¡Andá a cagar!
El entreala izquierdo era hábil, paciente y práctico, una suerte de émulo de aquel argentino Pentrelli que inventó el «toco y me voy»; a veces entrecerraba los párpados pero no por aburrimiento, sino para captar mejor la jugada más conveniente.
El entreala derecho la pedía a cada rato, la amasaba, la pisaba, levantaba la cabeza buscando al compañero, pero volvía a dar una vueltita haciéndole gestos a la tribuna; pese a sus ojos grandes, se dudaba si veía bien porque miraba hacia dos lugares distintos a la vez.
Al entreala izquierdo, que agarraba alguna como podía o por un rebote del centrojás, un gallego grandote, le costaba poco, con un mínimo movimiento de cintura, despejar el camino de rivales y quedar de cara al arco; sin embargo, devoto del juego colectivo, se la entregaba al entreala derecho, con gesto generoso y hasta didáctico, y se situaba de modo impecable para la devolución.
Al entreala derecho, que no sólo se la comía sino que la reclamaba constantemente a los aullidos, le costaba muchísimo entender qué es un equipo, moverse para darle espacio al otro, armar una pared o pasarla a un toque; siempre merodeaba las inmediaciones del área pero vivía chocando con cuanto cristiano se le atravesaba, habiendo generado la versión de que, además del problema visual, tenía las piernas muy duras y los pies mal terminados.
Un día, con el partido cero a cero, como en el tango «El sueño del pibe», el entreala derecho se mandó la macana del año: el entreala izquierdo, solo, levantó el brazo; bastaba un toquecito ahí, al lado del punto penal, y era el gol del triunfo. Pero el comilón se quedó con ella, echó una mirada atravesada a la platea, rió en una absurda señal de victoria y, al pisarla de nuevo, cayó de culo.
Fue entonces, sólo entonces, que aquel entreala derecho hábil, paciente, práctico, devoto del juego colectivo, no aguantó más:
¡Andá a cagar! dijo, y se llevó la pelota debajo del brazo.
Claro, es una metáfora.
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