PROHIBIDO PARA NOSTALGICOS

Postal de navidad

Eran los judas y el clásico vintén que pedían para llenarlos de «cuetes» y hacerlo reventar justo a la medianoche. Cuando las cañitas surcaban el cielo y los «revientaportones» te dejaban sordo era cuando ardían los judas en el medio de la calle. Al igual que con las fogatas de la Noche de San Juan, existía la costumbre de arrojar a ese fuego de judas unos papelitos con pedidos y hasta con el nombre de los temidos «jettatores» para mantenerlos alejados. Entre el descomunal alboroto de las cantarolas de los vecinos y las explosiones se escuchaban las campanas de la parroquia anunciando la Misa del Gallo. Las puertas de las casas abiertas de par en par y los vecinos salían para saludarse e intercambiar regalitos. Levantaban las copas con la sidra casera hecha por el abuelo gallego y se brindaba por «la salud y la prosperidad». El pino navideño titilaba iluminado con las pequeñitas velas de cera. Brillan los chirimbolos de hojalata y al pie del arbolito nunca faltaba un pesebre con figuras de terracota que las abuelas cuidaban tanto como los recuerdos que encerraban esas antiguas piezas. Los budines hechos en el horno de barro del fondo eran una exquisitez rellena con los dátiles comprados en la Villa Muñoz. Al costado de la jarra de clericó estaban las aceitunas negras que todas las navidades vendía Don Singer en su almacén de la Aduana. Las pibas de tanto pedir y pedir al final la madre les había dado permiso para usar un poquito de sus polvos coloretes Myrurgia comprados en Introzzi. Todos abrían los paquetitos envueltos en papel de celofán y aparecían chucherías que encerraban un mensaje sencillo y fraterno. Un «tano» vecino de la casa de enfrente siempre se ponía melancólico recordando su querida Calabria y entonaba muy fuerte una canzonetta. En otra casa, los más chiquitos se encargaban de darle manija a la vitrola que inundaba el ambiente con tangos y milongas. En la parroquia de la esquina, el cura hacía la misa en latín y sólo en el sermón hablaba en español para explicar el simbolismo del Niño Mesías. Al terminar se rezaban plegarias por la paz en la convulsionada Europa sacudida por la guerra. Ese cura era el mismo que ya de madrugada recorría las casas de la cuadra y se apasionaba charlando de la Maravilla Negra, Leandro Andrade. En esos días navideños, los pasajeros habituales dejaban un regalito al «motorman» del tranvía que había puesto un canasto a su costado. Todo el barrio era una gran familia que se estrechaba en un abrazo. Montevideanos e inmigrantes en la puerta de sus casas miraban arder a los judas y sostenían en sus manos una postal bañada en polvo de brillantina de alguien que no los olvidaba. Campanas, aroma de pino y un sabor dulzón de la sidra casera. Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje