El forúnculo
¡Pobre del que le sale un forúnculo o divieso, si se prefiere el vocablo académicamente más apropiado- en una axila o en la ingle! Ese tumor pequeño, puntiagudo y doloroso puede convertirse en una refinada tortura china.
El país padece desde hace tiempo un forúnculo tal, aunque figuradamente, y a fin de medir el sufrimiento que causa, uno diría que le ha salido entre las nalgas. Lo curioso es que tiene nombre propio y una historia larga. Se llama Hospital de Clínicas y late, haciéndonos ver las estrellas, desde hace más de veinte años.
Hace unos días, jalado de las solapas por la curiosidad que nuevas crónicas sobre su situación despertaron en mí, lo recorrí casi por completo, con disimulo y un prudente porte anónimo. Caramba. Se han quedado cortas o yo soy más impresionable de lo que creía.
Esto es lo más piadoso que puedo decir: en medio de un cascarón ruinoso, y sitiadas por vastos territorios de mugre, humedad e insectos, sobreviven unas áreas de moderna tecnología. Es posible construir en ellas obras de arte del diagnóstico, la terapéutica o la cirugía, al tiempo que, fuera de tamaños oasis, el edificio y sus lacras se devoran por igual a pacientes y a enfermeros y médicos empeñados en curarlos.
Es sencillamente conmovedor.
Y, claro, enseguida brota esa pregunta hecha ya cientos y cientos de veces: ¿hasta cuándo?
Desde aumentos al presupuesto de la Universidad de la República, sin olvidar ayudas proclamadas por organismos multilaterales de crédito y hasta aportes que proveería el gobierno de Venezuela, poco ha quedado por anunciar para que la ignominia concluya. Sin embargo, el forúnculo sigue allí, con su nombre propio y su historia cada día más larga y terrible. Un forúnculo que de tanto crecer entre las nalgas del país y me disculpo por un cierre que retoma la prosaica figura del inicio- se le puede introducir en el ano y reventar allí.
¿Es lo que queremos? ¿Con la reforma de la salud en marcha?
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