Tiene la Palabra …

La sicóloga del autobús

Señor Director de LA REPUBLICA

Dr. Federico Fasano Mertens

Que la violencia campea entre nosotros desde hace tiempo y circula libremente por la calle (y la vereda) no es novedad para nadie.

Una ojeada rápida por la historia de la humanidad nos muestra que la guerra y los enfrentamientos son tan viejos como el mundo o más bien desde que el hombre o lo que se parecía al actual caminaba erguido.

Cabe preguntarse en estas fechas, en que los deseos de paz y amor florecen entre nosotros, si no serán solamente utopías.

Actualmente, en un trozo de desierto más o menos del tamaño de Montevideo, Canelones y parte de Maldonado, persiste un conflicto (o debo decir muchos de ellos) desde hace siglos.

¿Se puede heredar el odio?

Parece que es así, de lo contrario no sobreviviría tanto tiempo.

Es posible para un ciudadano nacido y educado por estas latitudes comprender cabalmente la magnitud de este drama.

O simplemente no lo cuestionamos y nos quedamos con nuestras rencillas domésticas; descendientes naturales de aquellas legendarias y bíblicas y no por eso justas y razonables.

Tal vez el espíritu violento o guerrero lo llevemos incluido en el ADN, en cualquier momento, si es así, los científicos nos sorprenderán con el descubrimiento de que si poseemos determinado gen seremos propensos a la violencia.

Todo indica que aunque nos ocupemos en desearles a todos, paz y prosperidad una vez al año; seguiremos igualmente peleando y matando hasta el fin de los días.

Qué incoherencia, ¿no es verdad?

Observemos más de cerca, digamos entre nosotros, qué pasa en nuestra sociedad. Veamos algunos ejemplos.

Cuando un uruguayo medio ingresa en un nuevo ambiente, digamos laboral, ¿no espera que lo ataquen tarde o temprano, tanto jefes como compañeros?

O por el contrario ataca él por aquello de que el que pega primero pega dos veces.

¿A nadie se le habrá ocurrido pensar que si cortamos el espiral se apaga la llama?

Y yendo a lo del título paso a contarles: día 21 de diciembre, hora 16.30, abordo el autobús línea 60 rumbo a Portones.

Capacidad colmada y las caras de uruguayos acostumbrados a soportar calor, el clásico «A correrse señores que esto no es un 747″, y el tráfico pesado de estas fechas.

Todo el mundo apurado porque el año se dejó de amagues y se termina nomás. Abruptamente voces en alto al fondo del colectivo, parece que un chico que acompañado de sus amigos se queja de que otro «lo miró raro» y trataban de atajarlo para que no acometiera contra el «mirador» que sentado, solo y nervioso, viajaba cerca del ofendido.

Lo observé ligeramente intentando adivinar en su mirada si existía una intención equivocada, pero no, sólo me pareció otro veinteañero más, algo incómodo por la situación.

A mi lado viajaba una señora cuarentona y de decisiones rápidas que comentaba con otras pasajeras la inclinación machista de nuestros hombres, que después hablan de nosotras, que nos mandan a la cocina, ante la aprobación general.

Yo musité: «No todos, señora», lo cual la sorprendió.

Mientras, el chico acusado se incorpora y le vocifera al guarda que si no lo baja lo hará él mismo.

Alarma general de las caras que rodeaban a los implicados, el guarda, bien gracias, soltó que le diera nomás.

En un instante la señora mencionada salta sobre el chico de marras y le increpa que todos queremos viajar, que pasar por la seccional no es una opción aceptable, que con violentarse no va a demostrarle nada a nadie, solo que sería un energúmeno y un machista (otra vez) y que ella estaba apurada, además.

Los chicos que rodeaban al sujeto insistían con que si con una cerveza actuaba así, mejor no tomara dos.

La señora vuelve a mi lado y le agradezco la intervención, seguro es sicóloga le digo, y ella contesta que no, que es abogada.

Como el asunto del machismo había quedado inconcluso a mi modesto entender (o que había quedado engranado más bien), le agrego levantando levemente la voz y seguro que hablaba para el público en general: señora, la culpa de que «todos» lo seamos la tienen ustedes, las mujeres.

Ante risas y aprobaciones de la platea sobre todo femenina (que en eso se habían convertido los pasajeros) me dice:

«Pero bueno, y ahora nos vamos a pelear nosotros».

Le contesto que jamás, y además le recuerdo que mi mamá era mujer y que a ella le debo todo lo que soy, para bien o para mal.

Finalmente luego de apoyar sicológicamente al acusado para equiparar las cosas supongo, y de rematar la faena mandándolos a pelear al boxing club; pide parada y desciende.

Le rogué que no lo hiciera, de que era la única que apaciguó a las fieras, que no nos dejara indefensos pero fue inútil, se bajó nomás.

Yo me sentí inesperadamente solo en la multitud, en eso el chico ofendido reacciona nuevamente como si le hubieran dado cuerda y recuperándose de las bofetadas de su madre postiza y momentánea, ataca de nuevo.

Considerando que el viaje estaba resultando demasiado largo aunque eso sí, emocionante y terapéutico, pido puerta y me bajo pensando: «Del resto me entero en el informativo de las ocho».

¿Será que la humanidad también está cansada del viaje?

SANTIAGO DE CESARE JUSTO

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