde ciertas palabras, que tampoco son muchas, representan como ningunas la exaltación erótica que nos invade, pero ahí quedan trancadas, a merced de una improbable telepatía.
No solamente ocurre así con las palabras, lo mismo pasa con los sonidos del placer, ciertos gemidos, ciertos jadeos, ciertos suspiros, solemos ponerles el coto, la medida, que siempre está muy por debajo de lo que nuestro deseo e imaginación revelarían.
Parece que el vocabulario se lo tragara la tierra, o lo absorvieran las sábanas.
Las palabras románticas, por suerte, no sufren de tales restricciones. ¿Será por ello que, paradójicamente, también las escatimamos tanto?
En el terreno de lo ideal, la combinación perfecta es una dosis, muchas dosis, de mezcla a partes iguales, palabras amorosas a su turno y palabras «pornográficas» en el suyo.
Los hay que prefieren, o se han acostumbrado así, al sexo en silencio. Está muy bien. Pero, ¿estamos seguros de que el oído de nuestra pareja piensa lo mismo? ¿No será que adoraría escuchar las mismas palabras que su boca calla?
El arco entre los extremos va desde el amor mudo hasta la verborragia más cruda. Quizá por el término medio, o un poco más acá de la desvergüenza y más lejitos de los escrúpulos, esté el punto de caramelo.
Madison – [email protected]
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