EL CENTRO DE DESARROLLO ECONOMICO CAPACITA A PERSONAS SIN RECURSOS PARA QUE PROYECTEN SUS EMPRENDIMIENTOS

La niña bonita de Casavalle: educación para el trabajo, trabajo para la vida

La zona de Casavalle tiene a su niña bonita. Un edificio nuevo, estrenado en 2006 que reluce prolijidad, un verde césped y mucha luz que se cuela por los grandes ventanales. A pocas cuadras de allí, los rancheríos parecen mostrar un panorama no muy alentador. De calles sin asfaltar, altos pastizales, y de una fama no muy positiva para la zona que se rodea del Cerrito, Barrio Municipal, Borro y el Cementerio del Norte.

El edificio es reconocido por muchos en la zona como «la niña bonita». Así lo definió Mario, un vecino que sobre San Martín caminaba con una bolsa de mandados hacia el norte, que no dejó de destacar lo positivo de la iniciativa para la zona. El lunes (día de nuestra visita) la mañana se presentó con un agradable sol. El martes la historia sería diferente. Pero aquel lunes parecía acompañarnos la suerte. Unas horas después de los pactado, y luego de recorrer la zona sin éxito para encontrar la intersección de Enrique Amorín y Julio Suárez (Peloduro), decidimos llamar al Cedel. Allí se nos informó por dónde tomar para llegar al lugar.

Al llegar al edificio que se elevaba reluciente, sin leer cartel alguno, identificamos rápidamente el lugar. Un hombre alto, de andar tranquilo, nos hizo una seña mientras avisaba a alguien puertas adentro que habíamos llegado. El ingeniero Milton Gianoni, director del Cedel Casavalle, nos recibió, no sin antes reprocharnos nuestro retraso. «Los estábamos esperando», dijo sin alterarse. «Teníamos que hacer una nota antes», dije como disculpándome del atraso que rápidamente fue olvidado. El mismo Gianoni nos llevaría a visitar el lugar.

 

Telar

No más de una decena de mujeres de todas las edades se agrupaban frente a un telar. La estructura de madera en donde se trabajaba una lana pintada de celeste se movía de un lado para el otro, como una mesa que está a punto de destartalarse. «¿Ese movimiento es normal?», preguntamos. «Sí, tiene que hacerlo», dijo Martín Nuin, profesor encargado del curso.

En siete meses las alumnas que participan del taller de capacitación en tejido podrán montar si quieren una miniempresa, o formar una cooperativa entre ellas para fabricar y comercializar sus productos. Nuin detalló que las estudiantes comienzan por conocer el primer proceso de la lana, su tratamiento (lavado), el teñido y la fase final de la producción que es el tejido. «Nosotros teñimos con elementos orgánicos para tratar de no dañar el medio ambiente», explicó nombrando una serie de productos que omitimos apuntar y por consiguiente no podremos describir. «De todas formas, son cosas muy técnicas», dijo Nuin anticipándose a nuestro desconcierto por el nombre de las tinturas.

Las estudiantes concurren dos veces por semana al Cedel, y en él encuentran todas las comodidades para estudiar primero y trabajar después. La luminosidad del lugar se acompaña con herramientas laborales de última generación. Una decena de computadoras, todas negras, son la mayor atracción de los estudiantes. No por el color de éstas, sino por la necesidad de aprender informática. «Es el curso del que más demanda tenemos actualmente», explicó Gianoni. En el Cedel se dan cursos básicos de computación y no se descarta en un futuro agregar cursos más avanzados, según la demanda.

 

Mujica

Luis Fleitas camina lentamente. Hurga a lo lejos con su vista cada movimiento dentro del Cedel. Nos es presentado como «un vecino». Al principio detectamos en él cierto parecido con alguien, pero le prestamos poca atención a este detalle. Mientras el fotógrafo de LA REPUBLICA hacía sus tomas, Luis, atentamente, nos abría las puertas, cedía el paso y salía último de cada salón de clases, queriendo no interrumpir nuestra labor. Al entrar a uno de los talleres (el de costura), una de las alumnas lo saludó. «¡eh Mujica!, ¿Cómo estás?». Allí estaba el parecido, al ministro de Ganadería, José Mujica. Casualmente, Fleitas se encarga de la parte de hidroponía, una técnica de plantación en agua.

En un invernadero en el patio exterior del edificio cuidado por Fleitas tenía lechuga, berro, y albahaca. «Están plantadas con cáscara de arroz», dijo en el caso de una de las plantaciones que no estaban en el agua. «La ventaja es que nos aseguramos que no crezcan en agua sucia», explicó al referirse al berro, que es frecuente en las zonas de arroyos no muy limpios digamos.

Fleitas, no nos iba a dejar marchar sin darnos una muestra de su trabajo. Fue en silencio, con su andar lento, y trajo en una bolsa algunas ramas de albahaca cortadas de raíz. «Con un poco de tierra ya lo tenés», dijo.

 

Historias

Los docentes tienen sus historias para contar, los alumnos las cuentan con su propio trabajo. «Acá, a pocas cuadras, hay unas personas que venden sus calzados», dijo Marcelo Gugliotta, fabricante de calzados que está a cargo del taller. «Empiezan de cero y van aprendiendo todo el proceso de fabricación», explicó.

Como en el resto de los cursos, el alumno aprende desde el proceso inicial de la fabricación con la manipulación de la materia prima, y llega hasta la venta del producto terminado. «Estos alumnos que venden calzado lo hacen principalmente utilizando el ‘de boca en boca’, ofreciendo sus productos a particulares, ya que no podrían responder a una demanda de una zapatería», explicó Gugliotta. Los profesores del Cedel le brindan apoyo en el proceso de fabricación para minimizar errores en todas las áreas una vez instaladas sus microempresas. Los ahora fabricantes y comerciantes tienen a su disposición las instalaciones del lugar para poder trabajar sus productos de una forma más cómoda. «En el caso de los trabajadores de costura, necesitan una mesa amplia para cortar sus telas, al no poder tenerla en sus hogares o talleres particulares por el tamaño pueden venir aquí a cortarlas», explicó el director del Cedel.

 

Franjas

El mediodía llegaba y la hora de almorzar se aproximaba. En uno de los patios, varias alumnas del Cedel disfrutaban de su comida. Alexandra, Patricia, Jessica, Alba y María José apreciaban entre risas el fin de la mañana que se despedía a paso lento. «Yo tengo cinco hijos y tengo que darles de comer, pero también ahora me doy cuenta que puedo hacer algo más, como estudiar y ayudarlos», dijo una de las alumnas entre el tumulto de voces que se alzaba para describir la experiencia que adquirieron a partir de su trabajo en el Cedel.

Jessica, desde el piso, agregó: «A mí me gusta aprender, es lindo saber hacer algo en la vida». Una docente pidió que contaran cómo era la experiencia, y el ambiente del lugar. Otra vez las voces se alzaron para replicar: «Es bueno, muy bueno».

Las cinco señoras pertenecen al curso de costura. Adentro, tres máquinas de coser sonaban al unísono al picar sus agujas una y otra vez las telas de los pantalones. Las operarias apenas levantaron la vista para mirar nuestra entrada. La concentración era máxima.

En una mesa, otras cuatro señoras tomaron los pantalones deportivos y siguieron descosiendo las franjas. «Esto fue un decomiso de Aduanas», explicaron las docentes. El Mides le solicitó a la Justicia que en vez de proceder a la destrucción de los 5.200 pantalones deportivos imitación de Adidas, que fueron decomisados hace algunos años, fueran donados a los niños del Mides. La Justicia, en un hecho casi inédito, accedió. Adidas solicitó que se le quitara las dos lineas blancas que identifican a sus prendas, ya que éstas eran lógicamente falsas y no habían sido producidas por la marca. El trabajo del Cedel fue entonces quitarle las líneas a los pantalones. Para ello se dispuso del trabajo de las alumnas del Cedel, las cuales estarán hasta el 20 de diciembre realizando el trabajo y cobrando por él. Además, gracias a los convenios con algunos refugios, se contrataron personas que no tienen trabajo. «Está barbara la idea del Cedel», dijo Dora, una vecina de Casavalle que concurre a diario y que hoy trabaja en los pantalones deportivos.
Ella nos hablaba sin nunca desconcentrarse de su trabajo, el de descoser las líneas blancas. Dora, actualmente se anotó en el curso de tejido y piensa concurrir también al de informática, tal como contó a LA REPUBLICA, mientras su tijera descosía a la par de las tijeras de sus compañeras.

 

Cultura

Uno de los salones expone desde zapatos, a carteras, y artesanías. En el Cedel se puede aprender desde serigrafía a manualidades, costura y trabajos en cuero. Pero no todo está en el trabajo manual. Una gran biblioteca con títulos nuevos parece hacer guardia en uno de los salones. «Nosotros también fomentamos la cultura», dijo el director del Cedel.

Las clases de teatro se proyectan como otro de los objetivos del Cedel que apuestan también a fomentar las artes. «A mí me gusta aprender cosas nuevas», dijo Jessica, la joven del refugio de Río Branco y Uruguay que en el taller de costura se tomaba un tiempo para su almuerzo.

«Ahora me doy cuenta de que podía estudiar algo más, saber nuevas cosas», dijo segura, no sin antes hacer una pausa, un silencio que fue acompañado por todos nosotros. Miró a una de sus compañeras que le disimuló un «sí» con su cabeza y una leve sonrisa de aprobación. El silencio siguió, Jessica lo mantuvo por unos segundos más, «yo qué sé, quiero crecer», dijo esperanzada, tapando el ruido de las máquinas de coser que no paraban de trabajar.

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