Cuotas, no
Ruedita entró al boliche, excitadísimo, como un viento del norte llegado en ancas del diablo: Vo’ Chiquito… Vengo e’ nombre de los chochamu’ del rioba…
¿Y…? preguntó el patrón, frunciendo el ceño y dejando de rellenar con agua la damajuana de clarete.
¿Cómo qué? se enloqueció Ruedita. ¡Quieren quedarse en el rioba! Te piden, con humilda’, que le’ reserve’ una mesa pa’ juga’ al ajedré’… ¡A lo’ jóvene’ le’ falta un lugar!
-¡No! el Chiquito Otegui hizo caer tres vasos del mostrador. ¡Cuotas, no! Después me empiezan a hacer fila las minas, los jubilados, los de la mutual de panaderos… ¡No! Hay que ganarse los lugares trabajando…
¡Pero si no lo’ dejá entra’…! protestó Ruedita.
Mirá que no te conviene cerrarte… advirtió Epifanio, que por lo menos creía en la renovación del clarete.
¿Por…? quiso saber el Chiquito.
Cambio, sangre nueva, macho… apuntó el Negro Collazo. Este boliche de mierda está viejazo. Y los chochamus se te siguen yendo, hermano. Agarran pa’ los boliches de Raigón o Mal Abrigo… ¡Es un óxido!
Exodo, desempleado mental corrigió Epifanio.
¿Y qué mierda les dan ahí? preguntó Otegui.
Por lo meno’ una mesita pa’ reunirse y labura’… dijo Ruedita.
Te pueden tirar algún proyecto pa’ levantar esta porquería apuntó el Facha Ruiz, que recién entraba pero venía con los oídos sin cerilla.
¡Que laburen afuera, que hagan los proyectos, los presenten y después yo veo qué hago! ¡Si me gané esto a pulmón! ¿Se quieren seguir yendo? ¡Que se vayan a la mierda! gritó el Chiquito, pretendiendo cerrar la discusión.
Los demás lo miraron. Esa mirada fue una mezcla de calentura, incomprensión y una extraña piedad alcohólica.
Al final, habló Ruedita, quien, luego de haber asumido la representación de los jóvenes que querían un sitio para una mayor participación en el boliche, había quedado quebrado:
¿Sabé qué, Chiquito?
¿Qué?
Cada día te parecé’ ma’ al Barbaria…
-Baráibar, será… corrigió el Facha.
-Se’gual…
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