Los reyes magos
Los Reyes de los barrios populares hacían lo que podían y con sus proletarios bolsillos se rebuscaban sabiendo que estaban lejos de la sección juguetes del London o La Platense. Por eso arrancaban para Tristán Narvaja, pegado al puente y antes de llegar a La Paz. Por ahí estaban las carpinterías del Cordón que hacían muñecos, macacos de los álbumes de figuritas y también futbolitos, todo de madera y a precios económicos. Juguetes pintados en brillantes colores que duraban años. Si en la cartita el botija había pedido una pelota, no quedaba otra opción que comprar una de cuero para sustituir a la guinda de trapo del potrero. Una globa con gajos de cuero y un grandote piripicho para darle aire con el inflador de la chiva. Un pasatiempo de moda e ideal cuando los Reyes andaban medio en la lona fueron las populares cuerdas de saltar. La mañana del 6 de Enero mostraba en la puerta de sus humildes casas a montones de felices pibes saltando con sus cuerdas de soga y rojos mangos de madera. Las niñas preferían los juegos de cocina en miniatura fabricados en hojalata. Y de paso las madres aprovechaban para iniciarlas, entre juego y juego, en los secretos de la comida casera. Otro juguete de profunda raíz popular fueron los muñecos de trapo. La costurera de la cuadra los hacía por montones a pedido de las familias del barrio. En sus figuras con ojitos de botones, narizotas de cartón y relleno de retazos estaba escondido el duende de la ternura que hacía que los niños tuvieran «flor de pegote» por ese muñeco, como le contaba la tía a una comadre. En las familias de bolsillos gordos aparecían las muñecas de porcelana. Por la calle Sarandí había dos negocios que las ponían en sus vidrieras por principios de diciembre y al llegar enero no quedaba ninguna. Muñecas de porcelana de sutil delicadeza casi tanto como la de sus frágiles propietarias y todos sabíamos que cuando llegaban a los brazos de esas niñas estas jamás las abandonaban. Pasaban de las madres a las hijas y así a otras damitas de la familia que las cuidaban como un tesoro cargado de sentimientos. El juego del ludo tuvo su auge que llegó a cautivar a los adultos que lo jugaban con los pequeños. Los Reyes llenaron sus alforjas con pequeñas cajas de cartón donde había ludos, banqueros y batallas famosas. Al lado del tarrito con el agua y el pasto para los camellos aparecían colecciones de soldaditos de plomo y el famoso juego del Mecano para que el niño armara lo que quisiera. Por los queridos barrio Sur y Palermo, la mañana de Reyes se sacudía con los tamboriles que homenajeaban a San Baltasar.
Luego los morenos se reunían en el Medio Mundo donde se repartía juguetes que habían traído los frailes capuchinos de la iglesia de Maldonado y Minas. Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE.
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