La madre
El gobierno, buscando una patria potestad, parece que halló una madre.
Ha dicho que la descentralización lo es. De todas las reformas.
Pero no. Aunque permita al Estado ser más eficiente y fomente el desarrollo de la ciudadanía, no va al corazón de la gran necesidad nacional.
Entonces, ¿la mamá es la reforma tributaria? ¿O el nuevo sistema de salud?
Tampoco. Si la primera apunta –y hay que ver si lo logra– a una mayor equidad y la segunda a cambios sustantivos de los servicios sanitarios, sólo pueden ser vistas como escalones hacia el gran objetivo.
Esa madre debería ser la nueva ley de educación. Y he conjugado en condicional porque las circunstancias lo imponen.
Si nos miramos al espejo con honestidad intelectual veremos una sociedad cuya cultura –entendida como la suma de hábitos comunes que la caracterizan– hay que cambiar ya; hacerla más libre, más justa, más tolerante, más solidaria, más creativa y hasta más benevolente. Sólo será posible con una mejor educación pública.
No creo que eso merezca grandes discrepancias. Sin embargo, la reforma de la educación, para la cual se promovió la más grande participación popular que recuerde este país –docentes, padres, alumnos, autoridades–, parece atracada en un extraño e inesperado cuello de botella. El proyecto oficial, aun definido como borrador, desató reprobaciones varias.
¿Qué pasó? ¿No se hizo una lectura precisa de la síntesis de los documentos acopiados? ¿El Ministerio de Educación sintió la compulsión de priorizar el aporte de sus técnicos? ¿Se perdieron algunas hojas? Acaso, pese a tantas reuniones y congresos, ¿hubo incomunicación?
Tengo para mí que si no hay una reforma que se asemeje a Sócrates –a quien se llamaba «el partero» porque, según Gaarder, «ayudaba a dar a luz el pensamiento correcto y permitía nacer de nuevo al niño que llevamos dentro»– vamos de cabeza al fondo del tacho.
Seguiremos enseñando el descubrimiento de América y no el de nosotros mismos. *
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