¡Haceme señas!
Hay quien juega al truco con inteligencia, pensando, al tirar cada carta, con paciencia y calma, pero tiene un problema que puede enloquecer al compañero.
A veces no le hace las señas a tiempo.
No sé. Será porque me apasiona el truco que he vuelto a recurrir a sus características para explicar –una vez más metafóricamente, claro– lo que acaba de ocurrir con la autorización a Botnia para dar comienzo a sus operaciones.
Está claro: por un lado, llamémosle el burocrático, el gobierno estaba obligado a aceptar los informes técnicos recibidos y dar vía libre a la empresa; por otro, llamémosle el diplomático, estaba igualmente obligado a esperar al encuentro en Chile de Vázquez y el matrimonio Kirchner, con el embajador Yáñez Barnuevo, para terminar la torta con una hermosa frutilla y no dejar pegado a Juan Carlos de Borbón luego de todo lo que ha transpirado para cargar esta mochila.
Pero la descoordinación fue absoluta.
Estoy persuadido de que el ministro Arana había hablado con el Presidente; por tanto, es de suponer que éste, en primera instancia, autorizó la conferencia de prensa para dar vía libre a Botnia. Después, probablemente, recibió la llamada del canciller español, erizado como un gato al que le interrumpieron la siesta, y debió cambiar la jugada sobre la marcha.
No dramaticemos. No hubo ni habrá daños irreparables. Es cuestión de aguardar unos días más. Eso sí: la peripecia ha servido para advertir cuánto tiempo insume aprender a gobernar.
Tanto, quizás, como ascender de jugador de truco inteligente y calmo a jugador de truco astuto, travieso y creativo, típico de boliche de campaña, de esos que por la vuelta no pierden nunca.
Hay algo básico: no dejar al compañero sin señas, colgado de un pincel, sobre todo si es pie.
¿Se imagina, lector, llegar a la última mano, que viene brava, y ver que su pareja le tira el dos de la muestra cuando usted ya se relamía, esperando turno, con el cuatro temblando entre sus dedos?
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