Orejeando
Siempre que el Negro Collazo jugaba al truco en pareja con el Mellado Zapiola, pasaba esto:
-¿Por qué demorás tanto en largar la carta, pelotudo de mierda? decía el Negro, con esa dulzura de expresión que lo convertía en uno de los tipos más aristocráticos del boliche del Chiquito Otegui.
-¡Dejame orejear tranquilo, cara cagada contestaba Zapiola, con sublime delicadeza y mientras manoseaba las cartas como si contara, en el Banco República, los pesos de su jubilación de peón de campo.
Pero la razón de la tardanza de Zapiola era otra; mellado como era, parecía que siempre estaba haciendo la seña del cuatro y, a veces, demoraba en hallar una forma clara de comunicarle a su compañero que no, que en realidad sólo tenía una perica y dos caballos que no eran de la muestra.
Observándolos, mi mente quedaba dominada por una interrogante espantosa: ¿el Negro, conociendo el paño, apuraba demasiado las cosas, o el Mellado exageraba su lentitud para reservarse una sorpresa?
Preferí siempre responderme que la gente, a veces, toma su tiempo que a uno puede antojársele excesivo- por razones fundadas.
Y eso pensé cuando supe que el rector de la Universidad de la República había escrito y distribuido, recién en setiembre pasado, un riquísimo y esclarecedor informe sobre el cogobierno en la enseñanza.
Estaría orejeando, el hombre.
La macana es que cuando se habla largo y tendido de algo, como ocurrió con la reforma de la educación, siempre aparece quien juega más rápido.
Siguiendo con la metáfora del truco, el Negro Collazo sería Brovetto, cuyo borrador de nueva ley de educación ya se conoce entre las autoridades del Frente Amplio; y el Mellado y me anticipo a pedir disculpas a los dos respetables aludidos que siguió pensando un rato hasta resolver su problema, sería Arocena.
No es que me guste el truco jugado así. Pero debo decir, en honor a la verdad, que más allá de los ritmos desacompasados, esa pareja ganaba más de lo que perdía. *
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