¿El final de la Era Neoconservadora?

Al Gore ha impulsado una campaña internacional admirable y seguramente crucial para nuestro futuro. El próximo gobierno en Washington tendrá la oportunidad de presentar al mundo una imagen de Estados Unidos limpia, global, respetuosa con los derechos humanos a través de la sostenibilidad del progreso y capaz de dar un nuevo impulso a los valores civiles, poniendo punto final a la controvertida era neoconservadora. ¿Qué significa el cambio climático para los negocios a nivel global?

CUANDO VEMOS AL EX CANDIDATO DEMÓCRATA a la Casa Blanca, Al Gore, recoger tantos premios internacionales, el último el Nobel de la Paz, que reconocen el liderazgo, casi mesiánico, que ha ejercido para trasladar a la sociedad internacional el interés por el deterioro medioambiental, cabe preguntarse por las motivaciones políticas que pueden existir detrás de tanto ecologismo oscarizado, a menos de un año de noviembre de 2008, fecha de la elección presidencial en Estados Unidos y del final definitivo de la convulsa era neocon.

Quizá para encontrar respuestas políticas deberíamos situarnos en otras elecciones presidenciales, las de 2000, en las que el vicepresidente Gore perdía por un estrecho y controvertido margen frente al candidato republicano George W. Bush. Aunque en aquel momento el famoso recuento de Florida fue el que decidió el resultado electoral, un análisis más detallado e ideológico indicaba que la derrota de Gore estuvo contabilizada en los más de dos millones de votos, muchos de ellos ecologistas, que obtuvo el independiente Ralph Naider, que atacó por el flanco crítico y verde las propuestas demócratas, entonces centradas y liberales.

Gore ha impulsado una campaña internacional admirable y seguramente crucial para nuestro futuro, pero también ha querido que el Partido Demócrata recupere su chaqueta en el mismo lugar donde él la perdió en el año 2000 y evitar así con las nuevas propuestas climáticas otra fuga de votos. Los candidatos demócratas, en especial Hillary Clinton, han hecho suya la lucha contra el cambio climático y obligarán a que los republicanos se suban a este vagón de campaña, en el que se sienten más incómodos, porque no les queda otro remedio.

«El actual mercado verde y global puede estar funcionando ya como una auténtica realidad».

Pero el cambio climático es una propuesta con mucho más largo recorrido. Gracias a él, la nueva administración americana podrá presentar al mundo una imagen de Estados Unidos limpia, global, respetuosa con los derechos humanos a través de la sostenibilidad del progreso y capaz de dar un nuevo impulso a los valores civiles. Líneas todas ellas radicalmente opuestas a la ideología neoconservadora que ha conducido los años de Bush Jr., y capaces a su vez de generar un nuevo liderazgo norteamericano en la escena económica y mundial.

Si volviéramos la vista hacia atrás encontraríamos que una propuesta similar fue desarrollada por los think tank demócratas en las elecciones de 1976. En aquellos meses difíciles en los que el país padecía las duras consecuencias de la crisis del petróleo, Estados Unidos afrontaba además una crisis política interna y otra externa, motivadas por el caso Watergate y la derrota en la guerra de Vietnam. La apuesta entonces se realizó en torno a la defensa de los derechos humanos. El encargado de impulsarla, Jimmy Carter, quien logró una escandalosa victoria electoral frente a Gerald Ford, pero que terminó su mandato cuatro años después envuelto en un bochornoso fracaso político, con la imagen de la superpotencia debilitada aun más por el éxito de la revolución iraní en 1979, y con los rusos campando a sus anchas por el Asia Central y Afganistán.

«Las grandes empresas y los lobbies han reaccionado con celeridad, antes incluso de que haya un resultado más o menos ecologista en las presidenciales del próximo otoño».

En este caso, la propuesta política ecologista puede ser mucho más consistente, porque si en aquel caso el mercado de los derechos humanos no se consiguió organizar, el actual mercado verde, sin embargo, verde y global, por cierto, puede estar funcionando ya como una auténtica realidad.

En efecto, las grandes empresas y los lobbies han reaccionado con celeridad, antes incluso de que haya un resultado más o menos ecologista en las presidenciales del próximo otoño.

Por citar un significativo ejemplo, el presidente de la aseguradora Lloyd’s, Lord Levene, que clausuró las XIII Jornadas de sobre expectativas de renovación de programas de seguros organizado por AGERS el pasado mes de noviembre en Madrid, inició su discurso dirigiéndose a tres centenares de directivos de la gerencia de riesgos y del sector asegurador con las siguientes palabras: Estoy seguro de que, al igual que nosotros, ustedes opinan que el entorno parece estar cambiando a mayor velocidad que nunca. A la vista del cambio climático, es un desafío para nosotros el entender la repercusión que para nuestros negocios podrían tener pérdidas futuras de origen metereológico. En Lloyd’s estamos invirtiendo en investigación a fin de comprender qué aspecto tendrá un futuro sometido al cambio climático. De manera bien clara se expresó Mr. Levene, más aun si tenemos en cuenta que el Lord en cuestión ha sido durante varios años el máximo dirigente de General Dynamics en el Reino Unido.

Pero con la misma claridad se están expresando sectores como el tecnológico, apoyando desde el inicio el entramado de acción pública creado por Gore, o incluso el sector energético, tratando de anticipar una respuesta con todo tipo de energías limpias para obtener las mejores posiciones de partida ante el eventual cambio de signo en Washington. No es de extrañar tampoco que la Cumbre del Clima, clausurada hace pocos días con un acuerdo contra el calentamiento ­que prevé un Protocolo de Kyoto II para 2009­ haya manifestado un cambio de signo político global sobre el control de las emisiones de gases. La declinante administración Bush ha firmado el compromiso de Bali sin apenas pestañear, y también lo han rubricado las potencias emergentes, China, India, Brasil o Indonesia, aún sabiendo todas ellas que en la inminente lucha por la innovación tecnológica y por ofertar los productos más limpios, Estados Unidos lleva la ventaja de haber iniciado la carrera antes que las demás. Exactamente, el día que Bush hijo juraba su cargo como presidente de Estados Unidos mientras la maquinaria demócrata comenzaba a urdir la segunda fase de su proyecto para el siglo XXI. Fue en ese momento, o muy poco después, cuando Gore-Clinton o Clinton-Gore, según se mire, decidieron conducir la travesía de ocho años por el desierto neoconservador, y después observar, como Moisés, la entrada de su pueblo en la tierra prometida del cambio climático y político.

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