Locura
Se adjudica a Rabelais la invención del humor más insólito, absurdo y desmelenado y su uso esencial en la novela moderna.
«Madame Grandgousier, que estaba preñada repite Milan Kundera el comienzo de «Pantagruel»- se dio tal hartazgo de callos que hubo que administrarle un astringente; éste fue tan fuerte que los lóbulos de la placenta se aflojaron, el feto de Gargantúa se deslizó dentro de una vena, subió por ella y salió por la oreja de su madre». Está claro: lo que dice el libro no es serio, no afirma verdades y lejos está de comprometerse a describir los hechos tal como son en realidad. Y añade Kundera: «Todo está ahí, lo verosímil y lo inverosímil, la alegoría, la sátira (…) es el universo heteróclito de los primeros novelistas y de la alegre libertad con que lo habitan».
¡Incomparable, genial expresión del absurdo absoluto que hace reír y que ha vencido a los tiempos!
¿Incomparable? ¿Que ha vencido a los tiempos?
Ah, hasta ayer, nomás.
Porque vea, lector y aunque ya no hablemos de libros, sino de conductas-, esos locos de la guerra asentados carnavalescamente sobre el puente que une Gualeguaychú y Fray Bentos han sido capaces de avergonzar a Rabelais: crearon, en ancas del capricho y la estupidez, una suerte de imperio totalitario y despótico caracterizado por uno de los desequilibrios mentales más grandes y estrafalarios de los que tenga memoria la psiquiatría universal: ¡cobran peaje, entregan tarjetas prolijamente plastificadas para permitir el paso y revisan bolsos y vehículos!
Mientras ello ocurre, el gobierno argentino, ignorando con olímpico cinismo ese territorio autónomo que le ha brotado en su propio vientre y que puede escapársele por la oreja, como el feto de Gargantúa- no ha hallado mejor respuesta que reiterar reclamos contra Uruguay en La Haya.
-Tamo’ todo’ loco’ dijo Ruedita, pidiendo la penúltima.
-¡Pagá o no te sirvo! cortó el Chiquito, devenido piquetero o personaje de Rabelais, qué sé yo.
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