Tiene la palabra
¿Con quién dejamos nuestros hijos cuando vamos a trabajar?
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
Sr. Presidente de nuestro país,
Dr. Tabaré Vázquez
La cifra de mujeres uruguayas que están solas, con hijos pequeños que debemos salir a trabajar una jornada completa, es cada vez mayor.
Este artículo intenta plantear la realidad que padecemos muchas madres con respecto a este tema, que no es menor, que es la intranquilidad con que vamos a trabajar, debido a que no siempre el sistema de cuidado de nuestros niños en nuestra ausencia es el que consideramos más apropiado.
La realidad es, que muchas de nosotras nos vemos en la necesidad de salir a trabajar una jornada completa, sobre todo si queremos que nuestros hijos tengan una buena educación y calidad de vida, y recurrimos a «madres sustitutas» que quedan a cargo de nuestra casa y niños y es muy difícil encontrar a alguien que nos inspire la suficiente confianza como para salir a trabajar con tranquilidad.
¿Con quién estamos dejando a nuestros hijos? ¿Tenemos respaldo social, político e institucional en este país respecto sistema de cuidado de nuestros niños en nuestra ausencia?
Muy atrás va quedando la época de nuestras abuelas y madres que eran amas de casa, mientras que el padre salía a trabajar y los niños eran criados con la seguridad de estar junto a sus seres queridos, familiares directos rodeados de afecto y con criterios de crianza acorde a sus padres.
Hoy, con la importancia que se le ha dado a nivel mundial a los derechos de la mujer, el rol de madre queda a la par de su realización personal, laboral, profesional. Y también porque la situación económica del país, por el desarrollo social donde el índice de divorcios sigue en aumento, se está dando mucho más el fenómeno de madres solas, trabajadoras que están ausentes del hogar casi todo el día para pagar el sustento propio y de los hijos. (Por supuesto, hay diversas excepciones y también se sabe que en general los padres pasan una pensión alimenticia que también ayuda).
Y ahí surgen nuestros conflictos internos inevitables, muchos muy tratados tales como la culpa de dedicar poco tiempo a nuestros pequeños, y también se habla de la calidad y no la cantidad de dicho tiempo, pero no ese no es el punto a resaltar en este artículo. El conflicto interno que subyace en muchas de nosotras pero que muy poco de él se habla, es el estrés que nos genera la incertidumbre de que si realmente esa persona contratada que está inmersa en nuestra intimidad, sola en nuestra casa con nuestros hijos, es confiable o no. Más allá de las referencias o recomendaciones que tenga, esa incertidumbre, en muchas de nosotras, subyace.
Hay mucha campaña de respaldo frente a la violencia doméstica, al abuso infantil, se sacan leyes que amparan al personal doméstico y vigilan al empleador, pero es muy poca la atención dedicada a los riesgos y consecuencias en que se ven envueltas las familias debido a las pocas garantías legales y sociales que se tienen a la hora de contratar una empleada doméstica.
Nadie habla de las repercusiones sicológicas y el fuerte impacto que se produce en el seno familiar cuando muchas veces ocurre que se contrata una empleada doméstica que, equivocadamente pensamos que tiene buenos valores. ¿A quién no le ha pasado? Nadie se ha detenido a pensar que las consecuencias de contratar a una persona equivocada son muy trascendentes, afectan directamente toda la vida cotidiana de una familia, y convirtiéndose a veces en un factor también, porqué no decirlo, de violencia doméstica.
Se tienen muchos preconceptos acerca de violencia doméstica, con el típico caso de padres que golpean y maltratan a la mujer y/o hijos. Es sabido que violencia doméstica abarca mucho más que eso.
Hablo sólo en representación mía, con mi humilde opinión basada en mi propia experiencia y sentir.
Muchas veces en la desesperación de «quién se queda con los niños mientras trabajamos», recurrimos a avisos o a personas que nos vienen a través de conocidos de conocidos. Le entregamos las llaves de la casa, dejamos a su cuidado nuestros hijos y salimos volando a trabajar. Dejamos expuesta toda la intimidad del hogar y lo más sagrado de nuestras vidas, nuestros hijos.
Hoy quiero abogar por esas tantas mujeres que, como yo, hemos sufrido las consecuencias de esta realidad.
¿Cuántas veces pasamos por la frustración de darnos cuenta de que nos faltan objetos, de mucho o poco valor, ya sea subjetivo o monetario tanto para nosotras como para nuestros hijos?
¿Cuántas veces dejamos a nuestros niños o bebés a merced de la buena voluntad de una empleada que, en definitiva no conocemos a fondo? Los puede tratar bien o no, y no podemos enterar o no, el menos no, hasta que el niño sepa hablar y nos cuente (si lo hace). ¿Cuántas veces hemos visto y oído del maltrato infantil por parte de las domésticas?
Volviendo al caso, recordemos aquél video que televisaron donde la niñera les pegaba a dos bebés de una familia brasilera, uno de dos años y otro de seis meses. Los padres tuvieron la suerte de poder filmar y comprobar sus sospechas. Se me eriza la piel al recordarlo.
Pero no necesitamos ir tan lejos:
Mi madre perdió un hijo porque una empleada, que fue despedida, la agredió fuertemente en la calle en presencia de mis hermanos y mía cuando éramos niños, y le provocó un aborto espontáneo.
A su vez, a mí otra me hizo un robo importante cuando estaba a punto de mudarme; se trajo su propio camión de mudanza y se llevó a hurtadillas muchísimos objetos de valor, entre ellos los mejores y más caros juguetes de mis hijos. Que se lleven cosas de los niños duele mucho más de que se lleven lo de una. Por supuesto que hice la denuncia y recuperé parte de lo robado. Pero el feo momento para todos, se pasa igual. La misma persona, luego me vine a enterar por mis hijas de 5 años, que fumaba cigarros armados («en hojitas, mamá») en mi comedor, diciéndoles que eso no hacía mal. En el mejor de los casos, las estaba intoxicando con humo de tabaco.
Tiempo atrás, otra dejaba a mi bebé llorando todo el día en el corral, o lo amarraba a la silla de comer frente a la tele, y eso ocurrió durante meses hasta que los vecinos del apartamento de al lado me avisaron.
Otro episodio duro fue el de mi prima, que tenía una que no le daba de comer al bebé para no pasar trabajo. Cuando mi prima llegaba de trabajar se sorprendía de lo famélico que estaba su hijo y pasó un tiempo hasta que se dio cuenta.
También mi vecina tenía una empleada que dejaba a sus niñas pequeñas encerradas en el baño.
Siguiendo con otros casos, una amiga de Lagomar mandaba a su hijo a una guardería que luego cerraron porque se descubrió que empleaba tranquilizantes para los niños.
¿Cuántas madres-trabajadoras hemos sufrido cosas similares a éstas en mayor o menos grado de gravedad?
Haber pasado o estar pasando estas situaciones estresantes y de miedo a represalias frente a tratar de poner límites o un despido, produce un desgaste psicológico muy grande, tanto para la madre como para los niños y me pregunto en qué ámbito encaja atender esta problemática social cada vez mayor.
Son muy pocas las mujeres que tienen la suerte de tener algún familiar o persona de su confianza para el cuidado de sus niños y somos cada vez más las que padecemos esta inseguridad y factor importante de estrés.
No es saludable para el desarrollo psico-social de una familia estar a disgusto con quien cuida a los niños, ni tampoco ver pasar un desfile de personas desconocidas por su casa con tal fin.
También tiene importantes consecuencias en el desarrollo de nuestra sociedad, ya que nos ocupa parte de nuestra mente tratar de encontrar soluciones y nos afecta en el rendimiento en el trabajo y en toda la vida misma, ya que no estamos viviendo con tranquilidad y también afecta a nuestros hijos. Creo que esta realidad m
erece ser tan atendible y porqué no incluíble tangencialmente en la violencia doméstica, los derechos del niño y los de la mujer-madre-trabajadora.
En verdad, nadie se ha ocupado seriamente del tema y una madre que vive sola con sus hijos tiene derecho de salir a trabajar tranquila, sabiendo que existen reglas y leyes que la respaldan respecto al sistema de cuidado de los niños.
Integremos esta realidad a nuestra sociedad y hagámonos cargo de ella.
Sabemos que, esto no ha sido totalmente indiferente y se han tratado de encontrar soluciones puntuales como guarderías en algunos lugares de trabajo y cada vez más colegios con doble horario.
Pero en verdad, este problema subsiste, ya sea porque nuestros hijos no encajan en el rango de edades aceptadas por dichas guarderías, o porque el doble horario no cubre todo el tiempo de ausencia de los padres.
Tengo la esperanza de que con esta punta de hilo de madeja que dejo planteada, se intente buscar soluciones que ampare y brinde seguridad a través de la legislación y del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, a la mujer sola, trabajadora y madre, que no tiene con quién dejar a sus hijos a la hora de ir a trabajar.
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