Duendes
Habitan en las mejores familias, por eso no dramatizo.
Son traviesos duendes. En una redacción, por ejemplo, se cuelan entre las páginas, juguetones ellos, y podan a su aire algún reportaje al punto de causar una cierta desnaturalización.
Ocurrió con el que le hice a la diputada Nora Castro, publicado ayer.
Quedó afuera, supuestamente por falta de espacio, una respuesta cuya relevancia me exige comentarla aquí.
Estábamos hablando de repoblar la campaña y de lo esencial que a ese objetivo era reconstruir las escuelas rurales abandonadas o rematadas. Nora dijo que si sólo se apunta a dar tierras a las familias y escuela cercana a sus hijos, es insuficiente: «Se necesita una política de acuerdos, por ejemplo entre las autoridades educativas, el programa Uruguay Rural del Ministerio de Ganadería y la ex Universidad del Trabajo (…) Proyectos pedagógicos, formativos y productivos que incorporen a todo el núcleo familiar (…) Hasta la década de 1950 se pensaba que el conocimiento era único y a la verdad se llegaba de una vez y para siempre (…) Felizmente aprendimos que los conocimientos son diversos y a incorporar cosas tan antiguas que la civilización de los pueblos aborígenes dominaban, como los distintos ‘saberes’ y su variación (…) porque eso de la ‘identidad nacional», en singular, es un error (…) Hay ‘identidades’, en plural, que se van construyendo en articulación, en coordinación».
Cuando una persona de la estatura intelectual y profesional de Nora Castro reflexiona con semejante profundidad y precisión sobre algo tan importante para el país, parece justo enmendar el error con el que un duende, quizás pequeño, tal vez absolutamente infantil, ha impedido que ese pensamiento llegase al lector.
Esta licencia que me he tomado hoy ha sido, además, a fin de no dar la impresión de que estamos cayendo el diario y yo en aquella divertida definición de la exclamación «¡epa!» que dio Cuque Sclavo: «Disculpá, no lo hice a propósito». *
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