Lo que el viento se llevó
«Lo que el viento se llevó» es una fantástica película de casi cuatro horas de duración, que representó toda una innovación para el cine norteamericano de la época. Rodada en 1939 en tan sólo 140 días, basada en la única novela escrita por Margaret Mitchell, nos cuenta la vida de una familia sureña adinerada, en los tiempos de la esclavitud y de la guerra civil norteamericana, entre los años 1861 a 1865.
Fue la película más cara en aquel momento y ganó ocho Oscar, entre ellos, el de mejor director para Víctor Fleming y el de mejor actriz para Vivien Leigh. La nota más saliente fue el primer Oscar entregado a una persona de raza negra, el de mejor actriz de reparto entregado a Hattie McDaniel, por su personaje de Mammy. Pero lo más interesante de su estreno no fue sólo la historia que la película representó, sino el manifiesto contraste entre aquel país esclavista y dividido, de mitad del siglo XIX, con grandes desigualdades entre sus estados y la realidad de los Estados Unidos de los años 40, ya toda una potencia.
Para muchos emigrantes recién llegados a Norteamérica, esa película permitía descubrir otro Estados Unidos, bárbaro, primitivo, lleno de violentas contradicciones, que se ocultaba en un pasado casi desconocido. El país próspero y lleno de esperanza de los años 40 vivía, a través de las pantallas del cine, la historia que el viento había barrido y que muchísimos norteamericanos ni siquiera conocían.
Ocurre que cuando un país ingresa en un camino de prosperidad, a menudo se despierta una tendencia general a olvidar el pasado, a olvidar las contradicciones, las penurias, las angustias que cada familia tuvo que soportar para salir adelante. No es bueno borrar el pasado, es mejor recordar. Aquí, en Uruguay, asumir claramente el pasado permite ubicar mucho mejor la medida correcta de lo que estamos construyendo. No tenemos por qué esperar a que los libros o el cine nos refresquen la memoria y nos acerquen la dimensión de aquel país de donde partimos.
Sufrimos casi trece años de dictadura y cuando, a pura lucha y pagando un precio enorme, salimos de la oscuridad, a pesar de todos los dolores, había una esperanza colectiva enorme. Sin embargo, se apagó rápidamente. Un país dividido políticamente, económicamente estancado y enfrentado por la impunidad, expresamente legalizada para no perseguir a los militares por los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura, no fue capaz de irradiar la confianza y la fuerza necesarias, para que la «cachila», que estaba hasta el eje en el barro, pudiera arrancar y salir del lodo rápidamente.
Los gobiernos blancos y colorados, decididos a jugar al empate permanentemente, no supieron, ni pudieron, generar las condiciones para liberar las energías de todos los uruguayos, para que el país soltara amarras y aprovechara los vientos a favor, que incluso en los peores momentos siempre existieron.
Un capítulo aparte fue el último gobierno colorado. Apoyado por los blancos, por acción u omisión, nos condujo directamente a la crisis nacional más dura de todos los tiempos. Primero Mosca, ministro de Economía del segundo mandato del presidente Sanguinetti, y luego Bensión, ministro del presidente Batlle, subestimaron los efectos de la devaluación brasileña de enero de 1999, y, paso a paso, se fue acercando al huracán que avanzaba desde el otro lado del río.
Argentina estaba atrapada, con el peso a la par del dólar, se iba al despeñadero con los ojos abiertos. Pero nosotros pudimos haber hecho otros intentos. Debimos haber ensayado otras alternativas para alejarnos o amortiguar los peores impactos que nos provocaba la crisis argentina. Pero el gobierno colorado, con el apoyo de los blancos, puso rumbo directamente hacia el huracán. Es cierto que los blancos después se fueron del gobierno, aunque sea sólo una anécdota. Luego que el barco encalló, lo abandonaron. Pudieron haber intentado modificar el rumbo, meses antes, cuando aún se estaba a tiempo. Nada se hizo y por tanto la posterior salida del gobierno no les quita un ápice de responsabilidad en cuanto a la conducción del mismo.
En esos años, la desocupación abierta tuvo un pico de casi 20% y la pérdida salarial fue abrupta para aquellos que afortunadamente lograron conservar el empleo. 50.000 uruguayos emigraron rápidamente, los bancos cerraban, los depósitos quedaban en el corral bancario, empresas que cerraban por doquier, endeudamiento masivo, un dólar disparado por las nubes, caída del producto del 18% y la desazón que ganaba a todos los uruguayos. Aguantamos con los dientes apretados y como oposición, responsable y democráticamente, organizamos la protesta. Teníamos que gritar y denunciar lo que estaba ocurriendo. Pero se hizo con tal ponderación que no hubo que lamentar una sola vidriera rota.
Lo que hemos hecho en estos tres años de gobierno progresista, créanme, ha sido mucho. Hoy tenemos índices de ocupación y crecimiento como pocas veces se ha visto en los últimos cincuenta años. Y lo hemos conseguido en muy poco tiempo. Ya lo he señalado, una y otra vez, en esta columna.
Pero seguramente no he insistido suficientemente en el contexto. Toda evaluación tiene que tener el marco de lo sucedido, aquello que pasó poco tiempo atrás. Y por supuesto que lo alcanzado hasta ahora, frente a la realidad de la cual partimos, eleva aún más el valor de nuestros logros. No dejemos que nada nos maree, ni nos haga perder el rumbo. ¡Vamos, defendamos nuestras conquistas! No hay un viento que pueda llevarse tan fácilmente tantos años de frustración.
Este artículo es el último que escribiré por este año en la contratapa de LA REPUBLICA. La vida dirá si el año que viene puedo estar nuevamente en sus páginas. Quiero agradecerle a LA REPUBLICA la gentileza de que martes a martes me haya permitido encontrarme con ustedes y también a las decenas de compañeros que me alentaron para que lo hiciera. Me despido de 2007, entonces, con una gran satisfacción, convencido de que estamos construyendo un nuevo país, moderno, desarrollado, justo y solidario, el país que queremos, el que siempre soñamos.
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