La columna amarilla

Imaginación

En ocasiones, las voces suben a tonos de retumbe cavernario, mientras los ademanes adquieren una ampulosidad que llama a armar la guardia; en otras ocasiones, esas mismas voces no van más allá de un suave registro atenorado, al tiempo que manos y brazos discurren dulcemente por el aire como benevolentes caricias destinadas a los demás.

Si me atengo a lo confesado por varios ­unos cuantos, a decir verdad- señores diputados que habitan el nobilísimo Palacio Legislativo, las cosas son de un modo u otro según el escenario.

En los despachos, pasillos o salas de comisiones difícilmente ocurra algún altercado estentóreo, ni qué hablar un incidente con amenazas, empujones, golpes de puño o puntapiés. Allí se trabaja, se buscan acuerdos y predominan sonrisas y buen humor, con alguna pincelada de fina ironía.

En el plenario, particularmente con la prensa oteando el horizonte, a los discursos los alcanzan rayos y centellas, el lenguaje bucea en la vulgaridad y, a cada instante, late el riesgo de un enfrentamiento. Allí se riñe, se ofende, se hostiga, se habla para quienes parecen estar en otra parte ­y acaso se enteren por la versión taquigráfica-, con la no disimulada intención de calentar al contendor o, al menos, dejarlo en blanco (o colorado o tricolor, ¡que nadie se queje, por Dios!).

Tengo una teoría.

Creo que lo que pasa durante las sesiones plenarias tiene que ver con las características del recinto que las acoge. Se asemeja mucho a la idea de circo romano que el hombre moderno tiene grabada, yo diría filogenéticamente, en su memoria.

Por tanto, sería bueno usar esa sala, a partir de ahora, para espectáculos culturales del tipo de «Baile con la Matos Rodríguez», «Sacuda las caderas con Tina» o «Hágale el aguante a Viglietti».

¿Los plenarios?

Podrían ser en el Salón de los Pasos Perdidos, sentados todos en colchonetas y previa sesión de yoga de descargue con Natalia Oreiro.

Es que sin imaginación, esto se va a la mierda. *

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