La goma
El canciller Gargano, aunque siempre sonríe ahorrativamente, posa de ceño adusto, habla poco y usa una ironía mohosa, es, en realidad, un optimista de aquellos.
Está persuadido de que el Mercosur eliminará las asimetrías económicas que, desde la fundación del bloque, vienen comprometiendo una integración verosímil, alejada de controversias tan previsibles que pueden parecer infantiles. Si bien el Consejo del Mercado Común no aprobó el plan estratégico para arrancar de cuajo esas malezas, don Reinaldo cree que ello ocurrirá durante la reunión ordinaria del Mercosur en Montevideo, en diciembre próximo. Uruguay ha empeñado en esta cruzada mucho esfuerzo y no hay que olvidar que, antes de fin de año, pasará la presidencia pro témpore del bloque a la Argentina.
Bien por él. Su optimismo testifica la convicción que le anima acerca del futuro de este Sur del espasmo crónico.
Ahora bien, el asunto tiene una historia que no estimula el optimismo.
Quizás por ello, Gargano me hizo acordar de pronto a Piazzolla cuando tocaba con Troilo. El espíritu creativo de Astor ya volaba muy libre y dejaba caer en cada tango, aquí y allá, toques de un genio juguetón, muy confiado de sí mismo. Veía una partitura y quería cambiar su esencia.
Después caía el Gordo, con su famosa goma, y borraba casi todos esos toques geniales, aterrizando a Piazzolla en la realidad: en el tango había, para Troilo, ciertos límites que no debían traspasarse si no se quería que perdiese el clasicismo alcanzado luego de la revolución liderada por Julio De Caro.
Se me antoja que Gargano, con su saludable optimismo y su claridad de ideas a cuestas, se halla apretado en una orquesta que difícilmente lo desahogue. Por cierto, cuando digo Gargano, estoy diciendo Uruguay.
En fin, quién sabe. Ya lo he confesado, prefiero no tener razón. Tal vez a nuestro país le pase lo que a Piazzolla: su vuelo liberador fue posible cuando se la jugó «por las suyas», como dicen en el barrio. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad