Cable a tierra
Hay una espléndida frase de Voltaire que me seduce repetir: «La abeja, fuera de la colmena, es nada más que una mosca».
Es una metáfora que describe cosa que luego, mucho más tarde, hizo Wimpi con su humor uruguayísimo al hombre que es culto sólo cuando está en su microclima intelectual; ese al que le cuesta entender la cotidianidad porque casi todo el tiempo vive fuera de ella: «Hombre preparado es no sólo el que sabe mucho de algo, sino también el que pincha la aceituna del medio porque sabe que las otras, rodeándola, no la dejarán escapar».
En la Universidad de la República sobran académicos de nota, catedráticos grado cinco, hombres sabios y carreras. Pero a la Universidad como un todo le sigue faltando, pese al tiempo que lleva debatiéndolo, un cable a tierra. Y si cree que lo tiene, entonces está dañado por un cortocircuito.
Es que, pese a unos tímidos cambios, sigue ajena a la necesidad de involucrarse en la formación de los jóvenes en áreas del conocimiento y la especialización impuestas por el desarrollo de la ciencia y la tecnología y por la globalización. Es la razón por la que hay gente que dice, basada en hechos objetivos, que los uruguayos están perdiendo oportunidades de ocupar empleos muy calificados y uso el ejemplo de un tornero de preparación exigente, sólo por lo que pasó en Botnia y puede volver a pasar en ENCE y en Stora Enso debido a que ciertos trabajos exigen el respaldo de una enseñanza de nivel terciario.
Si apelo otra vez a Wimpi, podría decir que la Universidad aún no lo ha entendido porque padece el síndrome que separa saber y cultura: «El saber es una suma de conocimientos; la cultura es una actitud ante la vida».
Nada de la economía actual debiera ser ajeno a la Universidad. Como dijo Huxley, «se necesita hallar el modo de unir, para sacar el mejor partido, el mundo altamente especializado de la abstracción intelectual y el mundo de la experiencia inmediata, hijo de la realidad».
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