Reflexiones
Ciertamente, el inicio de un proceso penal no consagra la culpabilidad. Hasta el fin de ese proceso, con sus etapas y sus garantías, hay que mantener, más allá de la semiplena prueba inicial, la presunción de inocencia.
Pero lo relevante del llamado «caso Bengoa» no reside en esta verdad. Me han entristecido ciertas actitudes que se advierten con facilidad apenas uno observa alrededor sin pasión y con imparcialidad de gente que integra el gobierno o la fuerza política que lo respalda.
Están aquellos que se niegan a aceptar que la naturaleza humana, para bien o para mal, suele pasar por encima de ideologías y militancias. Es algo intrínseco, instintivo y, a veces, cuando vence los frenos inhibitorios incorporados por lo aprehendido, lo cultural, se expresa de un modo que, a los tozudos, puede parecerles inexplicable; entonces la reacción espontánea es el rechazo, la no aceptación de una realidad. Y luego están quienes, con disimulo y no tanto, echan secas astillitas al fuego recién iniciado con la pretensión de avivarlo esto lo supongo y me anticipo a disculparme por inferir intenciones, aunque sean harto evidentes y separar bandos para obtener algún rédito o pasar viejas facturas: los buenos a un lado y los malos al otro.
Es necesario más madurez y más racionalidad.
No se trata de si Bengoa y compañía son culpables o no. De serlo, ¿cuál es el problema? ¿Que la izquierda deba admitir que en su seno también pueden nacer y crecer compañeros que traicionen los más puros valores y la conducta prometida? ¡Es que si no ocurriese alguna vez sería un milagro! El ser humano es contradictorio, lleno de zonas claras y oscuras; en su interior, la lucha por ser Albert Schweitzer y no Pol Pot jamás cesará. Sus discursos y los hechos consiguientes no siempre coinciden.
En cuanto a quienes son «de la casa», y bajo cuerda están soplando la fogata para obtener alguna ventajita, sería bueno que se dejaran de romper las bolas.
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