Terapia Sexual
Estimada Soledad: No siempre puedo leer tus artículos en LA REPUBLICA pero las veces que los he leído, a la vez que consigo desasnarme me doy cuenta de lo equivocado que he estado viviendo en estos 43 años de vida y para muestra basta lo que paso a contarte. Hace un par de domingos te escribió una dama de 50 años, divorciada y con fantasías un tanto especiales con las cuales, si bien no me identifiqué, sí lo hice con la esencia de su problemática.
Como podrás imaginar, también tengo mis fantasías sexuales y la gran mayoría son con mi esposa, no son nada del otro mundo pero ella no las ve como algo normal, y tan es así que dudé de mi salud mental; somos incompatibles en lo que al sexo se refiere, pero yo la amo realmente; sé que últimamente metí la pata, hace dos semanas descubrió que visité algunas páginas porno; mentí, se descubrió y como imaginarás, discutimos. ¿Tú crees que algo de esto está mal? ¿Necesitaré ayuda sicológica? Adoro a mi esposa, me atrae muchísimo pero se no sé qué hacer con todo esto que nos pasa. Espero tu contestación, desde ya muchas gracias.
Desde el punto de vista de la Sexología, las fantasías sexuales suelen servir de ayuda para el enriquecimiento de la sexualidad propia y de la pareja. Muchas veces existen y se viven en la imaginación personal y sólo sabe de ellas quien las vive (por ejemplo: imaginar que se tienen relaciones sexuales con una persona mientras se las mantiene con otra). Llevarlas a la práctica en pareja no es sencillo pues lo que a uno de los integrantes puede resultarle excitante al otro puede rechazarle y es necesario ser conscientes de los peligros que pueden traer consigo algunas experiencias.
Con respecto a si está mal o no tenerlas, depende de los valores personales y del «contrato» que tenga la pareja, pues en algunos casos, la autoestimulación con revistas como el mirar páginas porno puede ser considerado infidelidad y en otras se ve como otra forma de vivir la sexualidad muy personal, que no tiene por qué suprimirse al vivir con otra persona.
Cuando se forma una pareja, se realizan simultáneamente tres contratos. Uno, el que se habla y discute sobre dónde van a vivir, cómo van a pagar las cuentas, cuál será el tiempo compartido, etc., etc. que suele ser el de menor tamaño, al que le llamamos «contrato explícito de la pareja».
En cambio, los contratos Dos y Tres (mucho más grandes que el Uno) constituyen las ideas que cada cual tiene de lo que deben ser, hacer y vivir en la pareja, pero no se lo han comunicado. Son los llamados «contratos implícitos de A y de B» y se basan en la educación de cada uno, en las experiencias que tengan al respecto, sus lecturas, como haya sido su núcleo familiar, sus amistades, etc., etc. El tema es que A nunca habló con B de esto, lo dio por supuesto y lo mismo sucedió con B.
Por lo tanto, cada vez que se enfrentan con algo que «suponían» que tendría que ser de determinada forma mientras que la otra parte «creía o pensaba» que tenía que ser de otra, surge el «conflicto». (Un ejemplo: A pensaba que B se ocuparía siempre de hacer la comida; B pensaba que A sacaría la basura todas las noches, llega el momento y ninguno hace lo que el otro esperaba).
Las formas de solucionar los conflictos pueden ser varias: una: dado que las cosas no son como A y B esperaban, se separan y dan fin a la pareja; o dos, tratan de hacer «acuerdos» que pasen a integrar el «contrato explícito de la pareja».
Al realizar acuerdos se debe de tener en cuenta que los dos deben ganar algo, a la vez que perderán algo.
Es decir: no debe ser uno solo el que salga ganando, porque eso no sería un «acuerdo», sino un sometimiento de uno por el otro y, para que una pareja pueda considerarse tal, lo primero que se debe tener en cuenta es la EQUIDAD, es decir que los dos valen lo mismo y tienen los mismos derechos.
Vuelvo al tema de las fantasías… Si tú necesitas de ellas y te sientes bien teniéndolas, mientras que a tu mujer le molestan, lo ideal es llegar a un acuerdo, que puede ser, por ejemplo, que las tendrás en un horario en que ella haga algo que a ti te desagrade y que habitualmente se lo impides o criticas o que lo mantengas en espacios de intimidad propia a los que ella no tenga acceso, teniendo también tu mujer derecho a esos espacios.
La renuncia a lo que uno desea frustra y lleva a las mentiras, pero, evidentemente, hay límites y son los dos integrandes de la pareja los que deben ponerlos por igual.
Si no pudieran resolver esto solos, puede serles útil concurrir a algunas sesiones de terapia de pareja.
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