La vejez
¿Somos, nomás, un país de modas? A cada rato reina alguna, casi siempre en alas de buenas intenciones. Pero es necesario saber que hay modas del hablar y modas del hacer.
Ahora está de moda preocuparse por la vejez y se habla más de lo que se hace, razón por la cual abundan discursos y anuncios y escasean medidas específicas para que los viejos tengan un mejor vivir.
Curiosamente, hay demasiada gente que cree que todo se resuelve con dinero. Es decir, una teoría que se zambulle en el sofisma: dándole más plata a los viejos se les asegurará la dignidad del tramo final de su vida. No seré yo quien perpetre la tontería de negar la influencia de los recursos económicos. «La guita no lo puede todo ¡pero cómo te calma los nervios!», decía el Cascarilla Batista cuando no hallaba las monedas para pagarle al Chiquito Otegui la caña de las ocho de la mañana, que le serenaba los temblores.
Sin embargo, hay cosas más importantes. Hoy me bastará referirme a una sola para que entenderme no sea tarea demasiado incómoda: la atención de la salud en los hospitales, sobre todo los privados. Es verdad que si se tiene dinero se obtiene una consideración distinta; pues eso demuestra la perversión de la realidad que vive la ancianidad en Uruguay. Si es viejo, el paciente con alguna dolencia que requiera un tratamiento largo es virtualmente vapuleado como una molestia, algo de lo que hay que desprenderse rápidamente. He vivido y he sabido de unas situaciones indignantes y son muchas- acerca de las cuales no daré detalles por recato y por respeto a los involucrados y a sus familias.
En tiempos de culturas a las que la petulancia occidental posmoderna sigue llamando «arcaicas», los viejos eran la esencia de la comunidad y se les cuidaba para que viviesen todo lo posible desparramando su sabiduría.
La vejez necesita aquí, además de modas que sólo provocan enunciados y erecciones verbales, una nueva moral y una nueva conciencia. Y medidas concretas, claro.
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