Burocracia
Uno de los principales problemas de este país es la cultura de la lentitud y la insensatez en la administración pública, que enreda el trámite más sencillo.
O sea, la burocracia.
Hoy se está hablando abundantemente de la inamovilidad de los funcionarios estatales, dándose por seguro que «no será tocada» y que, en todo caso, una eventual reforma constitucional para cambiar la pisada «es un asunto a futuro de la fuerza política», no del gobierno ni ahora.
Creo que la inamovilidad de los funcionarios públicos es sólo uno de los elementos constitutivos de la burocracia. Se trata, en realidad, de un sistema creado por el manejo que se hizo del Estado hasta hace poco- que da la espalda al orden, la eficiencia y el respeto. En su lugar habría que construir otro, ágil, barato y simple, que elimine lo innecesario y la estupidez.
Nuestra burocracia afirma la teoría de Konrad Lorenz: «Toda reacción va dirigida, sistemáticamente, contra algún ‘enemigo'; cuando ya no existen los osos de las cavernas ni los tigres de colmillos de sable que, en tiempos remotos, eran una amenaza para el hombre, ese ‘enemigo’ pasa a ser nuestro congénere». Si el ser humano, al que la complejidad de las sociedades ha ido haciendo más excitable y maligno, ve que tiene poder caso de burócratas y tecnócratas, digo yo- lo volcará contra otros de su especie: «Eso no se tramita acá»; «vuelva mañana a ver qué pasa»; «¿quién le dijo semejante cosa?, no, hágalo de nuevo»; «el expediente está en el cuarto piso, ¿le dijeron que no?, averigüe bien, yo no tengo nada que ver»; «¿hace cuánto que está en la cola?, ah, qué le voy a hacer, pasó el horario».
Si a quien atiende tan imbécil e indignamente a un ciudadano se le expusieran las consecuencias reales de su conducta sobre los demás, quizás, sólo quizás, disminuyesen los funcionarios inútiles o perjudiciales y, por tanto, algo de la burocracia reinante.
¿Y si el gobierno se pone los pantalones y empieza por ahí?
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