"Hacer el amor", ¿una cursilada?
No había sangrado nada. Nada. Aquello sí era terrible. Había pasado algo importantísimo, decisivo, algo que no se volvería a repetir jamás, y mi cuerpo no se había dignado conmemorarlo con un par de gotas de sangre, un mínimo gesto dramático. Me había defraudado mi propio cuerpo. Yo había imaginado algo más truculento, más acorde con la vertiente patética de la cuestión, toda una hemorragia, un desmayo, algo, y solamente había tenido un orgasmo, un orgasmo largo y distinto, incluso, de algún modo doloroso, pero un orgasmo más al fin y al cabo.
El se reía, se estaba riendo de mí otra vez, así que escondí la cara contra su hombro y renuncié a contarle lo que pensaba. Alargó la mano hacia el suelo y recogió un paquete de tabaco.
¿Un cigarrito de película francesa? su voz era risueña todavía.
¿Por qué dices eso?
No sé…, en las pelis francesas siempre fuman después de follar.
¿Y por qué dices siempre «fo- llar», en vez de «hacer el amor», como todo el mundo?
Ah, ¿y quién te ha dicho a ti que todo el mundo dice «hacer el amor»? Decir «hacer el amor» es un galicismo y una cursilada había adoptado un tono casi pedagógico, y además, aún siendo una expresión de origen extranjero, en castellano «hacer el amor» ha significado siempre cortejar, no follar. «Follar» suena fuerte, suena bien, y además tiene un cierto valor onomatopéyico, se parece mucho a fuelle… Finalmente, el sexo, es decir, follar, follar a secas, es algo que no está, necesariamente, relacionado con el amor, de hecho son dos cosas completamente distintas…
El había escondido la cara en mi cuello, me cubría los pechos con las manos y respiraba profundamente. Yo era feliz.
Se separó de mí y le oí caminar por la habitación. Cuando intenté moverme advertí que me dolía todo. Me volví trabajosamente porque algo parecido a unas punzadas espantosas, me paralizaban de cintura para abajo.
El me ayudó a levantarme. Cuando le rodeé el cuello con los brazos para besarle, me levantó por la cintura, me encajó las piernas alrededor de su cuerpo y comenzó a andar conmigo en brazos, sin hablar.
Salimos al pasillo, que era largo y oscuro, un clásico pasi- llo de casa vieja, con puertas a un lado. La última estaba entornada. Entramos, se las arregló para encender la luz de alguna manera, y me depositó en el borde de una cama grande. Me quitó la falda y las medias, sonriéndome. Luego apartó la colcha y me empujó dentro. Se despojó de su camisa, lo único que llevaba puesto, y se deslizó conmigo debajo de las sábanas.
Entonces comenzó la clase teórica, la primera.
Habló y habló en solitario, durante mucho tiempo. Yo apenas me atrevía a interrumpirle, pero me esforzaba por retener cada una de sus palabras, por retenerle a él, en mi cabeza, mientras hablaba del amor, de la poesía, de la vida y de la muerte, de la ideología, del Partido, del sexo, de la edad, del placer, del dolor, de la soledad.
Después apagó el último cigarrillo, se quedó mirándome de una forma extraña, especialmente intensa, sonrió, como si quisiera borrar de su rostro la expresión anterior y me dijo algo así como » bah, no me hagas ni caso».
Apartó la sábana y comenzó a recorrer mi cuerpo con una mano. Yo miraba su mano y le miraba a él, y le encontraba hermoso, demasiado hermoso, demasiado grande y sabio para mí. Le habría acariciado, le habría besado y mordido, le habría arañado, no sé por qué, sentía que debía hacerle daño, atacarle, destruirle, pero tenía miedo de tocarle.
Me penetró otra vez, de una forma muy distinta, suavemente, lentamente, encima de mí, moviéndose con cuidado, como si quisiera evitar hacerme daño.
Fue un polvo extraño, dulce, casi conyugal, casi.
Me pedía constantemente que abriera los ojos y que le mirara, pero yo no podía hacerlo, sobre todo cuando mi sexo comenzaba a hincharse, a engordar ostentosamente, y me imponía la estúpida obligación de estar a solas, sola con él, para poder advertir plenamente su grotesca metamorfosis. De todas manera lo intentaba, intentaba mirarle, y abría los ojos, y le encontraba allí, la cara colgando sobre la mía, la boca entreabierta, y veía mi cuerpo, mis pezones erguidos, largos, y mi vientre que temblaba, y el suyo, como se ocultaba y reaparecía constantemente más allá de mis pocos pelos supervivientes, pero el mero hecho de ver, de mirar lo que estaba sucediendo, aceleraba las exigencias de mi sexo, que me obligaba otra vez a cerrar los ojos, y entonces volvía a escuchar su voz, «mírame», y si me obstinaba en mi soledad, notaba también sus acometidas, mucho más violentas de repente, nuevamente hirientes, por no abrir los ojos, dejaba caer sobre mí todo el peso de su cuerpo, resucitando el dolor, moviéndose deprisa, y bruscamente, hasta que le obedecía y abría los ojos, y todo volvía a ser húmedo, fluido, y mi sexo respondía, se abría y se cerraba, se deshacía, yo me deshacía, me iba, sentía que me iba, y dejaba caer los párpados inconscientemente, para volver a empezar.
Hasta que una vez me permitió mantener los ojos cerrados y me corrí, mis piernas se hicieron infinitas, mi cabeza se volvió pesada, me escuché a mí misma, lejana, pronunciar palabras inconexas que no sería después capaz de recordar, y todo mi cuerpo se redujo a un nervio, un solo nervio tenso pero flexible, como una cuerda de guitarra, que me atravesaba desde la nuca hasta el vientre, un nervio que temblaba y se retorcía, absorbiéndolo todo en sí mismo (….)
La primera clase teórica había sido todo un éxito.
Después me di la vuelta, tenía sueño. El me arropó, se tendió del mismo lado que yo, me abrazó, respirando contra mi cabeza y me dio las buenas noches, a pesar de que estaba amaneciendo ya.
Me dormí con un sueño placentero y pesado, como el que me vencía después de pasar un día en el monte.
No recuerdo nada más en especial.
(*) Almudena Grandes (1960), laureada escritora española. Fragmento de «Las edades de Lulú».
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