La columna amarilla

El miedo

­¿Qué hacés? ­le preguntó Epifanio al «Chiquito» Otegui, que se acercó a servirle otro vaso de tinto de garrafa.

­¡Si pediste la vuelta!

­Entendiste mal. Me rasqué la verruga de la ceja ­cortó Epifanio.

Noches pasadas, durante un plenario de Diputados, advertí qué fácil es, a veces, entender mal. Se trataba el proyecto de ley sobre integridad personal de niños y adolescentes y, por largo rato, el debate quedó entrampado en la diferencia entre el maltrato y los correctivos necesarios para mantener ciertos límites que protejan a los menores.

Hubo dos intervenciones esclarecedoras ­de los diputados Nora Castro y Pablo Alvarez­ pero, más allá de la aprobación del proyecto, fue estremecedoramente claro que muchos siguieron sin entender o, al menos, interpretaron lo que ocurre tan mal como el pobre «Chiquito».

Estas normas, incluso aunque sobreabunden, como sostiene el Partido Nacional, no son más que instrumentos, caminos hacia un objetivo que sigue inadvertido por demasiada gente. La cuestión es que la formación moral, la educación y hasta la necesidad de esos límites de protección a que se aludió, hoy están sostenidas por el miedo y, por tanto, se apoyan en una mezcla de premios y castigos a la que Bertrand Russell supo calificar de soborno.

Lo esencial es que los adultos, no los menores a su cargo, sean capaces de formar, educar e incluso proteger a los niños como sujetos de derechos por medio de una suerte de benevolencia activa; es decir, aquella que necesita del conocimiento y desprecia al miedo. Como la benevolencia ­o el amor, si se prefiere un término más universalizado­ y el conocimiento no tienen fin, siempre será posible una conducta más constructiva en beneficio de los más vulnerables.

Quédense tranquilos quienes no lo estén: nadie desea acumular reglas para crear la república anárquica de la minoridad. Se trata, más allá de la intrínseca insuficiencia de los códigos morales de una sociedad, de desprendernos del miedo. *

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