Agrocombustibles
La industria automotriz es «siamesa no separada» de la petrolera. Más allá de marcas de fantasía, las empresas fabricantes de automotores eran siete en total hace unos cinco años y se anunciaba que muy pronto serían cinco en todo el mundo.
Hasta que averiguamos eso, seguíamos creyendo en los reyes magos. Que cada marca era una empresa, y que competían entre sí. Que cada modelito era obra de un fabricante distinto. Que hasta sus propagandas «competitivas» eran de verdad. Creíamos también que unos eran japoneses, otros coreanos, estadounidenses, franceses, alemanes, brasileños, argentinos… ¡Qué multicolor era el mundo de nuestra ingenua ilusión!
Esto va dicho también porque cuando leemos análisis sobre la energía y su crisis, muy pocas veces logramos ver algo que se refiera a la extraña civilización del automóvil particular sin la que la demanda de petróleo (y de autos) caería estrepitosamente bajando el precio del barril.
También la emisión de gases con efecto invernadero y la más grande e insalubre polución patógena (que incluye los accidentes que, como todos sabemos, son la principal causa de muerte juvenil).
Sin embargo, en materia de salud se invierte muchísimo más en la lucha contra el sida, la obesidad y el tabaquismo…
Incluso cuando se discute acerca de los biocombustibles, formando incluso bandos acérrimos en pro y en contra, se habla poco de los autos particulares.
Como que está fuera de discusión el hecho de seguir andando felizmente en auto. Llegar a la meta «ejemplar» de California, donde hay dos o tres por familia; llegar a ella en China y en la India; en Vietnam y en Corea; en Japón y en Uruguay. Alegremente.
También resulta extraño percibir en esos debates la ausencia de la explicación básica y elemental: el precio del barril de petróleo es la principal causa concreta del desarrollo de los biocombustibles y demás formas alternativas de energía.
El precio de la nafta y el gasoil hace pensar al bolsillo (principal víscera del ser humano) en bucólicos paisajes campestres, en horizontes de maíz: porque gallina flaca sueña siempre con maizales gordos.
«Salga de donde salga el combustible para mi automóvil importa poco de dónde sale»: del maíz, la caña de azúcar, los bosques, el sebo de las vacas, el aceite de la fritangas, los pescados, la basura…
Así piensa o mejor dicho hace, esa cosa inexorable llamada economía.
Eso ya pasó: en la Segunda Guerra Mundial a Uruguay le dejó de llegar petróleo (ni caro ni barato) por ajena decisión bélica.
En menos de lo que canta un gallo fabricamos alcohol carburante como nunca hasta hoy (en aquel tiempo en base al maíz), los autos y los camiones anduvieron a leña, destilamos madera, fabricamos carbón…
Y así fue en casi todos los países, especialmente en los que guerreando no tenían petróleo: sus universidades, investigadores y científicos, al servicio de los ejércitos de tierra, mar y aire, inventaron motores, turbinas y «combustibles» alternativos (incluyendo los sintéticos) que dejan pálida la inventiva contemporánea, que por lo general se basa todavía en aquellas «averiguaciones» del siglo pasado.
Esas técnicas casi siempre alternativas y no contaminantes, aquellos descubrimientos científicos, fueron deliberadamente sepultados previo cuidadoso archivo. Precioso botín de guerra producto del saqueo.
Tecnologías para usar más adelante: «cuando no tengamos más petróleo a la venta».
Obviamente: las grandes petroleras serán sus dueñas; como así también de los nuevos motores y autos.
Porque en realidad, y hasta ahora son, sencillamente, dueñas del mundo.
La ciencia, las universidades, la cultura y la civilización, fueron creaciones funcionales. Si debieron haber y hay mutilaciones, silencios obligatorios, persecuciones «académicas», prótesis deformantes (en especial mentales), ello no fue ni es más que instrumental a ciertos fines.
Pero por suerte, y gracias al aporte de muchas instituciones estatales y privadas, y de parlamentarios de todos los partidos, acaba de ser aprobada por nuestro Parlamento la «Ley de Agrocombustibles».
Es una muy buena noticia. Un buen regalo de fin de año. Uruguay (el Productivo) entra con ella en el futuro. Habrá un antes y un después tanto en el agro, como en la industria; la generación de puestos de trabajo y el ahorro de divisas; en el crecimiento real de nuestra economía.
Dicha Ley manda mezclar alcohol carburante y biodiesel de origen agropecuario nacional con las naftas y el gasoil provenientes del petróleo.
Se inaugura un ineludible rumbo estratégico. Y también una nueva pelea viable por nuestra independencia y soberanía energética.
Aprovechamos esta hermosa oportunidad para volver a llamar la atención acerca de las zeolitas, esas arcillas abundantes en nuestro territorio.
Viejas tecnologías renovadas permiten ahora producir biodiesel de la basura domiciliaria y de la madera (aprovechamiento de residuos agrícolas y forestales).
Mediante un proceso físico-químico se «imita» en pocas horas el proceso que a la naturaleza le llevó añares para, con las mismas cosas, «producir» petróleo.
Para ello se requiere un «catalizador».
Las zeolitas, además de servir para mucho más, cumplen ese papel.
Esta técnica ya se está usando en varios países. En Uruguay hay intendencias municipales estudiando el tema como así también empresas privadas (algunas de carácter social) interesadas unas en producir plantas industriales al efecto y otras en comenzar la explotación agrícola con ese destino.
Como se ve, los combustibles alternativos no se extraen solamente de los cultivos más asiduamente mencionados y hasta controvertidos por ser alimento de animales y seres humanos. *
(*) Senador del MPP/ Frente Amplio
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