Gala
Si uno piensa en el boxeo, donde se usa con frecuencia, el vocablo «gala» sólo sería aplicable, y con abuso de una licencia gramatical, en esta acepción: «Lo más esmerado, exquisito y selecto de una cosa».
El martes a la noche hubo gala de boxeo en Diputados. Ninguno de los rivales asistió con vestimenta adecuada; tampoco respetó reglas, arbitrajes, rincones propios y ajenos, minutos de descanso ni técnicas clásicas. No fue esmerada, exquisita ni selecta, sino sorpresiva, desordenada y vergonzosa.
Me recordó aquellos peleones, interminables camorras de los partidos amistosos entre aficionados. De pronto, en medio del polvo levantado por un trancazo, alcanzaban a percibirse, con sublime claridad, apelaciones guerreras que precedían la riña:
¡¿Qué hacés, la reputa madre que te parió?!
¡La otra te la pongo en la boca, ovárico de mierda!
Después, el caos.
A veces, ni siquiera era necesario el juego fuerte. En un partido entre Central y Río Negro, por el campeonato oficial de San José, Roberto Soria enorme jugador y personalidad difícil, estaba cansado de la marca pegajosa que le hacía el petizo Ramela, zaguero rival. En un momento disputan una pelota y, en el zarandeo, Ramela queda gateando, desacomodado. La pelota está a los pies de Soria, que, en un segundo, la mira y mira a Ramela, con las nalgas regaladas.
Decidió por emoción y le reventó el culo de una patada feroz.
Claro, una cosa es un partido de fútbol y otra que en estos actos incurran diputados en el sacro Palacio Legislativo. ¿Acaso pretenden seguir el consejo del tristemente recordado comandante Márquez? «Estamos al borde del abismo, demos un paso adelante».
Ah, otra cosa. Hubo un insulto parlamentario que me dejó la cabeza girando como un ventilador: «Oligarca puto».
¿Podría ingresar, así, compuesto, al diccionario que rige nuestra lengua?
Consultaré al marqués de Bradomín. Siempre figura en la «Tabula Gratulatoria» por sus audaces contribuciones a la Real Academia. *
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