El infierno de los delfines

MÉXICO, feb (Tierramérica) México es uno de los pocos países de América Latina que permite operar delfinarios, centros recreativos con altas ganancias y dondåe los cetáceos viven un tormento, según investigaciones.

En Brasil y Chile están prohibidos, en Argentina hay dos sitios y nueve ejemplares y en Venezuela uno con apenas cuatro.

Los 20 delfinarios de México, que presentan cetáceos en actos circenses o los ponen a nadar con personas que persiguen beneficios curativos o simple diversión, son el ejemplo de un negocio que no debería existir en ninguna parte, dijo a Tierramérica Yolanda Alaniz, unas de las autoras del libro «Delfinarios», producto de siete años de investigación.

Más de la mitad de los delfines encerrados en estanques mexicanos desde los años 70 murieron tempranamente por neumonía, estrés, problemas gástricos y traumatismos producidos por golpes, afirmó Alaniz.

Los delfines (Delphinidae) son animales de alta inteligencia que, en libertad, construyen complejas redes sociales. En cautiverio, la mayoría de sus conductas instintivas son reprimidas, se los obliga a interactuar con humanos y se anula sus capacidades para nadar grandes distancias y capturar, en manada, peces vivos.

Chile emitió una normativa en 2005 que «prohíbe la captura, internación al país y encierro permanente o temporal de toda clase de cetáceos para exhibición pública u otros fines asociados a su utilización por parte del hombre, cualquiera sean las características de las instalaciones en que se pretendan mantener».

En los últimos 12 años se presentaron al menos 11 proyectos para construir delfinarios en ciudades chilenas, tanto con fines recreativos como terapéuticos. Todos fueron rechazados.

Hoy Chile «tiene una postura vanguardista en la región, es un ejemplo a seguir en materia de conservación de cetáceos», dijo a Tierramérica Elsa Carrera, directora del no gubernamental Centro de Conservación Cetácea.

Brasil tampoco permite los delfinarios, aunque sí lugares destinados a cuidar a esa especie de forma temporal.

En ese país, los problemas con los delfines se refieren más a su captura accidental o intencional en alta mar. Esa práctica está prohibida, igual que en la mayoría de países de América Latina, incluido México, donde existe la mayor cantidad de delfinarios de la región.

En 2007 se difundieron imágenes de unos 80 delfines muertos en una embarcación en el litoral del norteño estado de Amapá, que motivó el rechazo de ambientalistas y de la población.

El oceanógrafo José Martins da Silva Júnior, declaró a Tierramérica que, pese a las prohibiciones, persiste la captura de delfines, a los que se extrae ojos y genitales para venderlos como amuletos que prometen atraer dinero y mujeres.

En Argentina, por unos 14 dólares se puede ingresar a los únicos dos delfinarios u oceanarios, como se los conoce en ese país, ubicados en la oriental provincia de Buenos Aires y donde nueve delfines ofrecen el típico show circense.

Alejandro Arias, del Programa Marino de la Fundación Vida Silvestre, indicó a Tierramérica que «la regulación de los oceanarios en Argentina es mejor que en otros países».

«Los delfines reciben un trato adecuado, (aunque) más que por principios, por causas comerciales. Es demasiado caro comprar y mantener un delfín como para que lo dejen morir o lo maltraten», apuntó, tras señalar que en ese país adquirir un ejemplar llega a costar 20 mil dólares.

Venezuela es otro país que permite los delfinarios, aunque también veta la captura en alta mar. Pero hay apenas cuatro ejemplares como parte de las diversiones del centro Diverland, en la turística Isla de Margarita, en el mar Caribe.

Estos cetáceos son utilizados para breves shows nocturnos, paseos de nado con visitantes por unos 70 dólares y terapias para niños autistas, con síndrome de Down y otros desórdenes, explicó a Tierramérica su entrenador, Edwin Castillo.

Con amplia documentación, seguimientos de casos y opiniones de expertos de varios países, el libro «Delfinarios» pone en duda la supuesta eficacia de las terapias con delfines, pues no existen estudios rigurosos sobre sus efectos. Al parecer, el contacto con cualquier animal domesticado en un medio ajeno al habitual del paciente causa algún beneficio.

Hay diversas investigaciones que indican que el delfín secreta grandes cantidades de sustancias relacionadas al nerviosismo y estrés cuando interactúa con humanos.

Incluso y pese a que se le somete a actos condicionados dándole o no alimentos, hay muchos casos reportados de agresiones de estos animales contra humanos en delfinarios y sitios similares.

Alaniz, médica que realizó la investigación junto a la experta en bioética Laura Rojas, sostiene que en los delfinarios hay un «maltrato crónico en todos los sentidos», pero que siguen operando con irregularidades por la corrupción de autoridades.

Oficialmente se indica que hay unos 270 delfines en cautiverio en México. De 1997 a 2005 murieron 48. Pero las autoras del libro afirman que tales números están subestimados, pues los responsables de esos centros ocultan información.

Aún así y con reportes oficiales o de los mismos negocios, se concluyó que las enfermedades respiratorias son la principal causa de muerte de los delfines en cautiverio en México, seguida por motivos relacionados con su mal manejo, como traumatismos craneoencefálicos, obstrucción intestinal por ingestión de cuerpos extraños y asfixia.

La ley mexicana permite capturar delfines sólo con fines científicos, pero también acepta que se den espectáculos itinerantes y fijos. Hasta 2001, cuando se reguló el funcionamiento de los delfinarios, esos negocios habían crecido sin ninguna normativa.

Los delfinarios ya no pueden operar en este país con ejemplares capturados o importados del Caribe o Japón, como sucedió hasta los años 90, sino sólo con los que nacen en cautiverio. Además, deben cuidar el trato a los ejemplares.

Alaniz y Rojas denuncian que estos lugares no están diseñados para albergar a delfines «en condiciones mínimas de bienestar», sino para «dar comodidad a los usuarios y a las personas encargadas de su cuidado». Los delfinarios no deberían existir, insistieron.

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