LA COSAVOSTRA

Los 10 mitos del semanario Búsqueda y la renegada APU

Retomo hoy el tema de los medios de comunicación, interrumpido el último viernes para contestar maledicencias varias, vinculadas a la destitución del general Gloodtdofsky.

Esta serie de reflexiones sobre la información me fueron inducidas por los periodistas de Búsqueda y los dirigentes de APU que los apoyaron en su demanda contra el senador Korzeniak por haber afirmado una obviedad: que ese semanario era de derecha.

Los periodistas de Búsqueda y los dirigentes sindicales de APU se rasgaron las vestiduras y asumieron en su denuncia la defensa de los 10 mitos de la ideología dominante en los medios de comunicación hegemónicos.

Como contribución a la formación de los periodistas de Búsqueda y para atenuar el servilismo de APU hacia la derecha, intentaré en estas contratapas explicarles por qué esos 10 postulados, sobre los que se apoya la dominación mass-mediática, son sólo mitos.

Poderosos e influyentes pero mitos al fin.

Nos estamos refiriendo a este decálogo que tanto deleita a los periodistas de Búsqueda y a la APU.

1) La noticia es la que reina y gobierna; 2) la objetividad y la neutralidad son la base del sistema; 3) la privatización es la garantía contra la intromisión del Estado; 4) el cuarto poder es el poder autónomo de los medios; 5) la libertad de prensa es la religión de los medios; 6) la opinión pública es el juez inapelable; 7) la participación es libre; 8) la publicidad iguala; 9) esclavos en el trabajo pero libres en el consumo; 10) la ausencia de prohibiciones resuelve el problema.

Comencemos por el primero de estos mitos: la noticia reina y gobierna.

Una de las creencias más extendidas de la ideología dominante es la que afirma que la noticia, es decir los hechos, porfiados e indubitables, son la ley fundamental de los medios de comunicación y contra ellos nada pueden los accionistas de las sociedades anónimas de la información.

Cierto es que la noticia es la clave del discurso informativo y que su referente es el acontecimiento pero la estructura y la organización de los medios, que no pueden desligarse de su soporte ideológico, conlleva en sí misma un proceso de metamorfosis que transforma el acontecimiento en suceso, despojando a la noticia de su rico contenido histórico, contextualizante y contextualizador.

El suceso es lo nuevo, lo desconocido, lo imprevisible, lo raro, lo extraño y generalmente despolitizado. Más vinculado a la naturaleza y sus fenómenos que a la historia y a los suyos. El suceso es lo interesante. El acontecimiento es lo importante sin por ello dejar de ser interesante. Pero el acontecimiento implica sustancia histórica mientras que el suceso necesita vaciar esa carga para llenarlo con la espectacularidad. El acontecimiento debe ser contextualizado, debe ser remitido a otros hechos, sólo puede ser entendido inmerso en una red de relaciones. El suceso contiene en sí mismo todo su saber y no es necesario para entenderlo saber nada del mundo. Se puede consumir como un helado sin ninguna operación intelectual previa. Son los hechos aislados, que se los hace aparecer como si fueran conjuntos. Y es precisamente en esta diferencia, como se derrumba el mito de la producción de noticias. Lo que se produce en gran escala y a nivel masivo son sucesos, no acontecimientos. Y nada importa que la noticia sea un acontecimiento, la forma en que se produce y expresa la transforma en suceso. Es decir en mundo imaginario, que nos evade de la realidad social.

Y no podía ser de otra forma ya que los medios en la sociedad mercantil en que vivimos, no pueden considerar a la noticia un bien social, sino una mercancía objeto de cambio. Y el acontecimiento, contextualizado e histórico, no posee el valor de mercancía que ha demostrado tener el suceso. De esta manera los medios, en su necesidad de vida o muerte de mantener su ritmo de producción, asegurarse una buena reserva de materia prima para poder controlar tanto la oferta como la demanda, se han convertido en condición del suceso.

Y para ello, han dramatizado la noticia, para calmar la sed de curiosidad y espectáculo que inyectaron en los receptores, en un círculo que se retroalimenta hasta el infinito y que en el momento en que se detenga ubica en peligro de quiebra a la industria del suceso, como quiebra cualquier industria capitalista ante las crisis de recesión.

De allí la necesidad de crear indirectamente el suceso, inventando celebridades, fomentando la notoriedad y la fama, para poder operar sobre esa curiosidad alimentada e inoculada por los propios medios, creando como dice Rubert de Ventos, «gente famosa por su fama».

Y toda esta estrategia descontextualizadora y por lo tanto antinoticiosa, se lleva a cabo con el fin de acumular dividendos, pero para acumularlos es necesario despolitizar y desmovilizar.

Es el rol que en nuestro país asumen el diario El País, el semanario Búsqueda y sobre todo los programas insignias del Canal 10 de televisión con Ignacio Alvarez a la cabeza, tanto en ese medio como en Radio Sarandí.

También en el exterior la concepción de noticia de la ideología dominante no se ha equivocado en su política de alienación. Pongamos el ejemplo de la Revolución Cubana en la década de los 60. Ni siquiera como suceso fue tratada la Revolución Cubana en América Latina, cuando superaba en suceso la noticia desusada del hombre que mordía al perro.

Al declararse formalmente la revolución cubana, ideológicamente marxista leninista, llenaba todos los requisitos del suceso: raro, desconocido, imprevisible, extraño, profundamente novedoso, y hasta mágico si lo desean.

Sin embargo a partir de ese momento el bloqueo también fue informativo.

Pero dejemos hablar a Hendrix, del Miami News: «A través de los años, el lector norteamericano ha dado un vistazo ocasional a lo que es América Latina sobre la base de informaciones de catástrofes, guerras, saqueo, piratería e inestabilidad política. Después de este primer destello de violencia, poco esfuerzo se ha realizado para explicar a este lector las causas de los sucesos o para familiarizarlo con las personalidades por ellos involucradas».

Es el mismo caso reciente del «¿Por qué no te callas?» del intolerante borbón a un revolucionario latinoamericano elegido por abrumadoras mayorías con las que no cuenta precisamente el monarca godo.

Los medios se lanzaron en claque cuasi coordinada a festejar o desaprobar la especie transformada en un latigazo histórico en lugar de asumir la tarea que les corresponde: investigar si efectivamente el petimetre Aznar apoyó a los golpistas caraqueños y conspiró contra la Nación bolivariana. Ese era el punto y no si correspondía el silencio solemne en la Cumbre chilena.

Pero una vez más se quedaron con el suceso y negaron el acontecimiento.

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