Confianza
Ante su ausencia es cubierto por Constanza Moreira como homenaje a su memoria y aporte al colectivo.
Hace más de cincuenta años, un norteamericano llamado Edward Banfield postuló una famosa tesis según la cual la confianza que se tienen las personas entre sí es determinante para que una comunidad pueda conseguir un cierto grado de desarrollo. Si las personas no confían unas en las otras, una comunidad permanecerá pobre, miserable, y no conseguirá valerse por sí misma.
Munido con esta hipótesis, Edward Banfield se fue a estudiar las comunidades del sur de Italia. Su idea era investigar por qué las comunidades del sur de Italia eran más pobres que las del norte italiano, más rico, más próspero, y sin duda, mucho más desarrollado. Y se dedicó a testear su hipótesis.
Después de muchos meses de estudio, y de realizar innumerables entrevistas a personas y autoridades locales, Banfield postuló su famosa tesis sobre el «familismo amoral». Al parecer, en las comunidades del sur de Italia, la confianza se limitaba al entorno familiar más estricto. Los integrantes de una familia confiaban unos en los otros, pero no confiaban en otras familias. Esto las hacía incapaces de realizar emprendimientos conjuntos, ya que la falta de confianza les impedía emprender actividades cooperativas con los otros. A su vez, esto tenía impactos económicos, porque cada familia sólo mantenía una pequeña propiedad familiar (rural) y era incapaz de aumentarla, diversificar su producción, o tecnificarse. Esto suponía «confiar» en los otros. Asimismo, la confianza en otras cosas, más abstractas, como las instituciones (el Estado, los políticos, la municipalidad) era mucho menor aún. En suma, salvo del prójimo más prójimo, los habitantes de estas comunidades desconfiaban de todo.
La expresión «familismo amoral» acuñada por Banfield designa un tipo de «amor filial» que sirve para cimentar lazos sociales más profundos. Este afecto familiar, este vínculo de confianza con el prójimo más inmediato, no se extiende a los otros, sino que permanece restringido al seno de la familia. Las relaciones «hacia afuera», en el caso estudiado por Banfield, estaban caracterizadas por la desconfianza, la sospecha recíproca, y la falta de cooperación. Eran relaciones «sin moral». Por consiguiente, un amor tan «tribal» no podía constituir sociedad alguna.
De algún modo, las películas sobre la mafia (del sur de Italia) exhiben, aunque en forma caricatural, éste fenómeno: una relación de lealtad básica para con «la familia», pero que hacia el resto de la sociedad no supone código moral alguno compartido (éstos sólo se reservan para el funcionamiento «hacia adentro» de la mafia).
Hacia fines de los años cincuenta, cuando Banfield realizó esta investigación, se discutía frecuentemente sobre las «bases del desarrollo». ¿Por qué unas sociedades eran más desarrolladas que otras? Y las sociedades «en vías de desarrollo» (como las nuestras) ¿llegarían algún día a ser desarrolladas? Tiempo después, ya hacia la década de los sesenta, las teorías sobre el subdesarrollo sostenían que éste era un tipo de desarrollo y no un estadio intermedio hacia el desarrollo. Las razones para ello, más difundidas, fueron en general, las de la teoría económica. Las teorías culturales perdieron pie frente a éstas, y cayeron en desuso. Entre las teorías culturales, estaban teorías como las de Banfield, que postulaban que el tipo de relaciones de intercambio que se establecía entre las personas condicionaba las bases del progreso material.
Hace poco menos de una década, sin embargo, estas teorías fueron retomadas, y los estudios sobre la «confianza interpersonal» cobraron impulso, y ésta comenzó a ser medida través de encuestas de opinión pública. Estos estudios vienen siendo realizados sistemáticamente en América Latina, una región caracterizada precisamente por un «subdesarrollo» crónico, de largo aliento, y aparentemente insuperable.
En el Uruguay, una encuesta realizada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en el marco del Informe de Desarrollo Humano 2007, realizó un conjunto de preguntas orientadas a medir este aspecto de nuestra sociedad. Se formuló la siguiente pregunta: «En términos generales, ¿diría usted que se puede confiar en la mayoría de las personas o que no se puede ser tan confiado al tratar con la gente?». Las opciones fueron «Se puede confiar en la mayoría de las personas», o «No se puede ser tan confiado». Sólo el 18.4% de los uruguayos dijeron que «se puede confiar en la mayoría de las personas»: la abrumadora mayoría, el 75,5% dijeron que «no se puede ser tan confiado». La confianza interpersonal es un poco superior en Montevideo (22,6%) que en el Interior (15%), entre las personas de mayor nivel educativo (27%) que entre los de menor nivel educativo (14.8%), y entre los que se identifican como de izquierda o centroizquierda (30%) que entre los que se identifican como de derecha o centro derecha (12%). Pero, más allá de estas diferencias, en todas las categorías de edad, ideológicas y sociales, se repite el mismo fenómeno: la inmensa mayoría no cree que se pueda confiar «sin más» en las personas.
Una segunda pregunta identificó los grupos en los cuales la gente tendía a confiar. Se les mencionaba a los entrevistados un conjunto de grupos sociales, y se le preguntaba: ¿Me podría decir, para cada uno, si usted confía completamente en la gente de ese grupo, confía algo, confía poco o no confía nada?» Los resultados del estudio muestran que la principal fuente de confianza de los uruguayos, no se diferencia demasiado de los habitantes de las comunidades del sur de Italia que estudio Banfield en los años 50. El 85.2% confía completamente en su familia, pero ningún otro grupo le merece confianza semejante. La confianza en vecinos, compañeros de trabajo, y conocidos personales es bastante relativa. La mayoría dice que confía «algo» (más o menos entre el 40% y el 45%) en vecinos, compañeros de trabajo y conocidos, y entre el 20% y 24% dicen que confían «poco» o «nada». Cuando se le pregunta por grupos como «gente que conoce por primera vez» o «extranjeros», la confianza baja a niveles mínimos, o, por decirlo de otro modo, la desconfianza sube a niveles máximos (49% para los extranjeros y 73% para los que recién se conocen).
Aunque la comparación de estos resultados con los obtenidos en otros países de América Latina indican que no estamos «tan mal» en términos relativos, lo cierto es que los niveles de confianza interpersonal en el Uruguay son todavía bajos, y permanecen restringidos a la familia. Algo sobre lo que la vieja tesis de Banfield nos advierte. Si no confiáramos en nadie más que en la familia, ¿cómo podríamos participar con los otros en actividades conjuntas, cómo podríamos involucrarnos en política, cómo podríamos participar en un sindicato, en una organización comunal, en una cooperativa? O aun en caso de hacerlo, ¿cuánto nos animaríamos a involucrarnos con esos «extraños»? Lo más probable es que poco, y poco entonces podríamos hacer con ellos. Una de las razones por las que la gente que se identifica como de izquierda y centro izquierda es más confiada que el resto, es porque es en general, la que participa más: en el sindicato, en el partido, en la organización barrial. Al menos, tiene «práctica», y esa práctica les muestra, que confiar en los otros, y ser confiables para los otros, es un capital tan importante como el dinero.
Es cierto que hay otros aspectos de nuestro subdesarrollo que son tan importantes como la confianza interpersonal. Pero un país pequeño, vulnerable y periférico como Uruguay, debe prestar atención a estos elementos culturales y sociales que son, en definitiva, los que han permitido que el país amortiguara los impactos de las crisis y todavía exhiba una intolerancia a la desigualdad y a la injusticia social importante, y una democracia estable y longeva. Son valores como la confianza los que debemos cultivar, y
para ello, las instituciones siempre deberán operar de referentes: especialmente, las instituciones políticas.
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