Lo que falta
Repito desde hace tantos años lo que voy a decir ahora –probablemente sea una patología y, por tanto, también un pedido de auxilio– que he perdido la noción del tiempo transcurrido.
El tránsito en este país se ha convertido en una suma de reacciones individuales que van dirigidas contra algún enemigo. En palabras de Lorenz: «Cuando ya no existen los osos de las cavernas ni los tigres de colmillos de sable que constituían, en tiempos remotos, una amenaza para el género humano, el ‘enemigo’ es una comunidad de congéneres que –con el mismo entusiasmo de antaño– se siente obligada a defenderse».
¿De qué?
De sí misma, pues, por ejemplo, si uno anda conduciendo, verá un indeseable en cada persona que haga lo mismo a escasa distancia. El tránsito es la selva arcaica. Aún no aprendimos a encajar en el esquema de «enemigo» a los verdaderos peligros que nos acechan y no al otro, al semejante.
La Cámara de Diputados aprobó nuevas normas para el tránsito y seguridad vial en el territorio nacional, a propuesta del Poder Ejecutivo. Son compartibles, están llenas de buenas intenciones y es preferible tenerlas a mano que carecer de ellas.
Pero no resolverán el problema de fondo.
Para ello, simplificando un poco, lo admito, se necesita un mayor énfasis en dos cosas: educación para crear una nueva cultura de convivencia sobre ruedas –lleva tiempo, por supuesto– y recursos para disponer de suficiente personal que controle el tránsito como es debido.
A fin de que se me entienda mejor, voy a imaginar un diálogo, ocurrido, digamos, en Galicia a la altura de Magallanes, un mediodía cualquiera.
–¡Culo roto! ¡Correte a la derecha, la puta que te parió! –le aúlla un tipo, la cara roja a punto de reventar, a un veterano que va por la izquierda a veinte por hora.
–¿Viste, vieja? –comenta el aludido, sin mirarlo. –Otro loquito que va a provocar un accidente. Debe estar drogado, debe estar…
–No des bola, viejo, vos seguí que vas bien –dice la mujer. *
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